No los siguió, ni siquiera con la mirada. Dionisio volvió con Margarita y llamó a emergencias.
Lope no soltó la mano de Libertad cuando caminó hacia su habitación. Mauro los siguió.
—Si no te hubiese traído, aún seguiría viva, ¿verdad? —masculló apesadumbrado hasta llegar a su puerta. Eras el último cabo suelto para poder hacer justicia.
Libertad acercó su segunda mano a la que sostenían juntos.
—¿Me estás echando la culpa de las decisiones de tu madre? —La notó un profundo dolor en su reproche. Seguramente no se esperaba que él dijera eso en ese preciso momento.
A ti no, eres quien menos culpa tiene de la precipitación de los acontecimientos. Me echo a mí mismo la culpa por traerte.
—Tengo una oferta. Lo puedes llamar trueque si quieres. —Intentó sonreír y no le salió muy bien—. Vivo de alquiler, y ya sé que no es algo habitual en mí, pero si no quieres vivir ya aquí, como has dicho, te ofrezco vivir conmigo hasta que consigas algo mejor. La sintió terriblemente protectora, pero no defensora; estaba maternalista.
—¿Tanta pena te doy? —Sintió que debía mostrarle lo alienado que sonó eso de sus labios.
—¡No, en absoluto! —Le debió observar su cara y adivinó lo que intentaba, sonrió y tiró de ironía—. ¡Solo sabes provocarme lástima, idiota! —Su dulce reproche de entrega, mostrado con sarcasmo, intentaba reprimir las lágrimas que transformaban sus ojos en auténticos cristales duralex de color caramelo.
Abrió la puerta y tiró de ella, cerrándola después y dejando a Mauro en el pasillo.
—¡Cásate conmigo! —improvisó, nervioso.
Libertad, lejos de soltarle, simplemente se apartó un poco. Su cara había pasado de sentir empatía a desconcierto.
—¡Alto ahí, Lope! ¿Se te han cruzado los cables o algo por el estilo? —Le apretó la mano, irritada.
—Joder, Libertad, yo no te digo ahora. Me refiero a que, si lo haces, que sea conmigo.
Ella abrió mucho los ojos, alzando una ceja por encima de la otra.
—Casi prefiero que me lo hubieses preguntado —dio un zapatazo, irguiéndose como un soldado—, ahora no sé si sentirme ofendida o halagada.
—Me has ofrecido tu casa para vivir juntos, ¿Y te extraña lo que he dicho yo? —Intentó explicarse.
—¡Yo lo he ofrecido como solución a tu situación! —Ella también.
—Y ya te digo que no creo que se lleven tanta diferencia. ¿Te crees en serio que convivir no es más importante que comprometerse? —Lope también llevó su segunda mano a las otras tres—. Yo solo le he puesto nombre, Libertad.
—¡Pues no ha sonado así! —Enseñaba los dientes de la frustración—. Parecía que te estuvieses ofreciendo como última opción —tiró de él—. ¡Ya te vale, Lope, joder!
—¿Y ahora qué pasa? —Se sintió algo contrariado—, porque te noto bajar la guardia y me estás asustando.
Libertad desvió la mirada y reparó en la caja de cartón de los gatos y un transportín vacío al lado.
—Has visto mis luces y mis sombras, ¿tanto te extraña? —expuso—. Aunque si lo pregonas por ahí, lo negaré en rotundo.
—Eso es más de tu estilo. —Suspiró tranquilo.
Un repiqueteo en la puerta les robó la magia del momento.
—¡Don Fernando! —¿Dónde va a estas horas? —Sonó Mauro desde detrás de la puerta.
Un murmullo indefinible le respondió.
—¡Se va, vamos! —Lope se apresuró en coger los gatitos y darle el blanco a Libertad—. Por cierto, Shiro es macho y Kuro es hembra. Agarró de la mano a Libertad y tiró de ella.
—¡Lope, explícate o me sueltas! —Ella se frenó en seco y se soltó.
—¡Fíate de mí, mujer! —intentó volverla a agarrar de la mano—, ¡solo hay que hablar con Fernando!
—Puedo ir sin que tires de mí, ¿sabes? —Su expresión de obviedad saltaba a la vista y, aun así, dio un paso hacia él—. Ya hablamos en el restaurante ayer.
Kuro apoyó sus patitas delanteras sobre el pecho de Lope y maulló. Parecía meter prisa.
Sabes mis intenciones con el Phalaenopsis; has visto como yo la rendición de Dionisio; el siguiente paso es el compromiso ante el supuesto jefe del clan.
—¿Y va a ver bien que yo esté en tu casa? —Libertad aún desconfiaba, pero por un nuevo sentimiento de no estar a la altura.
—Antes de salir al exterior —se le ocurrió exagerar—, ¿tu oferta iba en serio?
—¿Y la tuya? —se jactó.
—¡Por supuesto!
—¡La mía también!
Lope bufó por cansancio emocional. Eso le ayudó a serenarse.
Fernando debería saber que Margarita ha fallecido y que, por consiguiente, yo me voy a ir de esta casa.
—Mi oferta sigue en pie.
—Lo sé —le cogió la mano que no sostenía al gato y la besó en los nudillos, para soltarla después. Lo hizo rápido para que ella no replicara al respecto—, y junto a estos pequeñines, transmitiremos sensación de unidad y familia.
Con suspicacia en la mirada y rubor en las mejillas, Libertad ladeó la cabeza. Acabó cediendo con una sonrisa, pero a su manera.
—Los niños también se vienen, pues.
La sonrió de vuelta y le ofreció el brazo con confianza. Ella le asió con convicción y salieron al pasillo.
—Me ha dedicado más de tres palabras seguidas; algo ha pasado. —Comentó Mauro al verles, alegre de ver la estampa de postal que transmitían. Pero le pilláis por poco.
—¿Sabrá ya lo de Margarita? —preguntó ella.
—Supongo que sí, vamos.
Encontraron al patriarca cuando bajaron las escaleras, a punto de salir por la puerta.
—Fernando, ¿dónde va?
El hombre se giró.
—Voy a ver a un viejo conocido, que ha venido a la capital a cerrar unos asuntos, ¿te interesa? —Su mirada entreabierta indicaba que sabía su respuesta, pero Lope le conocía y sospechó.
—¿Con quién?
—Alejandro Herrero, ¿te acuerdas de él?
Libertad apretó su amarre. Ese apellido decía muchas cosas.
—¿Podemos ir contigo? —Lope entendió el gesto de Libertad y sabía que eso era una posibilidad tangible; que fuera el abuelo de la mujer que amaba.
Fernando Estuardo se detuvo un momento y barajó las posibilidades. Cuando reparó en la faz de Libertad, se detuvo.
—La chica del vestido rosa de ayer. Pensé que solo eras un acompañante por horas con el papel aprendido.
—Ya se lo dije ayer, don Fernando, soy Libertad Nogales Herrero.
El hombre la observó detenidamente y, al reparar en sus ojos, sonrió.
—¿Quién me iba a decir a mí que la nieta de los Herrero era la hija de Damián Nogales?
Nuestro círculo social es muy pequeño. —Intervino Lope.
—Cierto, debí tenerlo en cuenta. —La miró—. Han venido desde Plasencia para cerrar unos trámites y voy a verlos ahora. ¿Quieres conocerles?
—¿Puedo preguntar los términos en los que me los voy a encontrar, si accedo a verles?
—Libertad —le llamó la atención Lope de manera cariñosa—, no creo que lo sepamos ninguno. Ten en cuenta que parece que Damián no tuvo contacto con ellos y que no sabrán que te fuiste de casa en cuanto pudiste.
—Tienes razón, iríamos a ciegas.
—No tanto. —Fernando intervino—. Vas de la mano de mi nieto, y eso no les va a molestar.
Lope mostró una amplia sonrisa y se acercó a Libertad lo poco que le quedaba para darle un beso en el rabillo del ojo.
—Esta vez, yo soy tu as en la manga, princesa. —Susurró en su oído.
—Y me encanta. —Le respondió de vuelta para darle un pequeño beso en los labios y se giró hacia el patriarca de los Estuardo—. ¿Le importa si llevamos a los peques?
Libertad acercó la mano en la que tenía a Shiro; Lope adelantó a la pequeña Kuro y la mostró junto a su hermano.
—Seguramente preferiría que fuera un bebé, pero la responsabilidad de cuidar de un ser vivo sigue estando ahí. ¿Los vais a llevar en la mano, o tenéis una de esas cajas con rejilla para poderlos llevar?
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Editado: 09.04.2026