Dicen que la cocina vacía es un lugar silencioso y frío. Pero es ahí donde Libertad encontró el calor de tener algo apasionante.
Hubo una sola vez que Damián le llevó a ver a una pareja de viejecitos; los recordaba perfectamente, con el cabello entre marrón y naranja y ojos claros como el color de la madera de pino. Le dijo que eran sus abuelos, pero nunca los volvió a ver. Fue justo el mismo día que Yolanda le dijo que no era su madre de verdad, al volver a casa.
Fue con el tiempo que comprendió que aquella pareja que los recibió en la cocina serían los Herrero; ni los Nogales, ni los Olmos.
Y fue allí, entre fogones, donde la cocinera y el mayordomo, al verla tan solitaria, la invitaron a participar mientras la pareja Herrero y Damián Nogales discutían por la custodia de una niña de ¿qué edad tendría, cinco, seis, siete años como mucho?
Descubrió lo mucho que le gustaba la cocina y que era una carga tanto para su padre como para sus abuelos; y extrañamente, si se enfrentaban mientras ella estaba con el foco en otra cosa, creyó que le dolía menos. Era casi como la frialdad de la ignorancia, y comprendió, en ese preciso momento, que esa actitud la hacía más fuerte.
Y ahora, en esa enorme cocina, la sola presencia de estar acompañada ya la reconfortaba más que todos los gestos de afecto que había recibido en el resto de su vida.
—Te quiero hacer una pregunta y no sé cómo enfocarla para que no te enfades. —Lope rompió el silencio.
Libertad le sonrió con esperanza e ilusión y eso le descolocó mucho más que su sarcasmo y acidez.
—Si lo prefieres, me quedo con la duda y ya te lo pregunto en otro momento. —Dio un paso atrás.
—Mientras que no sea una pregunta íntima —Libertad volvía a su versión habitual, pragmática, sincera e irónica—, creo que ya sabes más de mí que cualquier otro hombre.
Lope se puso en jarras; y algo nervioso con esa última frase. Sabía que no era con esa intención, pero su cuerpo había reaccionado de manera inesperada al llamarle hombre y oírlo en su voz.
—¿Puedo decirlo? —Se notó muy nervioso.
Libertad tomó una bandeja con pequeños cuencos de barro y la colocó encima de la otra.
—Podemos trabajar mientras hablamos —preparó otra bandeja—, y si no lo dices, voy a pensar que era inadecuada, o que te intimido.
—Es más por mí, que no sé cómo afrontarla.
Soltó la bandeja.
—¿Crees que seré libre de responderla?
—¡Por supuesto!
—¡Pues dispara!
Quiso emularla con las bandejas y unos cuencos de vidrio blanco, pero le temblaban ligeramente las manos.
—¡Don Lope!
—¿Te importa llamarme Lope a secas? —apoyó las manos en su bandeja al mirarla.
—¿Era esa la pregunta que no sabía cómo hacer?
Desvió la mirada; se sentía un completo adolescente vergonzoso ante la chica más popular del instituto.
—Eso era una petición personal, perdona. ¿Cuándo dejaste de ser Lilith para empoderarte como Libertad?
—Pensé que sería más personal, jefe. ¡La respuesta es fácil, yo siempre fui Libertad!
Las manos le dejaron de temblar; había soltado la duda como si fuera un lastre, y prefería mil veces que ella le llamara jefe a que le llamara don Lope, aunque eso significara que no dijera su nombre.
—Yo recuerdo que respondías si te llamábamos de la otra manera, ¿y aun así, ya te llamabas Libertad? —cogió otra bandeja y la puso sobre los cuencos blancos.
Ella resopló con algo de resignación, pues sabía que tarde o temprano tendría que explicarlo. Mientras tanto, iba preparando en una olla de cinco litros agua, sal y pimienta.
—Al parecer, es muy difícil cambiarle el nombre a un bebé. Y en mi partida de nacimiento aparece el nombre por el que respondo.
Ella empezó a echar maíz al recipiente. Él levantó las dos bandejas de cuencos y las apartó en la mesa de servir, al otro lado de la cocina.
—¿Y el nombre de Lilith a qué viene? —preguntó.
—Ya oíste a Damián; Lilith Herrero, ¿te acuerdas? —Sacó cerca de una decena de pimientos amarillos para cortarlos en juliana— “Te llamas como tu difunta madre” —intentó imitarlo—, y no sé por qué pone una cosa y él se empeñaba en la otra.
Lope se paró en seco, le observó las manos al cortar los pimientos y se acercó, sin saber muy bien por qué.
—Pero eso solo explica que no quieres que te llamen Lilith. ¿Qué pasa con el diminutivo Lili?
—¡Son casi iguales, por Dios! ¿No crees?
—Esa respuesta es menos compleja —sonrió mientras le extendía las manos pidiéndole en silencio que le dejara cortar los pimientos—. Si no te gusta el diminutivo, pues no lo uso.
Ella retrajo un momento las manos, pero las relajó, dejándose ayudar; y a continuación, tomó un puñado de judías verdes y las fue despuntando, con hebra incluida.
Cuando las verduras estuvieron cortadas, se dispusieron al siguiente proceso, y así hasta completar los ingredientes de los dos platos.
—Esto —se colocó frente al agua hirviendo—, sería la sopa de maíz con pimientos amarillos.
Lope, de manera instintiva, le entregó el cuenco con los pimientos que él mismo había cortado.
Se acercaron al siguiente fogón.
—¿Qué vas a hacer aquí?
—¡Tomate frito!
Parpadeó incrédulo al verla vaciar un poco de tomate rayado al aceite humeante. Lo movió y fue echando el tomate troceado poco a poco. Una cucharadita de azúcar y media de sal, para agarrar el pimentón dulce y meter la cucharilla de nuevo.
—Este es mi pequeño secreto. —Sacó la cucharilla con el pimentón por la mitad—. No gusta de hacerlo a todo el mundo, pero como al paladar te recuerda al tomate frito comprado, los niños no se quejan. —Lo echó al sofrito de tomate, y aun así se encogió de hombros.
El instinto de Lope le hizo llevarse una mano al pecho mientras preguntaba:
—Presumes de que no te gustan los niños, y sin embargo, acabas de tenerles en cuenta por encima de los adultos.
Se sintió desarmada con algo que ni siquiera había tenido en cuenta. Intentó ser racional consigo misma y llevar ese descubrimiento a su terreno. ¿Qué podría decir para desviar esa contradicción de su mente y que encajara con la actitud de gruñona que siempre usó?
—¡Son clientes potenciales!
Le llevó el brazo sobre los hombros y la zarandeó sutilmente.
—Será eso. —Le vio sonreír con la amabilidad de un amigo que no juzga.
Tras un rato, Libertad dio un paso atrás; Lope la imitó.
—¿Qué estamos mirando?
—La crema amarilla, las judías con tomate… Los crudos habrá que hacerlos mañana, al igual que la cocción lenta de la fabada con judiones.
—¿Cuántos platos eran?
—Cuarenta y ocho.
—¿Cómo vamos de tiempo?
Libertad miró su reloj.
—Son las once menos cuarto de la noche; vamos fatal si solo seremos dos.
—¿Y Mauro puede ayudar?
—Para mover las bandejas nos vendría de perlas, pero hasta que no regrese… —dio un paso hacia los fogones y apagó la crema de vainilla—, primer postre adelantado.
—Verte cocinar me ayuda a comprender a Paca. —Tomó aire para seguir hablando—. Pero siento como que querría conocerte más.
Intentó ignorar la intención de sus palabras y solo tomarlas al pie de la letra. Conocer, refiriéndose a saber más datos de ella; y no más… cosas, de ella.
—Ya lo dije antes, solo Neko me escuchaba todo lo que decía. Me replicaba maullando con un tono u otro, o reclamando terreno con su lomo.
Pretendía ser amigable; el vínculo que estaba estableciendo con Lope lo pedía.
Pero su mente, al mirarlo a esos ojos negros tan brillantes, le traicionó. Porque entonces, ¿por qué al recordar a su difunto gato, la imagen que le vino a la mente fue la del hombre que tenía ante ella la primera vez que la abrazó?
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Editado: 09.04.2026