De Lilas y Aguamarina

31. Plato del día: Wellington de pollo al mojo verde.

Estaba sentada, ojeando la cartelera del cine desde el móvil. Oyó un repiqueteo en la puerta de emergencia. Dudó si debía abrir.
—¿Lope Estuardo Montenegro? —Se oyó al otro lado de la puerta— ¡Soy el electricista!
Libertad levantó la vista; por encima de su teléfono tenía la puerta justo delante. Debía llamar al jefe, pero su orgullo se lo impedía.
La opción más óptima era mandarle un mensaje a Mauro y rezar al azar para que estuviesen llegando.
“Se vale de que por fin estoy trabajando en el puesto que siempre quise, porque le hubiera mandado a la mierda en el momento en que me comparó con mi padre. Por cierto, el electricista ya llegó”. Y lo envió.
“Estaba abrumado porque no sabe gestionar sus sentimientos, pero no hablaba el Lope que conozco; se excedió y no le justifico, pero fue su frustración la que habló. Ya vamos en camino, entreténle con lo que sabes, que en diez minutos estamos contigo”.
—¿Lo que sé? —Alternó entre la puerta y el teléfono—. ¿Se refiere a la electricidad o a la cocina?
Se levantó de la silla, y como si fuera una princesa ante un allanamiento de morada, tomó una sartén y se acercó a la puerta para abrirla.
Un hombre de cabello anaranjado y gafas de pasta negras estaba plantado ante la puerta con la mano extendida para volver a llamar.
—¡Hola, bombón! —se mostró espontáneo y sonriente—. ¿Tú te llamas Lope? ¡Es la primera vez que leo ese nombre!
—Lope es mi jefe y yo no soy ningún bombón, así que las zalamerías, conmigo te las ahorras. —Se mostraba condescendiente, no tenía la energía para ser sarcástica o irónica.
—¡Oído cocina! —Hizo el saludo militar con el golpe de talón incluido—. Soy Ricardo, aunque me puedes llamar Ricky, encantado.
La primera impresión que le dio a Libertad era la de un excéntrico payaso que solía quedar bien con un par de chistes y después solo dejaba que los demás se acercaran a él para entablar conversación.
—¿Eres solo electricista, o entiendes también de construcción?
—Solo lo que me conviene para la electricidad; de rasillones, forjados y encofrados no tengo ni idea.
Notó algo en el tono, por cómo lo decía, que ese vocabulario era más específico de lo que quería aparentar.
—Pues en líneas generales te diré que el restaurante del hotel está sin luz, porque tienen la caja de fusibles fuera y alguien la manipuló, haciéndolos inservibles.
El electricista se enderezó y volvió a sonreír.
—¡Bonita y pragmática! —intentaba ser encantador— ¡Seguro que una cita con usted debe ser de todo menos aburrida!
—No.
—¡Al menos lo he intentado!
Libertad miró su reloj; se estaba impacientando.
—El anterior electricista comentó que la caja de fusibles debía estar en el interior y no en el exterior del edificio.
—Puede estar en el exterior del restaurante, pero nunca en el exterior del edificio. —Se acercó a una chapa de plástico en la pared con el tamaño de un folio doble, o quizás mayor—. Probablemente estarían aquí y lo pasaron al otro lado de la pared para no estorbar al paso.
El hombre señaló una puerta estrecha y escondida en la esquina en la que no había reparado Libertad antes.
Sus hombros respondieron por ella antes que su voz.
—Yo solo soy la jefa de cocina, la chef.
—Talentos ocultos, fascinante.
Libertad se asqueó un poco, elevó la ceja y se cruzó de brazos.
—De oculto, nada; es mi trabajo. —Se pintó seria y puso su mirada severa—. ¿Puede ser profesional?
—Sí, perdona. —El hombre se puso las manos en las lumbares y volvió a mirar hacia la pared—. No sé cuándo hicieron estos cambios, porque el edificio parece antiguo; pero prefirieron mover la caja de luz al otro lado de la pared en la que está, en vez de incrustarla, que es mucho más práctico.
—¿Retrasará la inauguración?
—No creo, solo hay que instalar una caja como la que he mencionado antes y tapar la pared donde está la actual. ¿Me la enseña?
—La tendría que haber visto antes de entrar.
Libertad le llevó a la puerta de servicio por la que el hombre había entrado; y sin soltar la puerta, le señaló la caja de fusibles del exterior.
—Es eso. —Señaló una cataplasma negra y deforme que colgaba de la pared como un cuadro calcinado.
Libertad oyó unos cuchicheos desde detrás de ella. Aunque eran tan inconclusos que no los reconocía todavía.
—¿Puedo sugerir que disfracéis la chapa aquí fuera con algo que la haga pasar inadvertida?
Volvieron a pasar dentro del restaurante.
Los murmullos se aclaraban y procedían del ascensor. Lope seguía siendo el primero en aparecer del hotel.
—Si le parece bien —Libertad pretendía no darle más coba de la necesaria—, puede comentarlo con el director del hotel, que está a punto de llegar.
—Es curioso que alguien que se interese por ti lo diga tan a la ligera. —Lope entró el primero.
—Por eso mismo digo que lo más seguro es que no esté interesada en mí. La chica habrá dicho lo que se le pasó por la cabeza porque yo podría ser su padre perfectamente, no lo olvide.
—Si tiene la edad de Mario… —Caminaron a través de la cocina por inercia hasta ella—. Hubieras sido un padre muy joven; yo diría que adolescente.
—Don Lope —le llamó la chef—, el electricista.
Fue oírle y verle, y la actitud ácida de Libertad mutó a resquemor. El director se dio cuenta, y se sintió intimidado al verla.
Ricky extendió la mano, con la intención de estrechársela.
—Soy Ricardo Martín, electricista.
—¿Se puede restablecer la luz en el restaurante? —El profesionalismo de Lope parecía sequedad, aún más que la de ella.
—¡Oh, vale! —Ricky se llevó la otra mano a modo de caja, para que pareciera que era un aplauso de saludo—. ¡Buen jefe, va al grano! —se giró para la pared y señaló el rincón de la puerta—. Probablemente pasaron la caja de fusibles al otro lado de la pared con la intención de despejar la salida de esa puerta.
Lope se acercó a la puerta de emergencia y, al abrirla, miraba el amasijo quemado del exterior.
—Necesitaríamos la luz dentro del restaurante para mañana. —Informó.
Libertad se alarmó.
—¿Mañana?
—La dirección de la firma me ha metido presión para abrir ya. —Lope se encogió de hombros; tenía las manos atadas.
—¿Pero qué restaurante se inaugura un domingo? —Sentía que la presionaban con demasiada prontitud.
—Al parecer, la competencia de Dionisio Estuardo dentro de la cadena de hoteles —respondió disculpándose.
—¿Podrás? —Mauro se acercó a ella, preocupado.
—Ya tengo algunas ideas. —Ella le sonrió con gratitud.
—¿Cuánta electricidad depende de este cuadro de luces? —les interrumpió el electricista, que tenía la palma de la mano en la pared.
—Todo el restaurante. —Contestó la chef.
—Pues ya que va a ser un trabajo con horas extra, me temo que van a subir las cuotas.
—¿Pero no eran horas extra ya, por el hecho de ser sábado? —Lope entendió demasiado bien las insinuaciones del abusivo profesional.
—Hay otra manera de pagar… —Y esta vez, miraba a Libertad con ansias de poder—. ¿Qué tal una cita?
—¡No! —Mauro y Lope se interpusieron, pero el jefe se superó— ¡Ni hablar!
—Vale —Libertad se adelantó, pasando por encima de los otros—, una cita si arreglas los fusibles primero.
—¿Vendes tu cuerpo por dinero? —Lope estaba indignado y asqueado.
—Ha dicho una cita, y eso es lo que será, don Lope —se fue girando hacia el aprovechado mientras ponía cara de loca—, porque no quiere otra cosa, ¿verdad?
El hombre dio un paso atrás; con miedo afirmó con la cabeza, en completo mutismo.
Mauro, que hasta ese momento creía que a Libertad se le habían cruzado algunos cables, comprendió las intenciones de la chef al ver la reacción del electricista abusón y sonrió.




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