De Lilas y Aguamarina

32. Plato del día: Pizza dulce de chocolate blanco.

Lope caminaba como pollo sin cabeza por la cocina al ver cómo Libertad escribía en su libreta alternando alguna que otra mirada coqueta al electricista baboso.
Se quería quedar más tiempo del debido, pero en cuanto se excusó para ir a su almacén a coger un panel profesional de fusibles, los otros pudieron relajarse. En mayor o menor medida.
—¡No te entiendo, Libertad, de verdad! —Lope se mostraba muy irritado con ella—. ¿Te crees que me importa pagar el doble por lo que ese tipo está haciendo?
—Será su hotel, pero es mi cocina. —Se mostró orgullosa.
—¡No voy a dejar que te humilles por ahorrarme unos euros!
—Me lleva poniendo en duda toda la maldita mañana, así que cómase la tortilla y cállese.
Le deslizó un plato con una porción a cada uno. Mauro se partió un trozo y se lo llevó a la boca.
—¡Está riquísima, me encanta! —se volvió a partir otro pedazo mientras observaba a su jefe cruzarse de brazos—. ¿No come?
—No tengo apetito después de ver semejante aberración. —Miraba hacia otro lado, con las mejillas algo sonrojadas.
—¡Usted se lo pierde!
—Gracias, Mauro, tú sí me entiendes. —Le dio una palmadita en el hombro mientras se servía a sí misma una porción.
Lope se irguió de ira.
—¿Cómo dejas que te toque después de hacerle ñoñerías al baboso de los cables?
El guardaespaldas estaba leyendo entre líneas algo mucho más nítido que las propias letras de un texto. Sonrió ampliamente su propia versión de la picaresca.
—Es que yo confío en la manera de actuar de Libertad, jefe.
—¿Te crees que yo no?
—¿Disculpa? —Libertad se metió por medio—. ¿Dice que confía en mí, cuando hace un par de horas me acusaba de ser otra marioneta de… su padre?
—¡Vale, perdóname por lo que te dije esta mañana! —Se mostraba realmente preocupado—, ¡pero no tienes que darle a ese energúmeno una cita para demostrarme lo contrario!
—¡No lo hago por la acusación de esta mañana! —plantó las manos sobre la mesa—. ¡No lo hago tampoco por usted! —se puso en pie—. ¡No lo hago siquiera por defender mi cocina! —estaba realmente rabiosa—. ¡Lo hago porque es la manera que siempre he tenido de enfrentarme a las injusticias, joder!
Lope palideció como un cadáver; Mauro aplaudió con el tercer bocado en la boca. Libertad se sentó de nuevo, resoplando.
Como era de esperar, las dimensiones del guardaespaldas le pidieron repetir, saboreando cada bocado. Mientras que Lope tuvo que doblegarse cuando su estómago rugió.
Ricky apareció con un bastidor de pared y un panel para veinte fusibles.
—¿Ya saben lo que oculta esa puerta estrecha a la que estorbaban los plomos originales?
—No se los he dicho, es que a mí me da igual. —Libertad se encogió de hombros mientras fregaba los tres platos de la tortilla.
—Ya revisaré los planos en la oficina cuando acabes, metomentodo. —El jefe volvía a mostrar su particular berrinche de adulto.
Quitó la chapa de nuevo y fue empalmando uno a uno los contactos eléctricos hasta que lo completó. Quedaron tres pletinas sin cables que conectar.
—¿Quieren que mire el tamaño de la caja de fuera por si sirve la que he quitado aquí?
Quizás quisiera parecer práctico; o puede que incluso frugal, pero a Lope le pareció un tacaño monumental.
—¡Encima querrás ahorrarte algunos costes!
—A mí no me importa si lo quieren o lo tiran; a mí me paga por devolverle la luz y ya lo he hecho. —Levantó la llave general y todos los electrodomésticos dieron su particular sonido de encendido a coro—. ¿Ve?, lo de fuera es asunto de albañilería, no de electricidad.
Libertad hizo el amago de coger su chaqueta y el bolso; dejaba intencionadamente el cuaderno abierto y el bolígrafo encima. Llamó la atención del electricista.
—Bueno, si le cobras a mi jefe tus servicios, nos podemos ir. —Empezó a dar pequeños saltitos de impaciencia.
Lope se puso en pie, contrariado al ver a Mauro no moverse de su asiento.
—¿Cómo va a pagar? —Ricky llamó su atención de nuevo.
La inercia le hizo sacar la cartera.
—Espera, le cobrarás el precio sin inflar, ¿verdad? —Libertad lo entonó tan melosa que descolocó aún más a su jefe y casi le da un ataque de risa a Mauro.
El electricista se puso a escribir en la factura cada parte del desglose, dándole al director la lámina blanca y la rosa del extracto.
—Ahí lo tiene, jefe. —Pretendía hacerse el gracioso.
Lope, entre enfadado y resignado, levantó una tarjeta negra austera con unas pequeñas letras plateadas.
Hicieron la transacción y Ricky recogió sus cosas con presteza y algún chascarrillo rancio de ligoteo hacia Libertad.
—Deja la chapa, tengo alguna que otra idea para usarla. —Se mordía un dedo, coqueta.
Ella fue quien abrió la puerta, dejándole pasar primero. Cuando le tuvo a la altura exacta, le llamó:
—Espera un momento.
Se giró hacia ella.
—¿Pasa algo, bombón?
Le tomó por los hombros, y como si fuera una película a cámara lenta, le dio un rodillazo.
No fue un pisotón; el golpe fue directo a sus testículos.
El hombre se dobló del dolor.
—¡Por encima de mi cadáver! —le chilló Libertad al empujarle.
Huyó a trompicones por la calle trasera huyendo de la escena que acababa de vivir.
—¡Y que no me entere yo de que intentas sobrepasarte con una damisela, hipócrita de mierda! —le gritó desde la puerta, que posteriormente cerró tras de sí.
—¡Bravo, un Óscar, un Óscar! —la vitoreaba Mauro.
Lope alternaba entre ambos y se dejó vencer, algo abatido.
—¿Estabas fingiendo?
—¡Obvio! —Se cruzó de brazos, con una sonrisa chulesca.
—¿Y por qué no me lo dijiste con la tortilla?
—Porque yo sola no podía justificar el teatrillo; necesitaba la réplica masculina celosa y usted ha bordado el papel.
—¡Yo no estaba celoso! —se quejó al subirle los colores en la cara.
Libertad alzó las cejas, con una leve sorpresa, pero sobre todo con la cara de quien sabe que está mostrando algo que los demás no quieren ver.
—Pues entonces es usted quien se merece la estatuilla que decía Mauro —le señaló con el pulgar—, porque todos nos lo hemos creído.
Lope desvió su mirada al techo, sin punto fijo; para suspirar después y tranquilizarse del todo.
—Siento haberte acusado esta mañana. —Aun así, no era capaz de mirarla a la cara—. Fui injusto, irrespetuoso e irresponsable.
—Me comparó con Damián; y eso, viniendo de usted, me pareció una puñalada trapera.
Mauro se levantó para ir al fregadero y colocar la vajilla seca en su sitio, mientras se mantenía atento a la conversación del director y la chef.
Lope intentó acercarse dando un paso hacia ella.
—No se me ocurre cómo hacer para que me perdones. Me enseñaron a comprar el perdón y sé que metí la pata contigo.
Dio otro paso.
—Jefe, ¿se está arrastrando? —Le miraba con incredulidad.
—¡Y es que no sé cómo ha ocurrido! Pero sé que, por una estúpida cadena de acontecimientos, soy el responsable de que haya fallecido… —rebuscó el nombre en su memoria—, ¡Neko!
Dio el último paso; ya no podrían acercarse más si no era con otras intenciones.
El ruido de fondo que estaba repiqueteando Mauro con la vajilla no sonaba. Eso alertó a Libertad, que le hizo darse cuenta de la proximidad y se encorvó hacia atrás.
—¿Qué vas a hacer? —No se movió más de lo necesario.
—Replicar el gesto que me enseñó cierta niñera.
—¿Cómo dices?
—Abrazarte. —Cuando lo dijo, ya tenía sus brazos rodeándola. Apretó.
—¿Esto lo hice yo? —tragó saliva—. No me acuerdo, y tampoco es que cuadre con mi carácter. —No quería mirarlo; se notaba sonrojada.
Intentó sacar sus brazos del achuchón y apenas pudo subir hasta los codos, que abarcó poco por los flancos laterales de la cintura de Lope.
—Lo siento mucho. —Susurró él en su oído.
La respuesta tardó en llegar; Libertad se tomó un tiempo en contestar y, cuando lo hizo, su voz parecía algo tomada.
—¿Podríamos hablar del menú de mañana?




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