De Lilas y Aguamarina

45. Plato del día: Ajo blanco con dulce California.

El pequeño discurso de Margarita le había sonado a despedida; pero como su hijo no reaccionó de manera que indicara lo contrario, Libertad dio por hecho que Margarita actuaba habitualmente así.
Pero la estampida de Mauro los alarmó a los dos.
—¿Qué era eso, doña Margarita? —le acusó el guardaespaldas.
—Mi jarabe para la tos, ¡metomentodo!
El hombre se enderezó y salió de la habitación con urgencia.
Lope miró con severidad a su madre.
—Tienes bien la voz y nunca te has resfriado para que te tengas que tomar jarabe ahora, mamá, ¿qué era eso?
Libertad reparó en el vaso de tamaño de chupito que la mujer acababa de vaciar en su boca.
—Unos linimentos para aliviar los dolores del alma. ¡Ahora, llama a tu padre!
—¿Para qué? —le exigió su hijo.
—¡Que le llames, te digo!
Los tres en pie se miraron, sin saber qué hacer.
—Voy yo. —Se ofreció Mauro—. Fue a la cocina, ¿verdad?
Y corrió para traer al marido. Libertad intentaba procesar la escena como una de esas espectadoras privilegiadas que los actores invitan a escena, pero había datos que se le escapaban y, por primera vez en su vida, deseó no estar presente.
—Quiero dejarle las cosas bien claras a ese encantador de serpientes que es Dionisio; ahora que sé que se está quedando sin secuaces gracias a la única persona a la que no intimidó.
Lope miró a Libertad, que se enderezó, pero negó con la cabeza. ¿Quién había eliminado a esos secuaces? Ella sola no fue.
—Ella también, pero me refiero a ti, hijo mío. —El tiempo apremiaba y Mauro iba a traer a Dionisio de un momento a otro—. Ella fue tu impulso hace dieciocho años, pero ahora veo que ha regresado para ser tu combustible. —La paz de su rostro denotaba la tranquilidad de quien sabía que dejaba el mejor legado posible—. Veo que vuestra meta unida es sólida como una roca; solo os pido, cuando consigáis vuestro objetivo, que os acordéis de vuestras madres. —Oyeron unos pasos rápidos acercarse por el pasillo—. Ahora necesito que os quedéis en la puerta y que Dionisio no la reconozca. ¡Vamos!
Libertad dio un paso atrás, colocándose detrás de Lope, y se irguió con el papel aprendido.
Dionisio Estuardo irrumpió como un huracán hasta el pie de la cama donde yacía su mujer.
—¿Qué pasa, Marga, te encuentras bien? —Casi parecía humilde con su preocupación.
—No pasa nada, ha llegado el momento de ser ese último naipe en caer. Mi moral ha sido lo suficientemente paciente para ser la última pieza. Solo que al final me he atrevido a llevar a cabo mi amenaza de estos últimos años.
La cara de Dionisio era de puro pavor. La levantó y la abrazó, aferrándose a ella.
—¡No, tú no! ¡Tú también, no!
—¿También? —Se le escapó a Lope.
Dionisio contuvo el aliento, la soltó y se abalanzó sobre Lope.
—¡Has hecho que se suicide tu madre!
Mauro se interpuso, haciendo su trabajo de guardaespaldas.
—¡Dionisio! —le llamó doña Margarita a su vera—. ¡Mi hijo no ha hecho nada, está tan sorprendido como tú!
—¡Lope…! —Dionisio parecía un lobo encolerizado, gruñendo a su presa.
Siguió su brazo con la vista y reparó en que le daba la mano a una mujer.
Libertad se sintió observada, pero su desconcierto ante la situación no le restó el orgullo que siempre tuvo por saber que hacía lo correcto. Y la pulsera en su muñeca le recordó el valor que había ignorado por un momento.
—Buenas tardes, Dionisio. —No pensaba esconderse, iba a dejar de huir.
—¡Lilith Nogales! —Quiso atacarla, pero Mauro seguía sujetándole—. ¡Has sido tú quien la ha llevado a esto, sucia bastarda para nada!
—Ese nombre es solo el que Damián te dijo que tenía, pero la auténtica Lilith falleció hace treinta y cinco años.
—¡Puta egocéntrica, devuélveme a mi mujer!
—Para reclamar a mi madre como tuya, ¡no deberías haber dejado que Fernando hiciera lo que hizo! —intervino Lope—. Porque para llorarle, ¡bien que estás acusando a los demás para dejarla de lado!
Margarita tosió, llamando la atención de todos en la habitación.
—Me quedan suficientes fuerzas para amenazarte, Dionisio Estuardo.
El hombre se giró y corrió hacia ella.
—¿Qué has hecho?
—Obligarte a jugar limpio.
Estaba a su altura, sentado en la cama en la que ella reposaba su último aliento. Pero Dionisio no se atrevió a abrazarla esta vez.
—No te entiendo. —Le dijo.
Margarita volvió a toser.
—Ya no tienes a Damián ni a Teodoro para hacer tus trabajos sucios, y yo estoy a punto de dejarte también. —La voz cada vez era más débil—. A partir de ahora dejarás de competir con Lope por el afecto de Fernando, porque a ojos de los demás es tu hijo, ¡gilipollas!
Libertad sintió que, por fin, entendía la intención de la mujer que le había entregado su último reconocimiento. Ella no habría hecho lo mismo, de eso estaba segura; pero supo que esa señora se sentía como la artífice de un último movimiento de justicia hacia Lope y hacia su amiga Lilith, y por lo tanto, también hacia ella.
Dionisio desvió su vista un momento, reparando de nuevo en Lope, al que mostró solo cara de póker, para volver hacia ella.
—Lo tengo claro. —Dionisio se acercó a Margarita a la cara, pegó la frente a la suya e inspiró profundamente—. Lo siento.
Margarita sonrió en paz al entregarle a su amado Dionisio su último aliento.
El hombre, a cambio, se permitió derramar alguna lágrima.
Todo quedó en silencio; uno incómodo, de los que has de digerir para asimilar lo ocurrido. Y aun así, nadie lo rompió por respeto a la mujer.
Dionisio tardó en girarse hacia Lope; ya no había rencor, dolor o ira, pero tampoco había comprensión, perdón o afecto; era indiferencia. Al fin estaba igualada la balanza.
—El último deseo de tu madre fue que jugara limpio. —Se levantó del lecho de Margarita—. No competiré contigo porque se lo prometí; pero no esperes afecto por mi parte.
Lope consiguió erguirse, pero dio un paso atrás, pegándose a Libertad, a la que cogió de la mano.
—Se acabó el mantener tus caprichos de niño mimado. —Siguió caminando hacia ellos, intentando intimidarlos con su cara inexpresiva—. Si quieres ganarte el derecho a heredar la empresa, deberás llevar el Phalaenopsis a lo más alto sin ayuda de nuestro padre.
Lope se tensó; era la primera vez que Dionisio admitía la auténtica consanguinidad que los unía.
—Ya contaba con eso, hermano. —Lope respondió en igualdad de términos. Libertad le notó más nervioso de lo habitual cuando le apretó la mano. Y sin embargo, prefirió plantarle cara y dejarlo claro—. Nunca competí, solo quiero seguir mis propios pasos.
Dionisio miró cara a cara a Lope y su vista se desvió hacia Libertad, que se sentía contrariada por su nueva actitud.
—Y tú —la miraba directamente a ella—, solo espero que tengas la mitad de agallas que tuviste de niña para no atreverte a dejarle tirado.
Una sonrisa de desdén la descolocó como espectadora. ¿A ella sí le dedicaba un gesto facial? No tenía sentido. Pero pensó que si Lope podía exponer sus sentimientos, ella también debía mostrar sus razones y no solo su orgullo atacando.
—Mis costillas hace dieciocho años o mi gato envenenado con mercurio la semana pasada, dicen lo contrario. —Le miró de barrido, consideró que el hombre debía de saberlo, aunque después no se arrepintiera.
Con lo del gato, Dionisio pareció descolocarse un poco. Momento que usó Lope para interrumpir.
—Me largaré de esta casa, ya no me queda nada ni nadie aquí. Y si de verdad vas a enmendar tus errores, dejarás que me emancipe y no me pondrás más la zancadilla. ¿Conforme?
—Conforme.




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