Había aprendido, a base de observar a los demás, la naturaleza del ser humano. Si su padre se sentía ofuscado, solo tenía que ser silenciosa; y si él estaba contento, con entretener a la borracha bastaba.
“Un enemigo siempre atacará cuando te vea flaquear, y una hija es un flanco demasiado obvio que siempre será un objetivo” era la excusa que acabó por usar en los últimos años cuando le recriminaba un mínimo gesto parental.
“Te doy un techo y tienes comida y educación, ¿qué más quieres?” llegó a replicar en tres ocasiones.
Libertad supo desde el principio que lo que veía en los demás, un amor desbordante a plena luz del día, era lo común. Solo Damián se comportaba así.
Por eso, cuando Yolanda, en un momento de sobriedad, sugirió que podría cuidar a los hijos de los demás, Libertad encontró la vía para intentar separarse de la influencia tóxica que envenenaba a su padre.
Es así como fue, poco a poco, dándose cuenta de que la toxicidad no afectaba a su padre, sino que él mismo formaba parte de ella.
Su carácter fue afilándose con el tiempo gracias a esa educación y su capacidad de observación. Aunque probablemente, la capacidad de manipular la situación para desviarla en su beneficio ya le vendría innata.
Entonces, probablemente, eso explicaría la atracción que sentía por el único hombre capaz de sacarla de quicio y sonrojarla al mismo tiempo con una sola frase sin maldad ninguna.
—¿Acaso lo ve extraño, don Lope?
—Lo publicitan como un chute de energía. Supongo que tu mente se relajará dispersándose y por eso esa energía añadida te da lo que necesitas.
—Es una manera de verlo, sin duda.
—¿Te vas a poder apañar haciendo noventa y seis bandejas de canapés tú sola?
—Para poder presentar minúsculas porciones de los platos que habrá en el menú, solo habría que hacer acopio de recipientes para las raciones.
—No me estás entendiendo, Libertad, estás hablando de cuarenta y ocho platos. ¿Pretendes hacerlo tú sola?
Dejó el bolígrafo sobre el cuaderno de nuevo. Se giró hacia él.
—¿Y qué sugiere?
—¡Puedo pedirle ayuda a mi pa… paternal abuelo!
Todos se dieron cuenta del desliz que intentó corregir en esa frase. Lope le había desvelado la oscuridad de su origen en pleno estado de embriaguez, por lo que el hecho de que hubiera estado a punto de descubrirse solo significaba que estaba realmente cómodo con ella y quizás algo más profundo que no quería mencionar.
—Oye, Libertad —Mauro se había levantado y ninguno se había dado cuenta—, estas ollas tan grandes, ¿tendrías suficiente?
Llevó la vista a su cuaderno.
—Cuento ocho platos de olla, diez de sartén y siete ensaladas. —Enumeraba mentalmente cada cocinado; hay unos quince o dieciséis postres y quedan los platos que suelen ser entrantes.
Lope no pidió permiso y cogió su teléfono para llamar.
—¿Fernando? —él tampoco llamaba a su familia por el vínculo— ¿tienes a tres o cuatro pinches que creas que necesiten motivación?
Empezó a deambular por la cocina, discutiendo con el patriarca por teléfono.
Libertad aprovechó para meter dos kilos de judiones del Barco en remojo. Extendió pequeños cuencos de barro en dos bandejas y los apiló. Preparó otras dos bandejas, y otras dos.
A esas alturas, Lope le echó la mano al brazo, frenándola, pero preocupándola y emocionándola también.
—¿Qué pasa? —susurró.
Lope estiró el índice de la mano que la sujetaba para indicarle una espera de unos cinco o seis segundos que a Libertad se le hicieron eternos.
—¿Trasladarás a seis personas de tus otros hoteles? —Un minúsculo suspiro se cortó para enrojecerse de manera súbita—. ¿Eso pides a cambio?
La chef y el guardaespaldas se miraron. Ella se mostraba expectante y preocupada; y el grandullón, por el contrario, empezaba a dibujar una sonrisa de satisfacción al tener su mirada fija en la mano que el jefe tenía en su brazo.
La soltó y le dio la espalda para bajar la voz, como si de repente le diera vergüenza que cierta persona le escuchara.
—Pues sí que me viene a la mente alguien —en medio segundo le dio tiempo para girarse, mirar a Libertad y volver a su conversación; y sin rebajar la rojez de su rostro—, ¡pero no creo que pueda porque estará trabajando!
Se sintió aludida con lo que entendió. ¿Él había pensado en ella para algo que no tenía que ver con el trabajo?
—¿Se están refiriendo a mí? —gesticuló hacia Mauro.
Con una sonrisa de satisfacción se irguió, triunfante para afirmar en silencio. Eso la mosqueó.
—¿Que la qué? —y le respondió la intermitencia de quien te corta la llamada.
Dio un zapatazo con la inercia y esperanza de que la vergüenza se esfume al agitar la pierna con un golpe seco. Irónicamente, le funcionó. Y con el leve sonrojo de sus mejillas y una expresión de manipulador que le venía grande, se giró hacia su chef.
—¿Tienes que trabajar siempre con la chaquetilla?
Esa pregunta la descolocó.
—Es lógico que lleve el uniforme.
—Libertad, no has respondido a la pregunta.
Intentó racionalizar la respuesta y procuró ser sincera.
—Depende del servicio; mañana con los canapés no me hará falta, por ejemplo; pero para cocinar sí.
—Me has respondido a la siguiente pregunta sin que la haya verbalizado. —Sonrió con satisfacción—. ¡Me gusta que alguien tan inteligente me sepa entender sin palabras!
Se quedó pálida.
—¿Y qué es lo que he entendido, exactamente?
Mauro se cruzó de brazos desde su rincón, inclinándose hacia atrás como en una butaca.
—¿Don Fernando ha vuelto a insistir?
—¡Efectivamente! —se giró hacia ella, mirándola directamente a los ojos, con algo de picardía—. ¿Y qué mejor acompañante que la persona que mejor me entiende? —volvió hacia Mauro—. ¡No te ofendas!
—¡Sí que me ofendería si pensara en mí de la misma manera que lo hace de ella!
—¡Alto ahí, los dos! —Libertad se enderezó, asustada y acelerada por la insinuación—. ¿Cómo pretende que controle la cocina, vestida de acompañante suya? ¡Es pura contradicción!
El jefe elevó su muñeca para ver la hora.
—Son las siete y media, ¿tienes ropa adecuada?
—¡Insistes!
—No hay tiempo, ¿la tienes?
Medio segundo para contabilizar su vestuario y sopesar las opciones, y con eso darle alguna respuesta.
—Mi vestuario de etiqueta se basa en ropa ajustada y oscura para salir de noche.
—¿Ajustada? —tragó saliva al repasarla físicamente en un momento—. ¿Algo tipo cóctel? —¡No, en absoluto! —su cuerpo reaccionó antes que su mente, abrumada por tanta información; ya que sus brazos intentaron ocultar torpemente alguna zona inconclusa de su cuerpo—. ¿Por qué lo dices?
—Yo te ayudo esta noche con lo que tengas que hacer aquí, si me dejas que te regale un vestido para que puedas acompañarme mañana en la inauguración como mi acompañante. —Su lado seductor era bastante atrayente, aunque dulce y tierno también—. ¿Hay trato?
—¿Un vestido gratis, así, por la cara? —No consiguió sonar a la libertad segura y arrogante de siempre—. Ahí hay gato encerrado, jefe.
—Tendrás seis pinches para mañana si accedes. —Le extendió la mano—. Creo que la orquídea saldrá ganando.
Hizo el amago de estrechársela cuando cayó en la flor nombrada.
—¿Orquídea?
—Phalaenopsis es el nombre técnico de las orquídeas, y pretendo hacer de este hotel uno que funcione, independiente de la firma familiar.
Eso le gustó, le encantó. Algo en su mente hizo clic al verle tan seguro de sus intenciones.
—Cuenta conmigo. —Le estrechó la mano con energía y determinación.
Se acababa de dar cuenta de la razón de sus propias contradicciones ante Lope. Todo tenía un sentido tan abrumador que debería asustarla, y sin embargo, lejos de eso, la empoderó.
¿Por qué diría Damián Nogales que el amor te vuelve débil? Libertad se había llenado de energía.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026