De Lilas y Aguamarina

40. Plato del día: Ensalada de rejos y rúcula con mayonori.

Llegaron a la cocina del restaurante y miraron la hora; eran las once y media.
Libertad tuvo que pedir ayuda a Mauro para que cargara con las enormes ollas de los tres platos que debían cocinarse despacio y encendió los fuegos correspondientes tras haberse puesto la chaquetilla de chef encima del vestido.
Lope se acercó a la puerta de emergencia y la abrió para que pasaran los pinches enviados por Fernando.
Cuatro chicas y dos chicos entraron a la cocina; alguna se quedó embobada mirando al jefe como una quinceañera. La mayoría se quedó impresionada por las dimensiones de la cocina; y un chico y una chica fliparon con el despliegue de bandejas repartidas por las mesas para cocinar.
—Presentaros. —Pidió Lope con cordialidad.
—Beatriz, camarera del Leontopodium.
—Estrella, lavaplatos del Lillium.
—Fabio, justo hoy iba a empezar a trabajar en el Heliconia, pero me han llamado para que viniera directamente aquí.
—Úrsula, he venido de nuevas.
—Cornelia, estoy en igualdad de condiciones.
—Osvaldo, lo mismo.
—Bien, pues yo soy Lope, el dueño y director del hotel Phalaenopsis. —Se tomó una pausa para acercarse a Libertad, que estaba de espaldas—. Ella es la chef del restaurante del hotel que va a poner al hotel en el mapa como uno de los mejores de Madrid.
Alguna de las incorporaciones a la plantilla se miraron entre ellas con estupefacción.
Lope puso su mano en el hombro de Libertad, con confianza.
—Tú decides, chef. —Le dijo con complicidad.
Se dio la vuelta tras bajar la intensidad del fuego de la olla y repasó a cada uno.
—Creo que vamos a dejar a los trasladados en sus puestos para tener algo de maniobra.
Beatriz se acercó a la puerta que daba a la sala y Estrella se fue directa al fregadero.
—¿Cuántos camareros vas a mandar a la sala? —se interesó el director.
—Probamos a separarlos por la mitad, aunque todo depende de cómo se nos dé el servicio. —Dio un repaso a todos, incluso a la que tenía detrás, en la puerta a la sala—. ¿Os parece bien?
Todos afirmaron y sonrieron; les gustó que ambos jefes supieran mandar con inteligencia y cooperación. Fabio y Cornelia se fueron con Beatriz, mientras Úrsula y Osvaldo dosificaban cada plato realizado en sus porciones correspondientes para las bandejas.
Estrella acabó organizando el orden de bandejas mejor que la propia Libertad, por dedicarse al cocinado.
Mauro pudo rescatarla justo cuando acababa de apagar el fuego de la fabada y el marmitaco.
—Libertad, el patriarca ya llegó y haces falta en la sala como anfitriona.
—¿Anfitriona, la chef? —preguntó Úrsula mientras sacaba las patatas suflé del aceite caliente.
—Tiene pinta de ser la novia del jefe, están muy compenetrados, por eso lo dirá. —Le contestó Osvaldo desde su sartén wok con el emperador al pimentón.
—¡No seáis marujas y a trabajar, cotillas! —les regañó Estrella desde la mesa de entregas.
Libertad sonrió con confianza a la supuesta lavaplatos y salió a la sala con la chaquetilla ya quitada.
—Mauro, dime, ¿dónde está Fernando Estuardo?
El guardaespaldas le señaló. Se acercaba con cara de pocos amigos a Lope, que tenía una copa en la mano.
Más le valía que fuese algún refresco, porque como llevara algo de alcohol, ¡le iba a tutear quien ella dijese!
Llegó al pie de su partner y le saludó con un beso en la mejilla. Se sorprendió y no lo supo disimular.
—¿Libertad?
—¡Claro! ¿Quién iba a ser si no? —se aferró de su brazo con supuesta fingida coquetería—. ¿Me los presentas?
—¿Eh? —reaccionó dos décimas de segundo tarde—. ¡Sí, claro! Son mis abuelos, Fernando Estuardo y Aurora Pardo.
—Disculpa, Libertad —habló el patriarca—, tu cara me resulta familiar, ¿puedo saber tu nombre completo?
—Sí, claro, por supuesto. Mi nombre es Libertad Nogales Herrero. ¿Eso le aclara algo, don Fernando?
—¿Eres tú la chica que se enfrentó a mi hijo hace tanto tiempo?
Dieciocho años y todo el mundo lo recordaba aún.
—¿A don Dionisio? —Sonrió con condescendencia—, vi una injusticia y actué, no tiene mérito ninguno. —Hizo el ademán con la mano para quitarle importancia.
—Me gusta que Lope tenga a su lado a alguien de tan férreos valores.
—¡Gracias, don Fernando!
Lope se apartó y la llevó consigo a un rincón algo apartado. Aunque no era capaz de mirarle a la cara.
—¿Me puedes explicar qué has hecho?
—Ser una buena acompañante, ¿no era eso lo que quería, jefe? —Intentó robarle la copa.
—¡Te has puesto zalamera, joder! —Estaba nervioso.
—¡Es lo que hacen las parejas, no diga tonterías! —Intentó de nuevo averiguar el contenido.
—Ibas de mi acompañante, no de mi novia. ¡Son dos cosas distintas!
Libertad palideció al mirarle a la cara. Estaba tan dolida que cualquier duda de sus sentimientos se disipó de un plumazo. Se cabreó mucho, quería llorar y no le iba a dar ese gusto.
—¡Traiga aquí, joder! —Le quitó la copa de un zarpazo y lo olió. Le miró confundida—. ¿Mosto?
—Intento cumplir el trato sin que los demás me juzguen —se encogió de hombros—, y era aparentar vino con mosto o sidra con zumo de manzana; las burbujas me ayudaron a escoger.
Libertad empezó a hiperventilar; quería besarlo y abofetearlo al mismo tiempo.
—Buena jugada, compañero. —Concluyó, aunque aún no entendía por qué no la miraba a la cara—. ¡Pero mírame a la cara cuando te hablo!
—No… no puedo.
Le entregó la copa y usó sus dos manos para sujetarle la cara.
—¿Qué cojones te pasa conmigo? ¡Desde esta madrugada estás muy errático y no quieres mirarme a la cara!
Le forzó. Él respondió cerrando con fuerza los ojos.
—¡No puedo mirarte a la cara, lo siento!
—¡Lope! —resopló sin soltarle—, como no abras los ojos, no te suelto.
Él obedeció con lentitud. Sus oscuras pupilas bajaron un momento y volvieron a enfrentarse a los ojos de Libertad.
—¿Dónde está la blusa? —preguntó, sorprendiéndola.
—En la puerta de la cocina, con la chaquetilla, ¿por?
—Es que me cuesta horrores contenerme si te miro la base del cuello. —Se bebió el mosto de un trago y dejó la copa sobre la bandeja que llevaba Fabio casi vacía—. ¡Hala, ya lo he dicho!
—Mira, Lope, si ese es el problema, me lo tapo y listo —se echó las manos al cuello y juntó los codos hasta dejarlos caer, cubriéndose como pudo—. Pero creo que hay algo que no me estás contando. Ya me puedes mirar, gírate.
Así hizo. Le temblaban las pupilas, y cada poro de su piel suplicaba clemencia.
—Perdona.
—¿Por qué?
—Por esto. —Se acercó a ella con una velocidad lo suficientemente lenta para que tuviera tiempo de apartarse y, en cambio, se dejó besar.
—Caray con el niño, ya se ha hecho mayor, ¿eh?
Se voltearon hacia la voz y reconocieron a Teodoro Janeiro.
—¿Algún problema? —Lope se giró por completo y se interpuso por delante de Libertad.
—¿Por eso no querías fugarte conmigo? ¡Ya tenías a este pimpollo! —Hipó.
—¡Lárgate de nuestro restaurante! —Intentó adelantarse Libertad, pero Lope no la dejó—. ¡Estás borracho!
—¡Lárgate, o llamo a Mauro!
—¡Eso, llama a tu guardaespaldas, niñato cobarde de mierda!
—¡Fui yo quien te puso el ojo morado, y Mauro me impidió que te pegara una paliza, no lo olvides!
—Lope.
—¿Libertad?
—Déjame esta a mí, se la debo.
—Todo tuyo, princesa. —Le cedió el paso.
Los tacones sonaban con estilo con cada uno de sus pasos mientras estiraba los dedos de la mano que tenía bajada. Antes del último, paso cerró el puño; y justo al llegar a Teodoro, le propinó un puñetazo en toda la barbilla desde abajo.
—¡Teatrillo, teatrillo! —Extendió sus brazos hacia Lope—. ¡Abrázame!
—¿Qué? —no entendía, pero obedeció de todas maneras—, ¡vale, vale!
—Te aviso de que voy a chillar. Tú solamente tienes que seguirme la corriente. —Se acurrucó en los brazos de Lope y comenzó a gritar—. ¡Descarado, malnacido, viejo verde! —Señalaba a Teodoro, tumbado en el suelo por su puñetazo—. ¡Me ha tocado el culo, aun estando con mi novio delante!
Lope la abrazó con fuerza; no iba a ocultar que lo que acababa de oír le gustaba demasiado. Se acercó a su oído para susurrarle:
—¿Has dicho novio?
—No te lo tengas tan creído; que aunque me gustes, el beso ha sido a traición, y eso no te lo perdono.




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