Alba
Despierto por los insistentes maullidos de la gata de mi hermana, me levanto y le doy comida y agua, luego me vuelvo a acostar. Reviso mi celular y recuerdo que tengo que llamar a esa pastelería por el cambio del pastel, me siento y busco el contacto, hago mi trabajo y vuelvo a dormir con la peluda a mi lado.
—Deja de ronronear —pido alejando su cabeza de mi oído.
Me vuelvo a dormir y despierto unas horas más tardes con demasiada hambre para ser real, tengo mensajes de mis hermanas y de mis amigas que se reportan vivas, hago lo mismo mientras espero que la cafetera haga su trabajo.
Le envío una foto de la gata a mi hermana, quien exagera con que su hija en cualquier momento va a explotar. Me bebo el café mientras pienso en que prepararé para almorzar, aunque tengo que lavar demasiadas copas que ayer dejamos sobre la mesa del centro.
Estoy terminando de limpiar cuando llaman a la puerta, mi departamento ya huele a limpio otra vez. Acomodo mi cabello en una desordenada cola de caballo demasiado transpirada, necesito un buen baño luego de esto. Me acerco a la puerta pensando en que puede ser mi jefa, es lo malo de vivir en el mismo edificio.
—Hola —saluda apenas me ve, se ve cansado—. Le bajaste el volumen así que te traje lo que pediste.
—¿De verdad?
—Ten —me pasa la caja que reconozco, esta es un poco más grande, son seis—. Oh, que linda, hola michi.
Le acaricia tras las orejas y la gata se pasea a su alrededor alzando la cola, así se ve más redonda. Pruebo un rol y gimo disfrutando el pan dulce, llamo a mi sobrina para que entre al departamento.
—Muchas gracias por esto —digo al chico que ahora se levanta ya que la gata volvió a entrar a mi departamento.
—Me dejaste dormir.
—Bueno chef, adiós y gracias.
Cierro la puerta y miro a la gata sentada viendo por el ventanal hacia el exterior, a mi me marea la altura. Termino de comer el rol y me preparo para almorzar, luego de comer me voy a duchar para ver a mi hermana menor y practicar su conducción.
Entro al baño y me quito la camiseta que estaba usando, me descubro desnuda y mi mente me juega en contra, recordando que Aaron Hassler estuvo de cuclillas mirándome desde abajo por acariciar al gato. Ay Dios, ojalá no haya visto nada.
Lloriqueo y me maldigo, pero es que mi “niña” necesita de esos momentos de libertad, respirar es esencial. Me meto a la ducha y dejo que el agua me limpie, incluso la memoria podría borrar o eso espero.
Mi celular suena y atiendo con calma o al menos fingida, la voz de mi hermana resuena por el baño, su risa es contagiosa.
—¿A qué hora me vienes a buscar? Papá pregunta qué tanto te duele la cabeza.
—No me duele. Me estoy duchando así que en unos minutos voy.
—Unos minutos, una hora.
—Tonta.
Cuelga riendo y miro a la gata ahora invadiendo mi baño, mira el agua y la toca con una mano, cuando se moja la sacude.
—Puede que por tu culpa me hayan visto el coño, gata loca.
Me maúlla en respuesta y como diva se marcha del baño, es una loquilla. Salgo secándome con la toalla blanca que es la mejor guerrera de Dios, la tengo desde hace seis meses y la ocupo todos los días, salvo cuando la lavo y me olvido de sacarla de la secadora. Termino y busco algún buen outfit para hoy, el cielo se ve un tanto nublado y estoy segura de que la temperatura es alta, por lo que la humedad debe estar horrible.
Me decido por un hank top de color negro, una falda plizada color gris y mis botines de tacón negros, llevo una sudadera negra en caso de que luego haga frio. Salgo de mi departamento dejándole comida a la peluda que se quedó descansando sobre mi cama, cierro la puerta y le estoy poniendo seguro cuando la puerta del lado se abre, el pastelero sale entre besos y abrazos con la chica de hace un rato.
—Te veo, guapa —ella se marcha riendo y yo sólo guardo la llave en mi bolso—. ¿Qué tal los roles de canela?
—Están muy buenos, creo que me convertiré en cliente habitual.
—Eso espero, tu estómago hace mi negocio.
—Ya —susurro riendo—. Adiós, descansa ya que no estaré.
—Que suerte —niego y voy al ascensor, por suerte el edificio tiene dos y no es necesario compartir.
Subo y desde ahí le escribo a mi hermana menor, ella responde con que ya no quiere aprender a manejar pero sé que igual debo ir porque sus cambios son tantos y siempre termina en el inicio. Conducir mi auto es una delicia, le agradezco infinito a mi padre que decidió comprarmelo luego de que terminé mis estudios.
Llego a la casa donde me criaron, mi hermana está esperando en el sofá de la sala mientras que mis padres ven la televisión a su lado, ellos sonríen y comentan la película favorita de papá.
—Al fin llegas, estoy cansada de los sesenta segundos.
—Vamos.
—Sí.
Mi hermana se levanta y corre donde mi, me abraza y siento que algo necesita su pechito, pues se aferra a mi y la siento pesada, su energía es distinta. Tomo su mano y la insto a subir al auto, niega y solo se sube de copiloto, enciendo mi auto y le pido que se ponga el cinturón, cuando la vuelvo a ver ya está llorando.
—¿Qué pasa?
—Llévame a un hospital, por favor —solloza y no entiendo.
—Kaya ¿Estás bien?
—Ayer, ayer fui donde mi mejor amigo, él tiene una hermana y yo, yo, a mi ella me gusta y él lo notó y me encerró en su habitación y luego —detengo el auto y me quito el cinturón para aferrarla entre mis brazos, nunca en su vida la había escuchado llorar como ahora—. Alba, él me tocó y yo le pedí que pare, le dije que me quería ir, me besó a la fuerza y yo le pedí que me deje y no lo hizo, le pegué y quise salir, pero me tomó del pelo y me lanzo contra el suelo y él me amarró…
Mi pecho se comprime, mi cabeza duele, de pronto siento calor y un ataque de ira, de esos que no tenía hace mucho comienza a hacer que me tiemblen las manos. Espero que mi hermana deje de temblar y me pongo en marcha hacia la clínica más cercana.