Libertad se notó acelerada, y también, tranquila en sus brazos. ¿Por qué? Odiaba mostrarse débil y, sin embargo, Lope Estuardo Montenegro conseguía provocarle sentimientos contradictorios simultáneos.
Y esta vez, había conseguido desarmarla con ese discurso de disculpa. Seguía creyendo que era un niño grande; pero por eso mismo, no tenía maldad al expresarse como lo hacía.
También estaba el hecho de que ambos eran víctimas de la misma trama perversa de Dionisio Estuardo y el complejo de Dios que se gastaba.
Se dio cuenta de que Lope aún no la soltaba, y como siguiera así, había dos maneras posibles: o echarse a llorar y atreverse a sentir algo de manera genuina, o dejar que el apretón de su jefe siguiera y consiguiera romper alguna costilla de nuevo. Lo más probable es que ambas opciones no fueran alternativas y se dieran ambas a la vez.
—¿Por favor? —tosió—, me estoy clavando mis propios codos con su achuchón.
Aflojó lentamente hasta soltarla; pero no se apartó y creyó que casi podía oír su palpitar. Se sorprendió cuando se dio cuenta de que lo escuchaba con nitidez, e iba tan acelerado como el suyo.
—Tus ojos son muy bonitos, parecen de cristal.
Se volvió a encorvar hacia atrás; ese piropo estaba fuera de lugar, lo que la volvió a ubicar en su acidez, sarcasmo e ironía.
—Y los suyos son negros como los grillos —le palmeó con cariño sobre el pecho—, ¡hala, ya estamos en paz!
—Vale que yo te he comparado con un plato ochentero —hizo pucheros, entre ofendidos y divertidos—, pero me has equiparado con un coleóptero.
—¡Ajo y agua! —le respondió sacando la lengua para picarle.
—¡Niños, que nos desviamos del tema! —Mauro les trajo a tierra.
Se voltearon hacia él.
—¿El menú para mañana? —Impresionaba ver cómo alguien de sus dimensiones podía llegar a ser tan paternal.
—Cierto —se detuvo a mirar su reloj—, no tenemos tiempo de elaborar un menú completo en unas horas. Son casi las seis de la tarde y no hay manera de aprenderse doscientos platos en un día por muy diestro que sea el aprendiz.
—¿Y qué sugieres?
—Volver a los canapés, aunque sea solo por un día.
—¿Puedo sugerir que esta vez no hagas ninguno borracho? —Mauro intervino.
—¿Canapés borrachos? —Lope se extrañó.
—¡Lo juro! —Libertad levantó la mano.
—¿De qué habláis?
—De la boda de su amigo Evan, don Lope. —El guardaespaldas puso sus enormes manos sobre la mesa—. Porque ella hizo la mitad de los canapés de la boda, y da la casualidad de que no quiso probar ninguno de los de Teodoro Janeiro.
—¿Qué tiene que ver ese bueno para nada con Libertad?
—Era mi anterior jefe; se supone que hacíamos los bocados de las degustaciones a medias, pero él hizo alguna que otra perrería a mi costa.
—Me acuerdo de que me lo dijiste —se interesó—, pero ¿qué es lo que hizo exactamente?
—Vendió algunas de mis recetas a distintos restaurantes haciéndolas pasar por propias, aparte de que nunca dejaba de provocarme discutiendo para que no compitiera por la dirección de cada evento.
—¡Pero si ese siempre ha sido un mandado! —Lope estaba sorprendido—. Vale que Dionisio siempre fue un manipulador, pero es que hasta Damián Nogales mangoneaba a Teodoro hasta que desapareció hace unos cinco años.
—Pues retomando el menú del restaurante con esos supuestos canapés —apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos para poner la barbilla—, se puede hacer muestras de todos los platos y con etiqueta de las posibles alergias, intolerancias o restricciones religiosas en cada bandeja.
—Es algo caótico, pero en la sencillez de plantearlo así es donde reside la genialidad. —Lope se giró al guardaespaldas—. Si viene Mario, ¿le pido que traiga a su hermanastra?
—¿Y a mí qué me dice? —se ofendió un poco, sonrojándose.
—¿Qué ha pasado? —Libertad sonreía con curiosidad.
—Mario y su padre se van a mudar a la casa al lado de la mansión Estuardo, y su familia política también.
—No entiendo. ¿Tu primo?
—¡Exactamente él, Libertad! —Lope estaba encantado de poder compartir, por fin, un chisme—, aunque no sé cómo se llama; creo que algo le ha removido en su corazoncito de adobe.
—¡No diga tonterías, don Lope, que podría ser su padre! —Estaba rojo como un tomate.
—¡Comentó que su nombre le iba como anillo al dedo porque parece un muro!
Libertad bajó las manos sobre el papel. Estaba atónita.
—Razón no le falta.
—¡Dejad de hablar de mí y haced los cálculos, cojones!
Los jóvenes se asustaron un poco. Aunque ella se recuperó inmediatamente antes que él.
—Oiga, jefe —se mostraba juguetona—, para ser un pijo criado entre algodones, es usted bastante marujón.
Lope le siguió el juego.
—Tú tampoco te quedas atrás, señorita Nogales.
—Ahora os ponéis coquetos, solo para molestarme; pues lo lleváis crudo conmigo, os aviso. —Se cruzó de brazos el tercero en discordia—. Yo solo pido que no le eches alcohol de ningún tipo a ninguno de los platos.
—Me parece coherente.
Entre los tres calcularon dos bandejas de cada plato, y con unos carteles con los ingredientes escritos al estilo de los componentes de cualquier producto de supermercado, con los alérgenos en negrita.
Lope se fue un momento y apareció con su portátil para diseñar las cartas de presentación.
—Ya que se van a poner los ingredientes como los huevos, las nueces y el trigo en negrita, ¿ponemos el cerdo y la ternera en cursiva?
—Me parece una idea excelente, jefe —sonrió ampliamente—. ¿Tenemos en consideración a los veganos, o solo las religiones?
—Eso implicaría añadir el pollo, los huevos, el pescado y la caza también con esa tipografía —miraba la pantalla de su ordenador poco convencido—. Lo encuentro excesivo porque algunas de esas cosas ya son posibles alérgenos.
Le miró a él y a su pantalla en alternancia. Su necesidad intrínseca de control ya no era el eje de su comportamiento y se dio cuenta cuando le dijo:
—Lo dejó a su elección, don Lope.
Mientras seguía escribiendo en su cuaderno la lista de posibles recetas a realizar.
La vista se le escapó por una décima de segundo hacia él, se sonrojó súbitamente y su pensamiento más extraño fue que su nuevo confidente ya no era un gato, sino un humano, hombre, rico, pijo, inteligente, excéntrico, divertido, infantil, adorable, presuntuoso, guapo, kamikaze, atractivo, prejuicioso y que despertaba una curiosidad y un apego insólitos en ella hasta el momento.
—¿En qué piensas, prima? —Mauro la sacó de su trance; la miraba con picardía.
—Mauro… —Lope le miró con severidad.
—¿Qué? ¡Para mí es como si lo fuera, jefe! —se excusó encogiéndose de hombros.
Sintió cómo la miraba.
—Estás roja, ¿tienes fiebre? —Extendió la mano para medir la temperatura en su frente.
Añadió protector a la lista, aunque eso ya lo había demostrado.
—Estoy bien, se me pasará cuando me beba alguna lata de energizante.
—¿A los demás los pone como una moto y a ti te centra? Es insólitamente raro, aunque es bueno saberlo. —Le mostró una sonrisa más que cordial.
Añadió sincero a su lista mental sobre Lope y retomó sus escasos apuntes.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026