Lope miró la bolsa con las tres botellas en sus manos. Sabía que tres botellas de alcohol para un hombre solo era demasiada cantidad. Pero no pretendía acabarlas; era la combinación de whisky, vino y cerveza la que le hacía perder la noción del espacio de la manera más rápida. De uno en uno, sin mezclar y de más a menos.
Miró a Libertad, sentada junto a él, en los asientos traseros de su Mercedes y rumbo a su casa. Se la veía más ofuscada que enfadada, pero no le miraba.
Lo había soltado todo. Quizás no hacía falta emborracharse para que ella le creyera. A fin de cuentas, era un trato con el que estaba a gusto por cumplirlo. No quería beber tanto hasta que luego no recordara nada de lo que hizo exactamente.
Había intentado hacer ejercicios de memoria las primeras veces que le ocurrió y no sacó nada en claro. Aunque gracias a ella, se ha dado cuenta de que borracho sí que se acuerda de todo lo que ha hecho durante toda su vida.
La volvió a mirar y esta vez sí que cruzaron las miradas.
—Ya hemos llegado, señor. —Entonó Mauro con gravedad en su voz.
Ambos, atrás, se pusieron alerta.
—¿Qué pasa?
—Dionisio. —Respuesta breve que decía todo.
—Me pongo las gafas; un momento. —Libertad así lo hizo.
Mauro salió del coche y tecleó el código de la puerta.
—Así estás más “handsome girl”. —Lope intentó que fuera un halago y no un piropo, pero sonó a descripción si lo comparaba con la retahíla que había soltado antes.
El guardaespaldas entró en el coche y volvió a arrancar. Estaba cansado.
—Te vales de que mis gustos en cultura sean tan aleatorios que te lo haya entendido a la primera; friki del anime. —Libertad le echó una mirada de superioridad acompañada de media sonrisa de complicidad a Lope—. Gafas falsas a lo Superman, ¿una última escena para rematar?
—¿Qué propones?
—No parezco tu chef, ni tu Gal. Que son como me ha podido ver hasta ahora.
—Una capó francesa, sí.
—No sé francés; y una cosa es actuar para quitar moscones, y otra muy distinta, forzar un acento y un personaje del que no tengo ni idea.
—¿No venías a ver a doña Margarita? —le recordó Mauro—. ¿No puedes usar eso?
—¿Pero vosotros os creéis que entiendo de psicología, o qué?
—No, con que parezca que eres alguna empresaria de algo aleatorio valdrá para que Dionisio no quiera estar presente.
—Estoy pensando en otra cosa mucho más fina e hiriente. —La cara de Libertad se volvió perversa y parecía una maquiavélica mafiosa de cómic. —¿Acaso no te he acompañado al entierro de tu tía Irene y el propio Mario ha dicho que Marcela falleció hace tres años?
—Las tías a las que no conocí; ¿quieres usarlas como excusa, porque eran hermanas de mi madre?
—Eso es. —Su sonrisa era de satisfacción.
—¿La testaferro de los Montenegro? —Le pareció sutil y poético usar una herencia ficticia para infiltrarse en la casa de alguien que solo pensaba en menospreciar a la competencia de la herencia que creía suya.
Llegaron al aparcamiento habitual para el coche que había en la casa. Se bajaron y Lope le indicó la casa grande para empezar con buen pie.
Entraron por la puerta principal, que daba a un recibidor enorme con escaleras curvas para subir a las habitaciones.
Se cruzaron con Dionisio, que se dirigía a la cocina, y que no les prestó mucha atención.
Ya arriba, en el pasillo de las habitaciones, Libertad miró un momento hacia atrás.
—Pensé que tendría que usar mis credenciales. —bromeó.
Lope se acercó a ella.
—Hay empleados que están de parte de Dionisio, no te confíes. —Le susurró Lope y se separó para señalar una habitación—. Aquí está la mujer a quien busca, señora Herrero.
Abrió la puerta de la habitación de Margarita y Libertad pasó.
—¿Doña Margarita?
Miró a su hijo, sosteniendo la puerta al cerrarla.
—Lope, pasa tú también.
Lo hizo y cerró la habitación. Mauro se quedó fuera, de pie vigilando desde el pasillo la puerta.
Dentro, él se sentó en la cama y Libertad se acercó a Margarita, que le mostraba un par de fotos y una hoja oficial en sus manos.
—¿Esto qué es, doña Margarita?
—Te contaron una verdad a medias, muchacha.
Libertad tomó las fotos y la hoja. Esta última se la pasó a Lope, que la leyó:
—Libertad Nogales Herrero, nacida el nueve de mayo de… ¿Por qué tienes su partida de nacimiento tú, mamá?
—Porque Damián se quiso deshacer de ella. ¿No es lógico?
Libertad se sentó junto a Lope; observaba las dos fotos. En ambas había una mujer sujetando un bebé. En una estaba junto a una pareja mayor con el cabello caoba canoso y en la otra con una versión más joven de Margarita.
—¿Eras amiga de la madre de Libertad?
Margarita afirmó en silencio.
—Yolanda me contó que Lilith falleció cuando yo nací, que Damián no era capaz de ser padre porque me echaba la culpa.
—¡Esa fresca le sedujo por el dinero que creía que tenía! ¡Damián Nogales solo era un intermediario de Dionisio!
—¡Entonces alguien me quiso de manera genuina! —Libertad derribó sus muros desde el interior, rompiendo a llorar.
Lope no podía hacer otra cosa por ella más que sostenerla en ese momento; soltó la hoja oficial, que cayó al suelo, y la abrazó para consolarla.
—El parto la agotó y falleció horas más tarde; eso es cierto. Pero se fue en paz porque te pudo conocer. —Margarita les dio la espalda, para abrir un pequeño cajoncito, a un lado del espejo—. Guardé esto que me regaló tu madre y quiero que te lo quedes.
Libertad se separó un poco de Lope y atendió de nuevo a Margarita.
—¿Qué es?
—Una pulsera de oro blanco con tres aguamarinas; me dijo que era un tesoro de los Herrero, aunque nunca me lo tomé en serio porque nunca me lo reclamaron.
Margarita le entregó un saquito de organza celeste con una pulsera en su interior. Libertad lo abrió y la examinó.
Una fina cadena blanca con tres piedras brillantes y cristalinas de color azul muy claro. La piedra central era algo más grande y cristalina que las otras dos. En conjunto hacían una pulsera delicada e imponente; representaba la elegancia del hielo.
Lope le pidió permiso y se la puso.
—Este azul cuadra más contigo, princesa. —Le dijo al sonreír.
—A ti te sobra tanto morado. —Le respondió Libertad con ligereza, apartando su corbata violeta hacia un lado y tocando la camisa lila que había debajo—. Esto solo ya te basta.
—Vale. —Rio.
—Libertad —la llamó de nuevo Margarita—, llévate tu partida de nacimiento y las fotos; te harán falta.
—¿Qué, por qué? —se la notó algo preocupada en brazos de Lope.
—Aún te tienes que enfrentar a los Herrero y esas cosas las necesitarás. —Se giró hacia su hijo—. Me alegra ver que Dionisio no ha conseguido salirse con la suya.
—No entenderé nunca el motivo de que sigas con él.
—Tú mismo lo dijiste, Lope, es mejor ignorarle que odiarle; aunque yo aún le ame. —Se acercó a ellos para darles un beso en la frente a cada uno—. Pero esa es mi penitencia, no la vuestra. —Apoyando sus manos en ellos, les indicó que se levantaran—. Ahora, idos.
Libertad se colocó el sombrero y metió las cosas en su bolso.
—Gracias, Margarita.
—A ti Si el otro día te hubiera reconocido bien, te lo hubiera dado entonces.
Caminaron hacia la puerta, abriéndola. En el pasillo les esperaba Mauro apoyado en la barandilla.
—¿Todo bien? —Mauro miró a Margarita por encima de la pareja—. ¡Doña Margarita!
Mauro los atropelló para correr con ella, mientras ellos se giraban para ver cómo la anciana se acercaba un minúsculo frasquito a la boca.
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Editado: 09.04.2026