De Lilas y Aguamarina

30. Plato del día: Merengue italiano con hilos de caramelo.

Hicieron el trayecto completamente en silencio. Y esta vez, Lope no quiso ir delante tampoco.
Se encontraron con la valla cerrada, contrariamente a lo habitual.
Mauro no conseguía abrir la puerta; el hecho de que don Dionisio temiera que Libertad volviera a entrar en la casa le había puesto más nervioso de lo que seguramente quería admitir.
Tuvo que bajar y teclear el código de abertura.
—¡Este hombre es tonto, así se ve a la gente poner las claves!
El portón se abrió y llevó el coche hasta el hueco entre la casa y la de servicio, mientras observaba la valla cerrarse.
—Gracias. —entonó Lope cuando Mauro le abrió la puerta como era habitual.
Al salir, oyó una voz familiar que no escuchaba desde hacía más de quince años y elevó la vista.
—¿Lope?
Era más mayor, pero aún conservaba esos rasgos seductores de mirada limpia que caracterizaban a la familia que tenían en común: era su primo.
—¿Mario? —preguntó sin que hiciera falta.
Vio cómo se giraba hacia alguien que estaba tras él.
—¡Papá, el primo Lope vive al lado!
Oyó a Mauro jactarse con amabilidad, aunque solo lo entendiera él. Su guardaespaldas sonrió a su primo.
—Mucho gusto en volver a verle, don Mario; ¿esos dos chismosos están con usted? —Señaló a las otras dos cabezas que asomaban junto a Mario.
—Son mis hermanastros, Mauro. —Comentó desde las alturas.
Mauro creyó divertida la situación, pero no le gustaba sentirse observado.
—¿Os interesa o solo es curiosidad? —les preguntó directamente.
El chico desapareció al momento y se le escuchaba sinceramente avergonzado cuando se disculpó. Ella seguía asomada.
—Eres un muro de hombre, tu nombre te va como anillo al dedo. —Dijo sin inmutarse.
Alguien tiró de ella y desapareció por encima de la valla. Cuando Lope miró a Mauro, estaba realmente sonrojado y se rascaba la oreja, incómodo.
—¡Pues al final no vas a ser tan difícil, después de todo! —pretendía hacer una broma mientras Mauro sacaba la bolsa de Libertad con cosas para los gatos; sin contestarle.
Empezaron a caminar los casi quince metros que los separaban de la casa del servicio.
—Se la ve bastante curiosa, y que se haya fijado en ti es buena señal, Mauro.
Desde la puerta de la casa grande, una margarita algo más agitada de lo normal se atrevía a pisar el jardín esta semana.
—¡Lope, Lope, es la tía Irene!
—¿No querrás decir tía Marcela? —Lope miró hacia atrás, hacia la verja que les separaba de los vecinos—. ¡Me acabo de encontrar con el primo Mario!
La mujer le enseñó la hoja del periódico donde se mostraban las esquelas.
—¡Mi hermana Irene falleció ayer! —Golpeó el diario un par de veces con el dorso de la mano.
Lope leyó la hoja que le mostraba su madre; esos dos apellidos eran los de Margarita.
—¿Irene Montenegro Almendro? —Aún no se creía esa obviedad del todo—; ¿tenías otra hermana y nunca lo dijiste, mamá?
—Ella es… era más joven que nosotras, y se quedó embarazada tan pronto que tu abuelo Ernesto y tu abuela Florinda cortaron todos los lazos con ella.
—¡Tu parte tampoco se queda corta con las mentiras, joder, mamá!
—¡Pero Lope…!
—¡Pero nada, mamá! —Lope volvió a mirar al otro lado de la hiedra—. ¡Es por ese pensamiento respecto al honor de la familia perfecta que os inculcó el abuelo, por lo que tú te dejaste humillar hace treinta años! —Un leve vistazo hacia el otro lado le hizo suspirar—. Seré Estuardo y seré Montenegro; pero prefiero seguir siendo Lope antes que tanto apellido pomposo lleno de mierda. Ese pensamiento fue un jarro de agua fría para entender a Libertad.
—¡Te recuerdo que sin esa “humillación”, como tú la llamas, tú no estarías aquí!
—Pero tú no estarías atada a un hombre que no te quiere.
—¡Ya le amo yo a él, por los dos!
Lope chistó con asco y se dirigió hacia la puerta de la verja, donde vio que algo se movía.
Se acercó. Mauro, con la mirada en alto y gesto enfadado, se inclinó hacia Margarita en señal de respeto y siguió a Lope.
—Ya se van, Mauro. —Pretendía dar una orden, y pese a la reticencia del guardaespaldas, se refirió a su familia—. Voy a retomar el contacto con la familia que no os gusta, queráis o no.
Al abrir la puerta exterior, el primer sorprendido fue un hombre canoso y apuesto, que supuso que sería el tío Manuel.
—Lope, ¿eres tú de verdad? —Se acercó a darle un abrazo.
Mauro dio un paso al frente por inercia, para proteger a su jefe, que le hizo una señal para dejarlo estar.
—¿Son tu nueva familia? —Lope intentó ser amable—. Mario me dijo que eran sus hermanastros. ¿La tía y tú os divorciásteis?
El hombre se ensombreció.
—Llevamos tanto tiempo sin tener contacto, sobrino… Marcela falleció hace tres años.
Lope se llevó la mano a la boca, miró a Mauro e hizo un leve movimiento de cabeza para que llamara a Margarita.
Cayó en la cuenta de que la palabra “hermanastro” implicaba una boda y se acercó a la mujer que Manuel tenía junto a él.
—Soy Lope, sobrino de Manuel, encantado.
La mujer se sonrojó bastante.
—Yo no… —Dio un paso atrás y movió las manos—; la esposa de Manuel es mi cuñada Marta. —la señaló.
Esa otra mujer, algo más joven que la primera, pero de una belleza inmensa que transmitía calma, se adelantó y no dudó en estrecharle la mano.
Mario rompió su mutismo con una palmada, llamándole la atención.
—Nos vamos a ir a casa, Lope, que tenemos que empezar a hacer la mudanza.
La tía Marcela había fallecido y su madre lo ignoraba. Al menos, tendría derecho a saberlo.
—¡No, espera un momento! —les frenó.
—¿Por?
—Quizás así mi madre quiera salir de casa, ¿te importa? —miró hacia el jardín.
Margarita estaba entrando en la casa, mientras Mauro la interceptaba.
Al girarse de vuelta al grupo de la calle, pudo vislumbrar en Mario algunas dudas, sobre todo al mirar al tío.
—Yo no voy a entrar en esa casa por honor a tu madre, pero tú eres libre de hacer lo que quieras, Mario. —El hombre se mostró diligente con su hijo.
Lope notó cómo su primo se enderezaba y marcaba distancias con su padre, aun actuando con respeto hacia su propia madre.
—Si puede llegar hasta la puerta…
Estaba inmóvil en la acera, esperando. Lope cayó en su tío, que se sentaba en su coche con cara de pocos amigos. Miró a Mario con comprensión.
—No le culpo. —Suspiró.
Mario se giró, con una mirada cómplice hacia su madrastra. Le extrañó un poco a Lope, pero no le dio más importancia.
Cuando Mauro trajo a Margarita hasta la puerta de la calle, el antiguo vecino arrancó su coche y se largó.
—Tía Margarita, ¡cuánto tiempo sin verte! —Mario se inclinó hacia su tía.
—Querido Mario, ya solo quedo yo, ¡Irene también falleció, ayer mismo!
Lope intentó increparle a Mauro con la mirada, por haberle dicho lo de Marisa al volver. Y al momento, miró a su primo, fingiendo incredulidad.
—¿Quién es Irene, mamá? —preguntó de nuevo.
—Vuestro abuelo la desheredó cuando ella decidió ser madre soltera y por eso no os dijimos nada. —Volvió a repetir la mujer.
—¡Mario, se hace tarde! —le llamó Manuel desde el coche.
Hizo el amago de obedecer, ya con un pie en dirección al coche. Pero Mario se llevó la mano derecha al hombro izquierdo, como si le hubiera pinzado algo en la piel y les entregó una tarjeta de contacto a cada uno: Lope, Mauro y Margarita.
—Llamadme con más calma y lo hablamos más tranquilamente; me alegra poder veros.
Tras eso, Mario se dirigió a su coche, en el que le esperaba el tío Manuel, y se alejaron hacia el sur.
Cerró la puerta tras de sí y la amabilidad de su rostro había dado paso a reproche.
—¿Le has dicho lo de mi tía Marisa, cuando tú ni siquiera deberías saberlo? —Le increpó a su guardaespaldas.
—No estoy sordo, don Lope; y si no lo digo, su madre no sale. —Mauro estaba dolido—. Y no está usted en condiciones de exigirme nada después de cómo se ha comportado en el hotel hace un rato con Libertad.
Margarita los observó con algo de dolor.
—Si hay Dios, me está castigando por ser la que sucumbió. ¡Soy la mayor y aún así, la que aún sobrevive!
—Llevémosla de vuelta al infierno para que recupere la cordura.
Y recorrieron el jardín hasta la casa principal, donde Margarita, al pisar el suelo, se echó a llorar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.