De Lilas y Aguamarina

35. Plato del día: Torrijas de leche de cabra.

No podía ignorar que le gustaba.
Su padre biológico, que interpretaba el papel de abuelo de cara a la galería, se lo había dejado bien claro con sus condiciones. Si quería su ayuda, debía ir acompañado de una mujer del brazo.
Siempre había puesto la excusa de que aún no había encontrado a ninguna, pero cuando Fernando se lo preguntó esta vez, su cuerpo se giró hacia ella.
Sería ironía del destino, pero sintió que no se giraba por el recuerdo de Lilith; lo hacía por la Libertad que tenía a su lado.
Sabía que con ella las palabras cursis y las ñoñerías no servían; ser uno mismo es lo único que valoraría en un hombre.
Las ideas sobre la mujer a su lado y las palabras de Fernando en su oreja bailaban en su mente como si quisieran mostrar un mapa y la solución le vino del recuerdo de una película del año noventa donde el galán le prestaba a la protagonista una tarjeta para ropa y por su apariencia se lo negaban.
¿Cuándo vio esa película? Hacía tanto tiempo que ni se acordaba de ella.
Pero una cosa estaba clara: él quería estar al lado de Libertad, y lo haría aunque tuviera que recomponerse tras cada enfrentamiento con el mundo.
Cuando le explicó por encima que quería armar su propio caballo de Troya en STUARD.INN, la notó cambiar. Volvía a ser esa mujer que le conseguía desmontar y montar con su sarcasmo y una sonrisa.
—Cuando el Phalaenopsis Estuardo deje de ser conocido como una sucursal más de la cadena —se posicionó en jarras—, y pase a ser la joya de la firma; me desvincularé de todos ellos y me quedaré solo con lo que me gusta, el Hotel Orquídea.
—¿No se está viniendo usted muy arriba? —Libertad se cruzó de brazos, mirándole con ironía y diversión—, porque aún no hemos abierto.
Lope se dio la vuelta y empezó a caminar.
—Mauro pasará a ser el jefe de seguridad y controlará a todos los que vayan de trepas.
—¡Castillos en el aire, don Lope! —ella le intentaba bajar a tierra, pero se notaba que le divertía.
Se acercó a su oído.
—Llámame Lope. —Susurró y siguió caminando—. Me imagino que tardaremos como mínimo unos seis meses.
—¡Como poco!
—¿Me equivoco? —Apoyó sus manos sobre los hombros de Libertad y se asomó por el hombro contrario—. ¡Visualízalo como yo!
—¿El qué?
—¡El plan, Libertad, el hotel! —Ya estaba al otro lado, aunque no se paró—. Primero hay que demostrar que somos buenos, pero inofensivos.
—Yo solo tengo mis manos y mi sarcasmo.
—Y ahí es donde nos haremos valer. —Volvió a situarse a su espalda—. Tu cocina será nuestro as en la manga.
—¡Espera! —se giró hacia él sin levantarse de la silla—. ¿Yo seré la clave?
—Justicia poética en todo su esplendor. —Extendió la mano hacia ella. Desde la cabeza hasta los pies la señaló como al mayor trofeo—. ¿No es así?
Tardó tanto en contestar, que Lope dejó de orbitarla. Hasta Mauro se incorporó hacia delante.
—No es que quiera romper la magia de lo que se ha creado ni nada por el estilo —entonó—, pero el jefe tiene razón; si triunfamos desde el restaurante, Dionisio bajará la guardia; y cuando don Lope se separe de la firma, hasta os ayudará.
—Pero sabrá que yo trabajo aquí.
—Para eso le hemos pedido ayuda a Fernando. —Lope estaba encantado de enseñar su plan y volvió a orbitar—. Dionisio cree que su querido papá me quiere dejar a mí la empresa, saltándose una generación por encima.
—Sí, bueno, no lo culpo. No lo está haciendo muy bien para inspirar confianza; y Dionisio lo sabe.
—¡Exacto! —Extendió su mano hacia su hombro hasta tocarla de nuevo—, utilizaremos su competitividad a nuestro favor y la ambición de Fernando a la vez.
—¿Y todo empieza conmigo mañana?
—Y con que tu apariencia transmita elegancia sin dejar de ser tú misma.
Libertad se desinfló.
—No soy elegante, no me gusta aparentar.
Lope se acercó a ella y apoyó los codos sobre la mesa, dejando de orbitar.
—Bueno, piensa en que si has hecho creer al tipo de los cables que te gustaba utilizando mis celos como arma, ¿qué puedes llegar a fingir si te pones un vestido lapicero de algún color claro?
No le importó admitir lo que ya había asumido. Estaba dispuesto a colaborar en todo lo que ella dijera porque confiaba plenamente en Libertad.
—Tampoco es que tenga muchas referencias más allá de las clientas del catering de turno.
—No finjas del todo, Libertad, ¿quieres escoger el vestido que más te cuadre?
Sacó el teléfono de nuevo y se dispuso a buscar en internet vestidos de cóctel.
Libertad dio un leve brinquito en su silla de cocina al ver que el fondo de pantalla eran Kuro y Shiro con sus nombres escritos en japonés.
Aun así, le mostró la web de unos grandes almacenes.
—¿Te gusta este verde?
—¿Con esas mangas? Incomodísimo.
Deslizó el dedo hacia arriba.
—¡El marrón de tus ojos! —le mostró el siguiente.
—¿Y que parezca una columna de madera de roble? —se volvió a sonrojar—. ¡Ni de coña!
—Con tus caderas lo veo difícil de asociar, pero te entiendo con lo de que parecerías hecha de madera. ¡Siguiente! —volvió a deslizar el dedo—. ¿Y rosa coral?
Se asomó al teléfono. No le gustaban los vestidos de cóctel, pero a ese no conseguía poner ningún “pero” convincente.
—No está mal —sentenció.
—¡Dicho y hecho! —se puso en pie y la barrió con la mirada con suspicacia—. ¿Una treinta y ocho?
Se tuvo que poner ella también en pie, entre avergonzada y halagada.
—Uso la cuarenta, ¡Y a mucha honra!
Lope rio.
—Soy buen fisonomista; aparte de que en esta tienda, la ropa suele ser casi grande, ¿vamos por lo bajo?
Libertad se cruzó de brazos otra vez.
—Permítame dudarlo, porque no me reconoció en la entrevista para el puesto.
—Ahí he de decir que no estaba buscando a Lilith, sino a una chef.
—¡Discrepo! —interrumpió Mauro—. ¡La primera vez fue en la boda doble de don Evan, don Lope!
—¿Y qué? —cuestionó el jefe.
Los ojos de Libertad parecían salirse de sus órbitas al recordarlo.
—Se emborrachó con sus canapés de pescado y chacolí; y acabó poniéndole un ojo morado a Teodoro y su chaqueta a Libertad.
—¡Joder!
—¿Ves cómo soy buen fisonomista?
Apretó la mandíbula y frunció el ceño para acabar aceptando su derrota.
—Pero asegúrese de que hay una talla más por si me queda estrecho.
Le pareció encantadora su actitud de dura. Esa mujer realmente le fascinaba. Aun así, siguió su consejo y lo corroboró.
—La hay. —Se dirigió a Mauro—. Acércate a Nuevos Ministerios y lo recoges; yo lo pago mientras tanto.
—Sí.
Mauro se levantó y se fue al aparcamiento para coger el coche.
De repente, estaban solos. Lope y Libertad.
Él reparó en las manos de la chef, que volvían a estar sobre su cuaderno con apuntes de cocina, y se obligó a concentrarse; pues al fin y al cabo estaba junto a ella y era lo que le importaba. Se quitó la chaqueta del traje y la colgó de una silla de la cocina para arremangarse la camisa.
—¡Venga, como si fuera tu pinche! ¿En qué te ayudo, chef?




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