De Lilas y Aguamarina

39. Plato del día: Pasta gratinada al estilo Dolly.

Libertad se sentía incómoda en el atuendo pomposo que llevaba. Se sentía incómoda con su propio corazón desbocado y a punto de salirse por la boca. Pero, ante todo, estaba realmente incómoda por no haber reaccionado con algún movimiento cuando Lope la acorraló contra el cuadro de luces de la pared.
¿Había aceptado demasiado pronto el trueque del vestido, quizás? Podría haber intentado negociar unos zapatos menos llamativos, la verdad.
Aunque ver tan decidido a Lope tampoco le desagradó. Si lo pensaba con retrospectiva, cuando otro hombre se había insinuado con esas intenciones, se había mostrado decidida y lo había llevado a su terreno para después dejarles en ridículo.
Sin embargo, con Lope era distinto. Su cuerpo quería más de él, y eso la descolocaba hasta el punto de no reconocerse.
Iba junto a él, en el mismo coche y rumbo a un entierro de alguien que ni le iba ni le venía; y que al parecer, él también desconocía hasta el día anterior.
Le observó detenidamente porque miraba por la ventana, con la cara apoyada en la mano del brazo con el codo extendido junto a la ventana.
La lista mental que le describía ya no le abarcaba; y no es porque hubiera añadido adjetivos a esa lista, que también, sino por el simple hecho de que era él. Simple y sencillamente, Lope.
Se había dado cuenta de que se había ido enamorando de su jefe, poco a poco, desde que aún no lo eran.
Pero aquello no podía ir a ningún lado. Lope ya admitió estar enamorado de ella en estado de embriaguez, cuando no cesaba de llamarla Lilith. El hecho de tener que competir consigo misma le pareció completamente absurdo.
Ya había conseguido ignorar la indiferencia de Damián como padre y la hipocresía de igualdad de sus anteriores jefes. Podría ignorar sus propios sentimientos respecto al hombre que había conseguido derrumbar sus muros, ¿verdad?
—Ya hemos llegado. —Mauro, tan oportuno como siempre.
—Libertad. —Lope le llamó su atención—. ¿Te puedo pedir un favor, ahora mismo?
—Usted pida, ya veré yo si lo hago o no. —Le salió mucho más seco de lo habitual.
Él enarcó una ceja y salieron todos del coche.
—Quisiera saber cuánta gente reconoces y de qué. ¿Me lo dirás?
—¿Para qué lo quiere saber, jefe? —se permitió agarrarle del brazo para proseguir la pantomima.
—Vamos a tantear cuántos amigos y enemigos tenemos en este escenario de espejos rotos, ¿te parece buena idea?
La idea le pareció tan retorcidamente justa, que solo pudo sonreír con malicia y aceptar.
Acudieron al cementerio, colocándose en la distancia.
—Veo a su primo con una señora bella y serena de la mano.
—¿A Mario o al huérfano?
—Use la lógica, don Lope, que ambos primos son huérfanos y al doliente no lo conozco, coño.
—¡Que me llames Lope, Libertad, cojones! —susurró.
—Oiga, ¡tienen entrelazados los dedos! —le tiró levemente de la manga.
Lope y Mauro dirigieron su mirada justo a la mano de Mario en la distancia y repararon en la cara de la mujer.
—Se presentó ayer como su madrastra, se llama Marta.
—¿Madrastra? Pues no los veo muy paternofiliales. —Libertad no pudo evitar sonreír.
—Nunca hubiera dicho que a Mario le gustasen las mujeres mayores. —No parecía que hubiera burla en su tono.
Libertad se jactó.
—¿Qué pasa? —Lope la miró con queja—. ¡No es una crítica, es una observación! ¡Me gusta verle enamorado y correspondido, aunque sea de su madrastra!
—No es usted el más apropiado para criticar la diferencia de edad.
—¿A qué te refieres? —Le había pillado descolocado.
—¿Le recuerdo que yo tengo treinta y cinco años y usted tiene veintinueve? ¡Soy seis años mayor!
Mauro se contuvo una risa que sonó a frenazo de moto.
—Eso es un zasca y no las pegatinas de los programas de la tele.
—¿Desde cuándo… lo sabes? —Lope se sonrojó por enésima vez.
Quiso jugar; no estaba dispuesta a admitir que era correspondido para que recayera en volver a llamarla como todos dieron por hecho por culpa de Damián.
—Creo que… desde que se acopló a mí, completamente borracho, como una lapa y en la boda de un amigo suyo donde yo servía los canapés borrachos de los que se quejó Mauro anoche.
—Cierto es que llamarlo lapa es más gráfico. —intervino el guardaespaldas—. Pero se aferró a tus costillas y movía la cabeza como un maldito gato.
—¡Joder, qué vergüenza! —se llevó las manos a la cara.
—Ya no es ningún problema —Libertad levantó el brazo por detrás y le acarició la cabeza con ternura como a un gato, jugando con él—, ¿verdad que no, lopecito mío?
Emitió un gruñido de placer que a Libertad le gustó demasiado, como si fuera el ronroneo de un gato, literalmente.
—¡Oh, por favor, iros a un hotel! —les frenó Mauro con un chascarrillo muy manido.
—¡El hotel! —se separaron como los soldados en instrucción, enderezándose en una postura rígida.
—¿Pero qué os pasa? ¡Parecéis dos adolescentes que no controlan sus hormonas! —se cruzó de brazos—. Hemos venido con una misión disfrazada de otra, ¿podemos hacer alguna de las dos, por favor?
—Buscar aliados o enemigos… —Entonó Libertad cuando él le volvió a ofrecer el brazo.
—…Y darles el pésame al huérfano y al viudo de la tía que no conocí. —Terminó Lope de decir cuando ella se agarró de su codo.
La gente se dispersaba y casi no llegaban a hablar con nadie.
Se acercaron a los dos únicos hombres que se les notaban realmente afectados, con la esperanza de que fueran quienes buscaban y acertaron de lleno.
Se esperaron a que Mario y Marta lo hicieran primero para acercarse.
—Lo siento mucho, soy Lope Estuardo Montenegro.
Libertad oteaba las caras de la gente y reconoció a varios niños que cuidó de joven en los adultos que acudían al entierro. Pero no vio a nadie de las empresas de catering para las que había trabajado anteriormente.
—Supongo que tú serás el hijo de la otra hermana de Irene. —Entonó el hombre mayor, alto, calvo y melancólico de cejas pobladas y voz suave—. Soy Jon, el viudo.
—Mi más sentido pésame. —Lope —desvió la mirada, buscando decir las palabras adecuadas, como siempre—. Vengo en nombre de Margarita Montenegro. —Se mordió el labio y tomó aire—. No quiero molestaros, pero no supe de la existencia de Irene hasta que mi madre me mostró la esquela en el periódico ayer mismo. —Se dirigió al más joven, que apenas habría pasado la veintena, pero que transmitía la misma sinceridad en sus ojos que él—. ¿Intentamos una toma de contacto, primo?
Le extendió la mano. Y el chico la estrechó.
—Me llamo Bruno, encantado de conocerte, primo.
Lope pudo hablarles del hotel por encima y les entregó una tarjeta a cada uno.
Volvieron al coche para regresar al hotel y retomar el ritmo frenético de una inauguración.
—La novia de tu primo, y que es la hija del viudo; a Sabrina la conozco.
—Interesante, ¿amiga o enemiga? —Lope se giró hacia ella con crecido interés.
—Era la única niña que cuidé sin que fuera un favor de Damián Nogales a sus chanchullos.
—¿Eso es bueno o malo?
—Neutro, la verdad. —Libertad miraba de frente, sin punto fijo—. Pero eso significa que yo he conocido a miembros de su familia, antes que usted.
Le miró con condescendencia, pero Lope se quedó blanco, cogió aire y, con la palabra en la boca, se giró hacia adelante.
—Eso ha sido un golpe bajo.
—No pretendía hacer daño con ello, pero sí que es una coincidencia bastante macabra; no lo negará.
—Es el adjetivo perfecto, Libertad. —Comentó Mauro mientras entraban en el aparcamiento del Phalaenopsis.




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