La conversación se postergó hasta más allá de las dos y media de la madrugada, cuando sus cuerpos ya no se mantenían en pie.
Se acercaron hacia la puerta externa del restaurante, donde cada uno se fue despidiendo y entrando en su coche correspondiente. Todos menos Mario, Marta y la chica a la que llamaban Melisa.
Estaba metida a medias en su coche, pero aún asomaba por encima del techo de la carrocería.
—Mamá, creo que a papá le gustaría Mario.
Marta se sorprendió. Mario la apretó hacia él, y desvió la mirada, incómodo.
—Pues vale. —Espetó.
—¡Eso es bueno! —Marta le tomó de la cara y le besó—. ¡Me encanta tu ternura, aunque nunca te lo haya dicho!
Marta le volvió a besar, a lo que Melisa aplaudió.
—¡He sido testigo del primer beso de mamá y su novio, y Julián no me va a quitar ese puesto! —Se metió en su coche eléctrico y arrancó— ¡Toma ya!
Se fue hacia el Paseo de la Castellana rumbo al sur.
Marta rio, contagiándolos a Lope y Mauro. Libertad, con gesto irónico, se cruzó de brazos e ingresó al restaurante en primer lugar. Los demás la siguieron.
Revisó que las mesas se habían recogido adecuadamente.
—Libertad, ¿vienes? —la llamó Lope, sujetando la puerta del ascensor con cortesía.
Tomó su bolso, la blusa pomposa que ya no le desagradaba tanto y una pequeña bolsa con la chaquetilla sucia para lavar.
Se montó con ellos en el ascensor y, sin mediar palabra, se montó con Lope en el coche que conducía Mauro.
Libertad sintió cómo la adrenalina en su cuerpo desaparecía de sopetón.
—Me acabo de dar cuenta de que no he dormido desde el viernes. —Acertó a decir justo para dejarse vencer por el agotamiento.
—¿Libertad?, ¡Libertad! —escuchó de Lope antes de desplomarse en su regazo por el sueño.
Un pitido de alarma de móvil la sacó del trance y se incorporó con velocidad.
—¡Las diez! —exclamó mientras se restregaba los ojos con los puños.
Bostezó.
Se asustó cuando abrió los ojos.
—¿Qué hacen en mi casa? —Miró las paredes y donde estaba—. ¿Qué hacen en mi habitación?
—Caíste agotada sobre mí, en el coche. —Empezó Lope.
—Te trajimos hasta aquí; estábamos preocupados por ti —continuó Mauro.
Alternó su vista entre el joven y apuesto jefe sentado a los pies de su cama y el corpulento y tierno guardaespaldas que esperaba de pie junto a la puerta.
—¿Qué hacen… qué hacéis aquí?
Lope reparó en un detalle insignificante, se fue y trajo un plato con un sándwich con el relleno que ella le había enseñado a hacer.
—Lo preparé por si te despertabas con hambre.
El gesto le gustó demasiado y su estómago rugió. Aceptó el plato en silencio.
—Ahora que veo que estás en plenas facultades, puedo ir a sentarme un ratito en tu sofá, ¿vale? —Mauro elevó el tono, como si de repente se sintiera incómodo.
Libertad tenía mucha hambre, o quizás le encantaba el hecho de que lo hubiera realizado Lope sin más motivos que el de cuidarla; pero devoró el bocadillo de salmón, tártara y queso crema con un pepinillo como si le fuera la vida en ello.
—Anoche no me dio tiempo a probarlo. —Se excusó cuando lo terminó.
—Ayer no comiste nada en todo el día con tanto ajetreo, Libertad. —La miraba con tono paternalista.
—Ah, ¿sí? —Desvió la mirada, mintiendo—, no me había dado cuenta.
Lope se sentó un poco más cerca, hasta poder estar a su altura.
—Quiero cambiar el trato que hicimos, ¿te importa?
—¿Cuál?
—Yo prometí no beber hasta perder la memoria —la cogió de las manos—, pero tú desfalleces si te saltas una comida. —Había cariño en sus palabras—. ¿Lo enfocamos en cuidarnos el uno al otro?
Tomó aire y suspiró, cansada.
—¿Te crees un experto en nutrición por el hecho de que me haya zampado tu sándwich para desayunar?
Elevó su mano sin soltarla, mirando su reloj de pulsera, y soltó una carcajada de ternura.
—¿Desayunar? —le besó las manos—, ¡Son las dos del mediodía, princesa!
Libertad se las soltó, de mala gana.
—¿Pretendes que sea una princesa de verdad y por eso no puedo volver al trabajo?
—¡No te pongas tremendista, Libertad, y déjate cuidar un poco, joder! —Intentó apoyarla con una mano en el hombro, pero se la apartó.
—Solo los débiles se permiten flaquear.
—¿Y por eso tomas taurina, para parecer insondable?
El cuerpo respondió enderezándose; su boca soltó algo muy distinto.
—¡Me gusta su sabor!
Lope frunció el ceño y sus ojos negros empezaron a titilar por unas lágrimas que no quería soltar. Solo supo abalanzarse para abrazarla.
—Admito que intentaba evadirme de mi falsa vida familiar bebiendo hasta no recordar después lo que hacía borracho. —Hipaba levemente al aguantarse las lágrimas—. Pero tú has construido un muro helado a tu alrededor con tu actitud de vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir.
—No me conoces tan bien como crees y estás empeñado en salvar a la niñera que te salvó con once años para cerrar el círculo.
—¡Mentira! —la apretó, rompiendo a llorar—. Si así fuera, me hubiera bastado con haberte dejado darle esa paliza que tantas ganas le tenías a tu padre el otro día. —Metió la cara en su cabello—. Y sin embargo, cuanto más te conozco, más deseo conocerte.
—Sobre la niñera de la que te enamoraste de pequeño. —Replicó ella, con resentimiento.
—¡Estoy intentando declararme en serio, coño, al menos podrías escuchar!
—¿No quieres saber por qué lo sé? —No quería sentirse más tiempo expuesta y jugó la última baza que le quedaba.
Lope aflojó y se fue apartando muy lentamente.
—Lo habré dicho en algún momento que no me acuerdo.
—Exacto, estabas ebrio. —Libertad —desvío la mirada, avergonzada pero decidida—. Me revelaste muchas cosas, Lope; como por ejemplo, quién es tu verdadero padre.
Él se separó rápidamente con un movimiento que usó para ponerse en pie.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde que tú mismo lo dijiste durmiendo sobre mi regazo en tu coche.
Notó que su vista empezaba a vidriarse y eso la enfadó.
Lope actuó distinto al verla contener las lágrimas como él había intentado hacer antes y se puso a deambular por la habitación, moviendo sus manos frenéticamente por su pelo, hasta que una idea apareció en su mente.
—¿Y aun así, pese a saberlo, seguiste a mi lado?
Eso la desconcertó y pudo enjugarse las lágrimas.
—¡Siempre cumplo con mi trabajo! —espetó.
—¡Y es lo que te ha llevado aquí! —Parecía Arquímedes al salir del baño— ¡Lo que nos ha llevado a esto!
—¡No te sigo, principito! —Se sintió algo molesta, pero ya podía actuar con normalidad, aunque tuviera los ojos llorosos.
—¡Te adoro, mi dulce libertad! —Se acercó a ella, le sujetó la cara con las manos y le plantó un beso—, me has dado la idea para demostrarte que para mí eres Libertad y no Lilith. —Sonreía mientras se alejaba caminando de espaldas—. ¡Y si me dejas de tutear por ello, es un precio que estoy dispuesto a pagar!
Desapareció por la puerta, y Libertad intentó seguirle.
—Mauro, ¿nos vamos? —le oyó decir.
—Pensé que al fin podrían intimar sin tantas interrupciones, ¡pero me equivoqué! —comentó la voz de Mauro.
—¡Joder, mira que eres inoportuno con la crudeza de tus insinuaciones, grandullón! —Había sorpresa, vergüenza y complicidad en las palabras de Lope.
Apareció por la puerta, justo cuando la Libertad alcanzó. Casi se chocan y, sin embargo, se llegaron a encontrar a menos de diez centímetros el uno del otro.
—¡Otro trueque, me llevo tus llaves a cambio de mi móvil!, para que no quieras correr tras de mí y convencerte de que voy a volver inmediatamente. —Le plantó otro beso y se fue.
—¡Pero bueno! ¿Pues no me ha raptado en mi propia casa y encima se larga?
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Editado: 09.04.2026