La escena que habían montado él y Libertad hizo que Mauro acudiera y se llevara a Teodoro. La gente dejó de deambular y empezó a irse.
Al parecer, una escena de sitcom no encajaba en un hotel de los Estuardo. Aunque al menos sirvió para quitarse a Teodoro de encima.
Lope quería alargar ese momento un poco más; tenerla entre sus brazos le pareció gloria bendita.
—Ya se ha ido la gente, Lope, puedes soltarme.
—No quiero. Has dicho que te gusto y quiero quedarme así para siempre.
—¡No seas crío y suéltame!
—¡No!
—¡Que me sueltes, te digo!
—¡Ya sé, un trueque!
—¿Otro?
—¡Un beso por soltarte!
—¿Qué tienes, once años?
—Veintinueve.
—Será físicamente.
—¿Pero hay trato o no hay trato?
Tardó un poco en contestar. Al parecer tenía prisa por algo.
—¿Pero lo das tú o lo doy yo? —respondió con una pregunta.
Pretendía ser justo, y el anterior se lo había robado. Aunque sintió que respondía, fue robado, al fin y al cabo.
—Tú.
Levantó las manos y le sostuvo la cara para darle un pico. Lope ya había aflojado el abrazo, así que pudo separarse.
—Ya está, ¿contento? —extendió los brazos hacia la puerta de la cocina—, tengo que recoger y preparar los platos de la cena.
—¿La cena? —La siguió hasta la cocina.
—Viene Mario a cenar en el restaurante, ¿te acuerdas de tu primo?
Lope, de repente, temió parecer impulsivo y frenó en seco.
—¡Cierto! —dijo al verla alejarse mientras los camareros entraban antes que ella en la cocina tras ponerse la chaquetilla de nuevo.
Se asomó por la puerta y le llamó.
—Lope, ven.
—¡Ah, vale! —y fue.
En la cocina, le esperaba toda la plantilla en fila militar. Libertad se abrochaba el último botón de su chaquetilla y Lope no sabía a qué había acudido.
—Te dije que soy buena improvisando. —Se acercó a él—. Creo que has sido tan buen jefe, así que te voy a demostrar mis dotes de observación.
A Lope le pareció divertido.
—Adelante.
—He observado buenas dotes de liderazgo en Estrella, aunque en la cocina deja que desear; y eso la hace muy buena fea de sala. Y me he fijado en que Osvaldo entiende mucho de vinos y puede ser buen sommelier si se le enseña.
Los nombrados se miraron entre ellos y dieron un paso al frente.
—¡Gracias! —Se alegraron a la vez.
Libertad se giró hacia atrás para mirar a Lope.
—¿Te parece bien?
—Estupendo —sonrió—, entonces pueden ir a sus puestos. —Extendió un brazo hacia la puerta estrecha al lado del cuadro de luces y se dirigió al joven—. Te enseño la bodega.
El chico, bajito y latino, siguió al dueño del hotel y se adentraron por una estrecha escalera hasta una pequeña sala de estantes con botellas de vino que sería más grande que la consulta de un doctor.
Le habló una a una de las distintas botellas y el chico escuchó atento. Lope le dio una lista con los nombres que tenía guardada y cuando subieron, de vuelta a la cocina, Libertad ya había repartido a todos los ayudantes enviados por Fernando Estuardo.
Estrella apareció por la puerta de la cocina y miraba directamente a Lope.
—Hay dos parejas que dicen tener una mesa reservada por usted, don Lope.
Él y Libertad se miraron.
—¿No eran ocho?
Ella se encogió de hombros.
—Habrán de reunirse aquí, y por eso vienen por separado, supongo.
Lope se giró hacia Estrella y con la chef, le dijeron al unísono:
—Es la mesa de doce sillas.
Estrella se fue por la puerta por la que había aparecido. Ellos se miraron sonrientes y el mundo desapareció por un momento para centrales después.
—Don Lope, Chef Libertad, tampoco es que se queden toda la gente que estuvo a la mañana, ¿no? —puntualizó Osvaldo con la carta de vinos en las manos.
—De todas maneras —respondió Lope—, casi es mejor así, ya que solo podremos ofrecer los mismos platos que en el picoteo de la comida.
La cena fue mucho más tranquila y la gente que aún quedaba se fue yendo de forma más calmada.
Alguna pareja entró y se les sirvió con exquisitez, pero Lope observaba la mesa de su primo Mario con el interés de agradarles como si fueran un grupo de críticos de guía de viajes.
Su copa de mosto hacía ya tiempo que se le había quedado vacía mientras que las mesas de la sala se despejaban.
No apartó la vista de otra mesa que no fuera la de su primo, en la que le observó estar constantemente pendiente de su madrastra con amorosa devoción.
La mujer se levantó de la mesa alzando las manos. Su mirada imponía respeto y cariño, callándoles.
Úrsula les llevó un carro con los distintos postres.
Fue cambiando los platos vacíos por los postres, y uno a uno colocándolos delante de cada comensal.
Se habían quedado solos en el restaurante del hotel y Lope se puso a permitir observar a su familia perdida desde la distancia.
Cómo su tío se quejaba con cariño y su primo se aferraba a su madrastra por los hombros con rotundidad.
Observó a la chica joven mantener un ligero choque de opiniones con Mario, y que el tío Manuel resolvió con un gesto que parecía un reproche cariñoso, que se solucionó con Mario derrotado pero feliz.
Quiso acercarse, y Libertad tomó la iniciativa. Se pararon a mitad de camino. Les reconoció las voces, pero no quiso inmiscuirse en la conversación prestando atención a lo que decían. Prefirió ser un mero espectador con Libertad a su lado.
Primero habló Mario, después el tío, volvió a hablar Mario señalando a la mujer madura llamada Marta y siguieron los reproches cariñosos. Cuando ella habló con gratitud hacia el tío Manuel, el joven de la verja replicó y pudo escucharle la palabra GODANE de todo lo que dijo.
Tras la felicidad que se respiraba a continuación, Lope decidió terminar de acercarse. Reparó en el “palito” sobre la mesa, al pie del plato de Marta, y entendió perfectamente que Marta estaba embarazada de Mario. Lope sonrió con ilusión y dio la enhorabuena a su primo.
—Ya que he podido encontrarme contigo después de tanto tiempo separados —Mario se levantó para abrazar a Lope—, me gustaría celebrarlo también con Bruno.
—Lo intentaremos juntos, primo, felicidades por la noticia.
—Gracias.
La chica pareció tener una meta en mente y se levantó; evitó tropezarse con Libertad, se puso junto a Mauro y extendió su brazo hacia arriba, intentando regular una altura invisible hasta que se dio por satisfecha.
Cuando intentó regresar a su asiento, el guardaespaldas la retuvo antes de sentarse.
—Disculpe, señorita —replicó sonrojado—, en vez de invadir el espacio personal de una persona de esa manera, ¿por qué no lo hace como los demás y me da su teléfono, o me pide el mío?
Ella se alejó de la mesa en mutismo absoluto y se acercó a él de nuevo. Se apartaron a un lado para intercambiar los contactos.
Libertad se acercó por fin y procedió como chef:
—¿Les ha gustado la cena?
Todos la miraron, sonrientes.
—Muy rico todo, Chef Libertad; ¿el postre tiene piña de verdad? —Mario dejó la cucharilla sobre los restos de chocolate del plato.
—¡Y piñones! —respondió al observar sus manos y ver el test sobre la mesa—. ¡Enhorabuena, papás!
Libertad se volteó, dirección a cocinas.
Mario miró a su padre, que mostraba incomodidad al haber reconocido a Libertad, por lo que se levantó y la interceptó.
—Gracias, Lili, por demostrarnos a mí y a Lope, hace dieciocho años, que la madurez no tiene que ver con la edad.
Lope sintió una leve punzada con eso, y Libertad, que cruzó la mirada con él por un segundo, respondió como siempre hacía, con sarcasmo e ironía.
—¡No me llamo Lili, me llamo Libertad! —Se mostró ofendida—. ¡Joder con el diminutivo de las narices!
Prosiguió su camino, refunfuñando palabras inconclusas hasta pasar por la puerta de la cocina.
Cuando Mario volvió a la mesa, Lope se sintió desconcertado y su primo le restó importancia sonriéndole con amabilidad.
Lope, con un gesto de la mano, llamó a Osvaldo, que se acercó con la carta de vinos.
—Os voy a invitar al mejor vino de mi bodega particular. —Lope se giró hacia Marta y la sonrió—. ¡Y a la feliz mamá, el mejor mosto de toda la carta!
La reunión familiar prosiguió hasta casi las dos de la madrugada. Momento en el cual Lope aprovechó para mandar a los pinches a su casa, para descansar.
Como sabía que Libertad no se iba a ir, si aún había gente en el restaurante, le pidió permiso a su primo para incorporarla a la celebración. Y aunque Mario aceptó gustoso, la chef se negó.
En cambio, Mauro sí consiguió convencerla.
Ese gesto provocó curiosidad en la joven de la reunión y unos celos en Lope que no quería admitir.
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Editado: 09.04.2026