No tenía nada de malo, pero la imagen les resultó tan chocante que Lope se tapó la cara, toda enrojecida, con una sola mano y Libertad soltó una risotada escandalosa que alteró a los gatitos.
—Mauro, ¿un delantal, en serio? —Acabó Libertad por expresar el impacto visual.
—La señorita Melisa me estaba enseñando a pintar con las manos. —Intentó excusarse—. Al parecer, ha dicho que hay que pintar un poco para entender los cuadros de un museo. —Se encogió de hombros.
La pareja se miró desconcertada.
—Nos hemos perdido algo de información por el camino, princesa. —Rio Lope.
El guardaespaldas reparó en las manos entrelazadas, aunque le costó por la escasez de luz en la noche.
—¿Sí? —Mauro dio un paso hacia ellos—. ¿Por fin se confirma el Lopertad?
—Mira, sí me considero millennial, que te lo he entendido, amigo. Pero esas expresiones en ti suenan como si fuera un pulpo en un garaje o un elefante en una cacharrería: completamente desubicado.
—¿Pero van a entrar o se van a quedar al raso? ¡Les puedo presentar a la señorita Melisa!
—¡Pero Mauro! —Libertad intentó serenarse—. ¡Si te gusta Melisa, no hables de ella con tanta distancia, joder! —consiguió incorporarse—. ¡Entre el trato tan cordial y la pintura del delantal, pareces Buonarroti o Da Vinci!, ¡es algo muy raro!
—¿Saben qué? ¡Por mí como si se hielan en pleno marzo, que les den! —Se volteó muy mosqueado.
—Mauro, espera, no era una crítica. —Lope intentó explicarse—. Has de comprender que nos tenemos que acostumbrar; solo es eso.
Se giró hacia ellos mientras se quitaba el delantal, algo más empático.
—La seño… perdón, Melisa me preguntó por el tipo de sitio sin querer saber más y me he visto metido en pintura.
—Os puedo sugerir algún cuadro, dependiendo del museo al que vayáis. —Lope le miró con la comprensión paternal que no se esperaba tener con el guardaespaldas que siempre le protegió.
—Iba a sorprenderla yendo al museo de cera, pero empezó a hablar de materiales y no quise quitarle la ilusión de la pintura.
Se quedaron blancos de la impresión.
—Puedes ir al Museo del Prado —sugirió Libertad—, o hablar de esculturas para que intente caer en la posibilidad de la cera. —Se quitó el fedora mientras le guiñaba un ojo—. Pero yo creo que traerla a casa ya ha sido una cita; no te agobies más de lo necesario.
—¡Que te diviertas! —Lope se dispuso a girarse hacia el coche.
—¿A dónde van… váis?
—A mi casa, Mauro. ¿Dónde si no? —Libertad estuvo rápida.
El grandullón resopló con una resignación muy dulce.
—Aviso a la… a Melisa y os llevo a cada uno a su casa. —Se volteó hacia la casa del servicio y cerró tras de sí.
Se asomaron a la ventana y vieron cómo Mauro y Melisa recogieron los bártulos sobre la mesa.
Hubo un momento en el que la chica hablaba muy seguido y se calló en cuanto él le puso la mano sobre el hombro para explicarle algo. Ella se avergonzó y dejó de hablar tanto.
No tardaron mucho en salir, y hasta Paca, que les había estado observando desde un rincón como un mueble, se despidió de la nueva amiga del grandullón.
Libertad y Lope dejaron que Melisa se sentara junto a Mauro.
—Tienes los ojos más oscuros, pero miras en la misma sintonía que tu primo Mario; eres buena gente. —Llegó a decir Melisa cuando Mauro la dejó en el portal de su calle.
Los peques habían conseguido dormirse con el silencio y el traqueteo del coche, y tanto Libertad como Lope estaban cada minuto que pasaba más nerviosos.
Estaban a tres manzanas del portal cuando Mauro rompió el silencio.
—¿Os vengo a buscar mañana?
El simple uso del plural en un verbo desató una ebullición de sentimientos encontrados en ambos.
—Para ir a trabajar, cierto. —Libertad pareció que lo asimiló la primera. Quizás por su carácter, quizás por su veteranía.
—¿A qué hora estaréis despiertos? —preguntó Mauro con inocencia.
Llegaron al lugar de destino y prefirieron salir del coche, con los mininos incluidos, antes que responder.
Mauro se asomó y les llamó la atención antes de mover el coche.
—¡No me habéis respondido ninguno!
—¿Es que acaso crees que vamos a dormir, guardaespaldas?
—¡Vale, ya me habéis dicho más de lo que he pedido! —Se colocó en su asiento—. ¡Joder con la chef, literalmente! —Desapareció hasta el final de la calle, girando a la derecha.
Libertad se quitó la chaqueta al entrar al portal de su edificio. Algo que a Lope ruborizó.
Se cruzaron con la vecina del chihuahua, y se alegró genuinamente de lo que ya, más que intuirse, era más que obvio.
Al entrar en el ascensor, Libertad se permitió estirar los brazos sobre los hombros de Lope para besarle.
Llegaron al apartamento; casi dejándose a Kuro y Shiro en el suelo del elevador.
Ese descuido les llevó a improvisar un canasto de mimbre con una mantita usada del difunto Neko para que estuvieran más cómodos. Lo llevaron a la habitación, debajo de la ventana.
Libertad, entonces, asió la corbata morada de Lope y la desató, con diversión. Desabrochó hasta tres botones de la camisa.
—Me gusta mucho lo que veo. —Sentenció, mordiéndose el labio y una mirada lasciva.
Él estaba sonrojado, y ya no le importaba mostrarlo. A ella no.
—¿Quieres hacer a Shiro y a Kuro unos mirones? —El sonrojo no le impidió sonar autoritario. Aunque sus ojos negros no soltaron los caramelos de Libertad en ningún momento.
Una sonrisa pícara apareció en Libertad, como si fuera aquel gato rosa y morado de la película de animación.
—Son gatos, somos humanos. ¿Qué esperas que aprendan?
Se sonrojó aún más. Entreabrió la boca y su mirada se desvió al cuello y sus marcadas clavículas. A ella le gustó su cara de devoción.
—¿A qué esperas?
—A que me des permiso.
Le agarró la cara con las manos y le besó.
—Pues yo no he pedido permiso. Por cierto, sabes bien.
Él, por fin, pudo esbozar el deseo en su sonrisa; se pegó a ella y le besó el cuello que tanto le excitaba.
—Tu boca sabe a caramelo de violeta, me vuelve loco. —Llegó a decir.
Una risilla de cosquillas se le escapó a Libertad cuando Lope le volvió a besar el cuello. Él consiguió separarse y su mirada titilaba entre la miel de sus ojos, la punta de su nariz y la forma de sus labios—. Me gustas con tus contradicciones, te quiero sin condimentos, te deseo en crudo, y sospecho feliz que te amaré sin remedio.
—¡Qué ganas tienes de darle nombre a todo, cursi, de verdad! —Rio y le volvió a besar—. Yo también, pero no me vas a volver a escuchar admitirlo.
—Con que lo escuche yo, me basta, mi libertad con olor a lilas y sabor a violetas.
—Si no hay nadie más delante, a ti te dejo que me llames Lili.
Lope se apartó un momento, mirándola a los ojos con esa mezcla de sorpresa, picardía y devoción que solo él sabía mostrar; sonrió con complicidad.
—¡Nah! Yo te quiero como Libertad; Lilith quedó en el pasado.
—Me alegra oír eso.
Kuro maulló, elevando su cabecita por encima del mimbre, curiosa. Su hermano Shiro también se enderezó.
—¡Tomad la chaqueta de papá y cállate! —Lope se la quitó y la tiró al suelo, al pie del cestillo.
—¡Que mamá y papá van a hacer cosas de mayores! —Libertad terminó la frase por él mientras le atraía hacia ella al descamisarle.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026