De Lilas y Aguamarina

37. Plato del día: Ternera con cebolla al estilo oriental.

Libertad observó a Lope de soslayo; estaba terminando de preparar la bandeja con pequeños platitos de café.
—Hay un plato sencillo de hacer y muy nutritivo, ¿te atreves a hacerlo tú solo?
—¡Pero tú eres la chef!
—Bueno, puede ser; pero enseñarte a hacerlo tampoco creo que vaya a rebajar mi nivel, ¿no crees?
Entrecerró los ojos y sonrió.
—¿Como hace dieciocho años?
Tardó un momento en reaccionar. ¿Por qué le dolía esa pregunta si no tenía malicia alguna?
—¡Sí!, como cuando yo era tu niñera.
—¿Y ese tono? —parpadeó, sin entender muy bien lo que pasaba—. ¡Es lógico que la persona más experimentada enseñe al novato! Y tú llevas muchos años cocinando. —Intentó hacer la gracia abriéndose un poco de piernas y encorvándolas, con ambos brazos arqueados—. ¡Estoy listo para aprender!
Una carcajada salió de su boca. ¡Hasta ella misma se sorprendió! Pero no dejó de ser ella misma en ningún momento.
—¡Sí, claro, a galopar!
Lope retomó su postura, relajado.
—¿No es así?
—¿Pretendía, su majestad, hacer el plato sobre el caballo?
—No era así, ya. —Sonó su móvil—. Es Mauro.
—¿Dónde se ha metido el grandullón?
—¿Dónde estás?, necesitamos tu ayuda.
Libertad sintió la inercia de su rutina: cocinar mientras escuchaba.
—¿Cómo que no puedes volver hasta mañana? —le empezó a notar irritado—. ¡Aparte de mi guardaespaldas, también eres mi chófer! ¿O se te ha olvidado?
Ella se acercó al cuaderno y, de los cuarenta y ocho platos, tachó cinco.
—¡Y dale con lo mismo, siempre igual! —chasqueó la lengua—, Margarita sabe cuidarse sola y tú no haces más que sufrir al verla todos los días. ¡Qué ganas tengo de poder salir de esa maldita casa para que te desintoxiques de una vez! —Le observó en silencio, tanto rato que se dio cuenta—, aquí te necesitamos más que una mujer que se aprovecha de lo que sientes por ella para llorarte sus penas. —La respondió con la sonrisa que no pidió—. Te esperamos en el hotel, no tardes.
Con sus manos en los tacos de atún, Libertad prefirió esperar a que Lope se lo dijera por voluntad propia.
—No creo que Mauro se haya quedado con los Estuardo solo por mí, ¿sabes?
—Has nombrado a Margarita, ¿te refieres a tu madre? —Libertad sabía a quién se refería perfectamente, y ahora mismo intuía lo que él le iba a confesar, aunque era algo que sospechó desde el primer día—. No quería ser chismosa, perdona.
—No pasa nada; siempre es mejor desahogarse contándoselo a alguien. —Mostró una pequeña sonrisa de complicidad—. Mauro lleva enamorado de mi madre desde que Fernando le contrató para protegerme.
Sintió que su deber como confidente debía mostrar otras opciones.
—¿Estás seguro de ello?
—Me lo confesó la cuarta vez que le rechazó, cuando yo apenas cumplí la mayoría de edad.
—¡Tienes veintinueve!
—Pues imagínate lo harto que me tiene cuando me empieza a decir que si mi madre esto o mi madre aquello.
Libertad volvió a reír. Esta vez más leve.
¿Pero qué le pasaba?
—La risa no tiene por qué ser una debilidad. A veces es mejor reír que llorar.
—¡Verte intentando cocinar un plato con la postura de montar a caballo es algo que me da risa o lloro de pena!
—Al menos te he hecho reír, creo que eso es un logro para alguien tan difícil como tú.
—¡Oye, que yo también me río! —Se tuvo que recordar a sí misma el menú para no dejarse llevar—. ¿Sigues queriendo ser mi pinche de cocina por esta noche?
—¡Por supuesto! ¿Qué tengo que hacer?
—El pastel de salmón es muy fácil de hacer. —Le dio pan de molde, rúcula, salmón, salsa tártara, queso crema y pepinillos—. Tienes los ingredientes; solo hay que apilarlos, y ya estará hecho.
—Parece fácil, ¿qué orden sigo?
—¡Qué aprendiz tan listo! —se los fue señalando en orden y luego le dio una caja de palillos de madera—, y esto sujeta el pepinillo encima.
Lope siguió las instrucciones de Libertad mientras ella se encargaba de picar los lomos de atún para las hamburguesas. No lo podría cocinar hasta el día siguiente, pero protegió la masa con film y lo metió al frigorífico.
Mauro no tardó en llegar, y alegó que iba a dejar el vestido en el coche para que ninguno se distrajese.
Sus músculos sirvieron para cargar las bandejas de dos en dos y para llevar las ollas con agua directamente a los fogones.
Resultó tener mejor capacidad de concentración que el jefe o, al menos, lo parecía hasta que Lope mencionó que invitaría a su primo y a toda su familia a la inauguración; pues vertió la mayonesa por debajo del reloj a la mínima de cambio.
Libertad, con diversión, se acercó al oído de Lope.
—Pues va a resultar que no está tan enamorado de tu madre, después de todo. —Susurró.
Él se giró y, al tenerla tan cerca, se sonrojó súbitamente.
—¡Joder, la vajilla de Duralex!
—¿Perdona? —se sentía ofendida por el susto que le provocó, pero el comentario también le hizo mucha gracia—, ¿ese era el cristal que decías de mis ojos?
—Eh… sí, ese.
Libertad miró su reloj de pulsera, con condescendencia.
—Ya son las nueve de la mañana y solo me quedan los guisos.
—¿Y cuáles son? —Mauro se asomó a la pila de bandejas llenas, cada una con distintos recipientes con la cantidad para una tapa.
Se asomó al armario frigorífico y las fue señalando.
—Las carrilleras, el marmitaco y la fabada.
Mauro estuvo conforme.
—Voy al coche, a por el vestido. Me dieron también un par de zapatos del mismo color que el vestido.
Desapareció en el ascensor.
—¿Zapatos también? —se cruzó de brazos, algo ofendida—. ¿No crees que ya te estás pasando, gastando tanto dinero en vestirme para aparentar?
—¿Por qué no quieres aceptarlo como regalo?
—¡Porque nadie da duros a pesetas! —le notó acercarse; ella retrocedió— ¡aunque suene muy viejuno!
—A los amigos se les regala, no hay nada malo en aceptarlo.
Habían llegado a la pared del cuadro de luces y Libertad se sintió, por primera vez, acorralada por Lope de manera consciente.
—Me estás asustando, don Lope.
Sintió cómo su mirada se posaba en su cuello. ¿Por qué brillaban los pozos de sus ojos de una manera tan irreal?
—No me llames don.
Un mensaje apareció en el teléfono de Lope:
"Siento de verdad que lo primero que hable contigo sea para pedirte un favor, Lope, pero... ¿No sabrás de algún buen restaurante para poder dar una noticia esta noche?"
Dio un paso atrás. Parecía volver en sí.
—Mario me pide consejo —retrocedió otro paso, se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración—; le voy a sugerir que vengan a cenar aquí.
—¡Cómo tú veas, eres el jefe! —Libertad tenía el gesto tenso y aunque no le entendía, a sí misma tampoco— ¡Lo que sea, será!
Lope volvió a leer el móvil en su mano y tradujo:
—Mesa para ocho personas... ¿Podría ser?
—La capacidad de la zona del reservado es de tres mesas de cuatro comensales. —Su mente volvía a enfocarse en el restaurante—. Y justo para la cena, no sé si quedará algo disponible. ¿Quizás la mesa grande para doce comensales?
Unas manos ágiles que teclearon una respuesta y guardaron el móvil en el bolsillo trasero de su pantalón.
—Queda pendiente esta conversación. —Lope la miraba intensamente, pero su cara no mostraba la autoridad de un jefe, era otra muy distinta.
Libertad apenas elevó una de las comisuras, sin mover nada más de su faz.
—Creo que ya he dicho todo, don Lope.
—¡Que no me llames don, joder!
—¡Ya le he dicho que me sale solo!




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