Solamente le había mirado el cuello y se había encendido como una moto. Quería besar a Libertad, pero por buscar las palabras adecuadas, su vista bajó de sus sutiles labios a su barbilla y de ahí fue al cuello.
No entendía si era por ella o por un extraño fetiche que acababa de descubrir. Pero había sido simplemente bajar la mirada un poco y entrar en combustión espontánea.
Si ella se tapara el cuello, creyó que sería suficiente para controlarse.
Un mensaje en su bolsillo trasero le trajo a la realidad, aunque aún tenía a la chef contra la pared y con bastante cara de desconcierto. La estaba asustando.
Relajó la postura para revisar el mensaje, justo para que Mauro apareciera por el ascensor y se avalanzara sobre él como un energúmeno.
—¿Pero qué hace, jefe? —Le tiró al suelo y le inmovilizó como pudo— ¡tranquilícese!
—¡Estoy tranquilo, Mauro, suéltame!
—¡Y una mierda, don Lope, se la comía con los ojos!
—¡Te digo que no es eso, joder!
—¡Pues yo creo que sí! —giró la cabeza, en dirección a Libertad—. Coge las cajas y vete a cambiar al baño de la zona de restaurante, por favor, doña Libertad Nogales.
Utilizar el tono serio para indicarla que debía obedecer fue un acierto por parte del guardaespaldas. Cuando Libertad se fue a la sala con las cajas y desapareció de su vista, Mauro aflojó.
—Su entrepierna le llevaba la contraria, jefe.
—No sé cómo, pero me he enamorado de ella.
—Bueno, yo creo que le gusta desde la boda de Evan; aquel día parecía usted un gato. —Le ayudó a levantarse del suelo—. Lo de ahora es lo que no entiendo, jefe; porque parece que se haya puesto un pantalón más pequeño, por decirlo finamente.
—¡A eso sí que he encontrado respuesta! —Cerró los ojos, resoplando—. Al mirarla la base del cuello, ha sido como un interruptor. ¡Pluf!
—¿Se cree usted un vampiro o algo parecido?
—¡Qué va!
—Pues ahora que lo sabe y es consciente de ello, lo que tiene que hacer es controlarse.
—Lo dices como si fuera fácil. ¿Acaso has visto el vestido que le he comprado? ¡No tiene ni tirantes! —se llevó las manos a la cabeza; acariciarse el pelo le solía tranquilizar.
—Va a llevar pareja al baile y no la va a poder mirar sin querer llevarla al granero. —Mauro intentó reírse de la situación.
—Joder, Mauro, no tiene maldita gracia. —Se cruzó de brazos—. Ella me gusta, en crudo y sin aliño.
—¡Con permiso! —sonó la voz de Libertad desde la puerta de separación.
Lope se giró, enderezándose. Mauro fue el primero en verla entrar a la cocina.
Un ligero vestido de mimosa de color coral, de corte asimétrico y figura lapicero con escote palabra de honor y hasta la rodilla.
Estaba que echaba humo.
—El vestido venía con una chaqueta pomposa de gasa; ¡y los zapatos no pueden ser más horteras, con tanto volantito!
—¿Te importa si te vemos con el conjunto completo? —suplicó Mauro.
—De acuerdo, al fin y al cabo me vais a dar la razón. —Se puso la blusa de organza rosa pastel con cuello de abanico y mangas obispo; y deslizó sus pies en los zapatos de pulsera y aguja del mismo color.
Lope pasó de comérsela con los ojos a ilusionarse por su belleza.
—¡Estás espectacular! —se sentía como un niño orgulloso de ganar el primer premio del concurso.
—Estás muy guapa, con o sin blusa, Libertad.
—Pues las mangas son como globos, y este cuello es agobiante para ser tan blandito; todo es muy engorroso; molesta por todos lados.
El móvil de Lope volvió a sonar.
—¡Será una broma!
—¿Sucede algo? —Libertad se acercó.
—¡Se me había pasado por completo, y mi madre tiene razón!
—¿A qué se refiere, jefe? —Mauro intentó asomarse al teléfono de Lope.
—El entierro de la tía Irene es hoy.
—Y como doña Margarita no se encuentra bien de salud para salir de casa, le ha pedido a usted que vaya, ¿cierto?
—Efectivamente. —Miró a una expectante Libertad—. ¿Te importa venir?
—¿Qué pinto yo en un entierro, y además, así vestida?
—¿Prefieres recibir así a los pinches? —Le mostró una sonrisa con algo de malicia—. Porque no pretenderás cambiarte de ropa cada media hora, ¿verdad?
—¡No me gusta parecer un mochi de fresa, joder!
—¿Y los ricos que están, qué? —Le ofreció su brazo para que se agarrara.
—Entre que parezco un pastelito de arroz con fresas —se acercó con lentitud—, y que antes me comía con los ojos, como ha dicho Mauro… ya le aviso que, como me pegue un mordisco, se gana usted un puñetazo de los que rompen dientes.
—Vamos a tardar poco, una hora a lo sumo. Estaremos aquí antes de las doce. ¿Verdad, Mauro?
—¡Sí, señor!
Mientras Lope se estiraba las mangas, Libertad volvió a mirar su reloj.
—Son casi las diez; decir que vamos justos de tiempo es quedarse cortos, don Lope.
Recogió su chaqueta y se la puso con irritación y presteza.
—¡Lope!, Libertad, ¡llámame solamente Lope!
—¡Tengo razón!
—¡Que sí, que vale! —Volvió a ofrecerle el brazo—. Vamos, damos el pésame y volvemos. ¿Contenta?
—Para nada. —Y aun así... —se agarró de su brazo. Deberíamos quedarnos aquí y terminar los platos que nos quedan.
Mauro, según los vio, se acercó al ascensor y la pareja le siguió.
—Van a venir seis pinches a las doce para ayudarte. —Lope llevó su otra mano sobre la que tenía agarrándole Libertad y consiguió entrelazar los dedos—, y estamos juntos en esto; así que quiero que me trates como a un igual, ¿entendido?
Entraron al elevador.
—Y lo dices como una orden; eso tiene mucha lógica. —Ironizó.
—Es la condición de Fernando; voy acompañado de una mujer o no tenemos ayuda en la cocina.
La puerta se abrió en el aparcamiento.
—Si me lo dices desde un principio, no me hubiera sentido como una marioneta.
Lope elevó el rostro con sorpresa, aun con los ojos clavados en los suyos.
—¿Salís? —les llamó la atención Mauro—, la puerta del ascensor ya ha abierto y debemos ir al coche.
—Perdona, Mauro. —Se disculparon al unísono, apartándose a un lado para dejarle pasar.
El guardaespaldas se adelantó al coche para abrirlo y montarse.
—¿Ves? —Lope se paró en mitad del aparcamiento—, a eso me refiero con lo de que no me llames don Lope. ¡A Mauro le tuteas! —se permitió una pausa—, ¡incluso a Teodoro, o el electricista!
Libertad miró al frente, echó un paso hacia el coche y Lope sintió que ella le dirigía.
—Puedo intentar hacer ese esfuerzo, pero no le va a salir gratis. —No le quiso mirar a la cara.
—¿Otro trueque? ¡Perfecto! —Sintió que sonreía—. ¿Qué quieres a cambio?
Llegaron al vehículo.
—Que dejes de beber hasta perder la memoria, eso es lo que quiero. —Se mostró seria, decidida, pero sobre todo, protectora—. Entonces, y solo entonces, podré tutearte como Lope, sin grados ni clases sociales. ¿Entendido?
Libertad le soltó del brazo y se sentó en el coche.
Lope hizo lo mismo; ya no tenía palabras para replicar.
Mauro esperó a que se abrocharan los cinturones para arrancar el coche y tomó rumbo al Paseo de la Castellana para acudir juntos al entierro de la tía recién descubierta de Lope.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026