Libertad caminó hasta el salón. En la mesilla de café estaban los tres móviles. Mauro también se había dejado el suyo.
Pensó en llamar a la policía, pero tenía la certeza de que regresarían antes.
Se miró ante el espejo de la pared y se dio cuenta de que aún llevaba el vestido de cóctel puesto. Se acercó y vio unas enormes ojeras maquilladas y corridas en su reflejo.
—No pensé que se me notaría tanto el hecho de no dormir una noche. —Acercó su cara al espejo y se tocó las mejillas. No le gustó lo que vio—. Ya no tengo veinte años para que pueda estar toda una noche sin dormir y al día siguiente estar como una rosa.
Volvió a observar los móviles sobre la mesa y se le ocurrió la brillante idea de apuntar en sus contactos a los Estuardo por si conseguían su número. Pero era una idea tan descabellada como estúpida.
Justo en ese momento, aparece en el móvil de Lope una llamada entrante de “mamá”.
—¡Joder, qué susto! —lo leyó otra vez, por si lo había entendido mal—. ¿Qué hago, lo cojo o no lo cojo? —Miró hacia la puerta y se cabreó—. ¡Pero qué cojones dudo, si me han dejado encerrada en mi propia casa!
Deslizó el dedo.
—Hijo, ¿dónde estás? —la voz de doña Margarita era aflautada y melodiosa, pero con una dejadez que le daba más años de los que tenía.
—¿Señora? —Libertad se tapó la boca en cuanto lo soltó.
—Tú no eres mi hijo, ¿qué haces con su teléfono?
—Él y Mauro han dejado los móviles en mi casa y se han llevado mis llaves. —Consideró que la verdad era menos creíble que cualquier mentira.
—No me lo esperaba de Mauro. —Se tomó un segundo para cambiar de tema y que Libertad asimilara lo que eso significaba—. Creo que tu voz me suena de algo. ¿Cómo te llamas?
—Libertad Nogales, doña Margarita, la chica que cargaba la semana pasada a su hijo por su casa.
—¿Eres la niña Nogales Herrero que defendió a Lope hace dieciocho años?
Dudó si afirmar o desmentir esa afirmación. No sabía si esa mujer iba a estar de parte de su hijo o de parte de su marido.
—Discúlpeme si le parezco grosera porque no es mi intención, pero… ¿Acaso eso importa?
—Era amiga de Lilith, quisiera hablarte de ella.
—¿No querrá decir Yolanda?
—¡Esa mujer, no quiero ni nombrarla, es una furcia que destrozó un matrimonio por dinero!
Libertad desbloqueó su teléfono y copió el número en su agenda.
—Pues no es que fuera cariñosa, pero me dio más afecto que Damián.
—¡Ay, guapa, si supieras la cantidad de veces que me acordé de ti desde que naciste!
—Eso me reconforta; gracias, doña Margarita.
—Cuando Damián te registró bajo el nombre que siempre quiso tu madre, pensé que te trataría bien, pero estaba equivocada.
—¿Entonces ese nombre sí que fue escogido? Pensé que había sido una rabieta de Damián por enfrentarse a los Herrero y que quiso ignorar su propio acto de humanidad.
Sonaron las llaves de la puerta.
—Lope ya está entrando, y espero que use mis llaves y no una copia que se haya hecho en un zapatero.
—Libertad, ¿hablas sola?
—A menudo, pero ahora es con tu madre.
—¿Mi madre?
—Buenos días, Lope. —Sonó por el altavoz.
Lope le devolvió las llaves a Libertad y cogió el teléfono de la mesa, quitando el altavoz.
—¿Ha pasado algo? —escuchó a su madre y prosiguió— ¿Crees que me he ido de borrachera?
Libertad se sentó en el sofá, y les invitó a que ellos hicieran lo mismo.
—He estado todo el tiempo con ella, mamá. —Lope seguía con su madre al teléfono, pero se sentó junto a Libertad—. ¡Estaba dormida, por favor! ¿Qué, en serio? —le pasó el móvil a la chef—. Quiere hablar contigo.
Lo cogió con cuidado de sus manos.
—Dígame, doña Margarita. ¿Quiere algo más?
—Dile a mi hijo que te traiga a la mansión. Quiero darte un par de cosas.
La llamada se cortó.
Libertad bajaba lentamente la mano. Miraba a un punto fijo, como hipnotizada.
—Me ha pedido que te diga que me lleves a tu casa. —Parpadeó y pudo girarse hacia Lope—. Ha dicho que me tiene que dar algo.
—La última vez que fuiste, don Dionisio te amenazó. —Le recordó el guardaespaldas.
Lope se puso en pie, en guardia.
—¿Cuándo ha pasado eso?
—¡En una de sus noches toledanas, jefe!
—Ignoré las amenazas de Dionisio y llamó a Damián para que regresara. Neko fue envenenado; yo creí que había sido uno, pero en realidad fue el otro. Y para colmo, el tercero me tuvo engañada como alguien ajeno a la trama y resulta que era el sicario más incompetente de la maldita tríada.
Libertad soltó la retahíla del tirón.
—¡Sólo me quejé de unos adultos que se gritaban sin tener en cuenta a los menores que tenían delante, joder! ¡Fui mucho más coherente que todos ellos, coño!
—Es mediodía y Dionisio estará en el Hotel Heliconia Estuardo, así que no tiene manera de verte. —Informó Lope.
—De acuerdo, me cambio y vuelvo enseguida.
Se dirigió hacia su habitación. Él intentó seguirla y Mauro le agarró del cuello de la chaqueta, haciéndole dar un frenazo.
Libertad escogió un traje de chaqueta de color crema y una camisa negra que parecían sacados de una película de mafiosos o un vídeo de Michael Jackson. Se puso sus tacones negros y estuvo tentada de coger su sombrero Fedora, a juego con el traje. Se recogió el cabello en una tensa cola de caballo baja, y acudió al comedor, donde la esperaban su joven y apuesto Don Quijote y su familiar y enorme Sancho Panza.
—Estás distinta; así no solo vistes, impones. —Comentó Mauro.
Lope estaba boquiabierto y sin palabras. Le costó articular sonido alguno.
Cogieron todos sus bártulos, incluyendo sus teléfonos y la bolsa con lo que habían comprado.
Los primeros en salir fueron ellos, y Libertad cogió su fedora y se la puso para terminar saliendo y cerrando.
Mientras esperaban esos dos minutos a que llegara el ascensor, un movimiento de Lope de timidez involuntaria la hizo percatarse de la bolsa de papel en su mano.
—¿Qué has comprado?
Prefirió contestar con la premisa de su plan.
—Los borrachos y los niños dicen siempre la verdad.
El ascensor se abrió.
—¿Será una broma? —Se quedó plantada un momento, indignada por la idea del rubio—. ¿Vas a poner en juego tu salud por mí?
El ascensor cerró con los tres dentro.
—¿No has dicho que me expuse ebrio ante ti?
—Eh… sí, pero estamos hablando de la salud de un ser humano, ¡no se debe olvidar uno de ello!
El elevador llegó al portal y abrió.
Miró a Mauro.
—¿Y tú cómo le dejas que lo haga?
—Yo le advertí que te enfadarías, pero es que, al fin y al cabo, sigue siendo mi jefe. —Se quejó el guardaespaldas.
Salieron del edificio.
—Pero ¿por qué ha de hacerlo por mí? ¡Es su salud la que está en juego!
—¿Aún no lo entiendes? —Lope se mostraba decidido en sus convicciones.
Llegaron al coche y entraron. Él prosiguió.
—Quieres que te demuestre que la que me interesa eres tú y no la proyección de la niñera de mis recuerdos.
Libertad sentía que debía escuchar sus argumentos. Y, aunque callada, no estaba tan enfadada como sí que se sentía frustrada ante su propia percepción de los acontecimientos.
—¿Y no lo puedes hacer de otra manera? —Intentó tirar por la ironía, pero se sentía tan desarmada que ni ella conseguía convencerse.
Él resopló con indignación.
—Eres sarcástica, hiriente, emocional aunque lo intentes disimular; luego vas de pragmática, pero eres la primera que demuestra genuina preocupación desinteresada por los demás.
—¡Yo no…!
—¡Déjame terminar de decir lo que quiero decir, cojones! —Se le veía muy enfadado—. ¡A lo que voy es que quieres distanciarte de aquella Lilith que, aun con unos valores tan férreos, se sentía usada como la herramienta de Damián Nogales!
Ella respondió cruzándose de brazos. Él prosiguió.
—¡Tú sigues siendo la misma, sí, igual que yo! —La miraba con intensidad desde sus pupilas negras titilantes—. ¡Pero Lilith no me irrita, no me contradice, no me provoca, no me pica! —Tomó aire—. ¡Y qué leches, Lilith no me pone como una moto; eres tú!
Eso último la descolocó.
—¿Moto?
—¡Sí, moto! ¡Solo Libertad Nogales Herrero me acelera el pulso hasta conseguir que se me salga el corazón del pecho! ¿Quieres que cuide mi salud? ¡Pero si me pones taquicárdico, joder!
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026