De Lilas y Aguamarina

47. Plato del día: Pizza hawaiana con maíz.

¡Era tan obvio que se encontraran en una de las flores, Estuardo! Libertad cargaba el transportín con Shiro y Kuro en su interior cuando leyó el rótulo del nombre del hotel.
—Lillium Estuardo. —Se acordó de que Estrella procedía de este hotel de la cadena.
Fernando los condujo hasta la zona del bar, en el restaurante de ese hotel. Era un edificio más grande, pero el restaurante era la mitad que el del Phalaenopsis. Por fin pudo entender a Lope cuando dijo que ella sería su baza para independizarse.
Un hombre de cabello blanco levantó la mano al otro lado de la barra. Los tres acudieron a su encuentro. Una mujer esbelta y ajada, pero seria e imponente, se acercó antes y se sentó junto a él.
—¿Vienes con tu nieto, Fernando? —preguntó.
—Os traigo una sorpresa, también, Alejandro. —Extendió la mano hacia Libertad como si fuera un director de orquesta.
No mostraron emoción ninguna.
—¿Que tiene prometida y una mascota? —La mujer les repasó con desdén—. Tu nieto seguirá la estirpe, ¡tú que puedes!
Libertad y Lope se miraron con algo de esperanza. Decidieron adelantarse y ella carraspeó.
—Me llamo Libertad Nogales Herrero. Se presentó extendiendo el brazo tras entregarle el transportín al papá.
—Imposible, hemos estado buscando a nuestra nieta todos estos años y siempre se esfumaba cuando parecía que la habíamos encontrado. —El hombre se llevó la mano a la boca, sorprendido al reparar en su cara.
—¿Por qué iba a aparecer justo ahora? —La mujer era reacia a la información—. ¿Has contratado una actriz para intentar convencernos?
—¡Pero mírala, Elisenda! —extendió el brazo hacia Libertad—, ¡es la viva imagen de Lilith, pero con el cabello más oscuro y el color de ojos del braguetero de su padre!
Intentó sonreír con timidez a los que parecían ser sus abuelos paternos.
—Huí de casa para dejar de ser una marioneta de Damián. —Se fue acercando poco a poco, llevando consigo a Lope de la mano—. He estado huyendo de que me alcanzara por si me hacía volver.
—Libertad —Lope se acercó a su oído para recordárselo—, Damián estuvo todo el tiempo en Florida, ¿te acuerdas que nos lo dijo?
Sentía que las piezas estaban terminando de encajar; le miró con confianza y le tomó de la nuca para improvisar un tierno beso de complicidad. Se giró hacia Alejandro y Elisenda.
—Le tuve miedo y por eso huía, pero me he dado cuenta de que si me hubiese plantado, no hubiera sido él quien me habría alcanzado.
El gesto de Elisenda se suavizó un poco.
—¿Y qué opinas del rubito que te acompaña?
Libertad se giró hacia un Lope, un poco ofendido por la manera de aludir a su color de pelo, nuevamente, y sonrió.
—No sé si seremos felices o nos tiraremos de los pelos; no sé si formaremos una familia o tendremos que quedarnos cada uno con un gato. —No apartaba la vista de esos ojos profundamente negros que tenía ante ella—. Solo sé que me irrita, me comprende, me enternece, me fascina y me enamora. —Volvió hacia sus abuelos—. Y aunque sea por sentirme afín a él, tenemos química y proyectos en común.
Lope le apretó la mano con firmeza y ella respondió con lo mismo por su parte, aparte de girarse hacia él. Estaba con la sombra en sus ojos y una actitud desarmada.
—Pido permiso, capitán. —La voz del rubio había bajado, al menos, un tono.
—¿Permiso para qué?
—Abordarte y robarte un beso.
—Si avisas, ya no es robado. —Le gustó realmente que Lope fuera así; ese cielo nocturno de ciudad de noche en luna nueva le parecía el color más hermoso del mundo—. Permiso concedido.
Se dejó besar. Tenían público, pero eso a Libertad, por primera vez, le dio igual.
Cuando al final se apartaron para tomar aire, Fernando les interrumpió.
—¿Qué hay en ese maletín? —Señalaba el transportín.
Es largo de contar, pero lo resumiré respondiendo que son dos gatitos adorables que Lope me regaló.
Se quitó el cárdigan del traje de color crema, mostrando su camisa de fina puntilla negra y mangas francesas. Solo para levantar el compartimento y sacar al primer minino que se dejara coger.
Lope carraspeó con nerviosismo y la intuición de Libertad la hizo mirarse el escote. Se dio cuenta de que mostraba perfectamente, no solo la base de su cuello, sino que sus clavículas también se veían a través de la tela de la camisa. Era realmente inoportuno que eso le gustara tanto. Sonrió con orgullo y satisfacción.
Sacó al pequeño Shiro y se lo entregó a Lope mientras le decía al oído:
—Ya apaciguaremos ese fetiche tuyo cuando vengas esta noche a dormir a mi casa, pijo.
Cogió a la pequeña Kuro, que se revolvió. Posiblemente preferiría estar en manos de Lope.
Los movimientos de sus manos hicieron que tintineara la pulsera que le había dado Margarita y que le había dicho que pertenecía a Lilith.
Elisenda reparó en ella y llamó a Libertad para que se la mostrara.
—Esta pulsera me la robó Lilith del joyero cuando jugaba por la casa. Tendría seis o siete años. —La giró en la muñeca de su nieta, como si estuviera mal posicionada.
—Mi madre, Margarita Montenegro, se la entregó a Libertad en su lecho de muerte. —Informó Lope mientras le hacía monerías a Shiro—. Dijo que fue un regalo de Lilith y que estuvo esperando a que ustedes reclamaran la joya.
—No sabíamos qué pasó con ella. ¡Gracias a Dios que lo dejamos estar! —exclamó Alejandro.
La conversación les dejó claro el carácter de la fallecida Lilith Herrero, y se despidieron del adorable Alejandro y la estricta Elisenda con la sensación de dejar la historia de su familia limpia de sombras ajenas.
Les dieron el contacto para irlo retomando poco a poco y con tranquilidad.
Fernando prefirió quedarse a dormir en el Lillium, para seguir hablando con sus amigos de los viejos tiempos. Aunque les hizo montar en su coche para ir hasta la mansión y que allí el chófer recogiera a Aurora para llevarla con él.
A las diez de la noche, Libertad y Lope se encontraban en la puerta de la mansión con la sensación de tener todo y nada que hacer ese lunes.
—Me siento como si no me mereciera la paz que noto por fin en mi vida.
—Princesa, mañana empieza lo bueno. —Dejaron el transportín en el suelo y se besaron abrazados—. Tú tienes que dirigir un restaurante y yo un hotel. Ya te digo yo que paz, paz, es lo que hemos tenido hasta ahora.
—¿Emociones fuertes? Sí. —Se sintió como si estuviera en una rueda de prensa—. Y, ¿se siente identificada con su vida, tal y como la conoce?
—¡Por supuesto! —respondieron ambos a la vez.
Se fundieron en un beso, que fue interrumpido por el más inoportuno de los guardaespaldas.
—¿Por qué no pasáis dentro? —Mauro estaba en mangas de camisa y con un delantal con manchas de pintura colgado al cuello.
Se sorprendieron del aspecto del hombre y vieron a través de la ventana del salón de la casa del servicio; había una joven ociosa con algo sobre la mesa. Esa chica de la cena en el restaurante, a la que llamaban Melisa.




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