De Miel y Chocolate

Capítulo | 6

Alba

La puta puerta no abre, la llave pasa lo más bien pero no gira, maldigo y la pateo, el alcohol de la boda no fue suficiente, el del otro bar donde estuve tampoco y además me echaron de ahí. Necesito mi reserva de alcohol porque así lo pide mi estómago, mi intestino, mis pulmones, mi cerebro, e incluso ese extraño órgano muscular llamado corazón. Creo que el hígado es el único que podría estar en desacuerdo con la cantidad de alcohol que he ingerido, pero uno contra todos los demás, no tiene opinión válida.

Pronto la puerta cede y celebro, voy a entrar hasta que alguien me detiene ¿Quién es y qué hace en mi departamento? ¿Me están robando? Bueno, otra cosa más que me robarían, no es nada.

—¿Alba? —entrecierro los ojos queriendo enfocar, pero no funciona, veo menos que antes—. ¿Qué?

—Llamaré a la policía ¿Qué quieres?

—Estás ebria.

—Nada más tantito —digo conforme conmigo misma—. De hecho ¿Me dejas pasar? Necesito mi reserva de alcohol.

—Puedes buscarla en tu departamento.

—¿No es este?

—Te equivocaste de puerta, la tuya es la de allá.

—Uy —ahora reconozco al chico, más bien, él me dió una buena pista—. Espero no haber interrumpido alguna acción sexual.

Río apenada, me afirmó de la pared nuevamente y avanzo hasta mi puerta, dejo caer mis cosas y trato de meter la llave donde corresponde, pero las cosas se mueven.

—Hijas de su madre, cerraduras de mierda.

Al fin puedo abrir, pero las puertas que se mueven no ayudan a mantener el equilibrio, me giro sintiendo como mis manos arden. Miro hacia el cielo de mi depa y pronto la bola de pelos que albergo en mi hogar se desliza por sobre mi cuerpo hasta mi cara.

—Eso, ahogame, es mejor —su pelaje comprime mi voz.

—Pero. Tangerine sale de ahí. Alba, ven levántate.

—Ya para qué —jadeo sintiendo como el aire vuelve a mis pulmones.

El piso no existe y el calor de alguien más choca con el frío que mi cuerpo mantiene, veo las cosas a mi alrededor moverse, mi lugar limpio y ordenado salvo por una de mis plantas más bonitas, que ahora no existe, está despedazada. El blando sofá me relaja y veo mi reserva, ruedo porque dudo poder ponerme de pie, soy detenida cuando el piso se ve cercano.

—Para, loca ¿Qué haces?

—Quiero mi reserva de alcohol.

—Ella ¿Está bien? —pregunta alguien más, me pasa un vaso de agua.

—No, no estoy bien —digo a quien sea ella, pero es rizada, asique me agrada—. Necesito alcohol.

—No. A ver, siéntate si quieres beber —tomo las manos y me siento.

Mi vecino mira a la chica y ella a mí antes de verlo a él. Maldición.

—¿Otra vez te interrumpí teniendo sexo? Lo siento tanto, vayan y cojan, por allá está la habitación de invitados.

Trato de levantarme, pero la mano de Aaron en mi hombro me hace quedarme en mi sitio, veo a la gata con manchas de tierra por el lomo y sonrío, Sunna no estará feliz. Tomo el contenido del vaso en mi mano ignorando la conversación en susurros de los otros dos, no me gusta interrumpir y ya lo hice muchas veces.

—Alba ¿Me estás escuchando?

Levanto la cabeza y veo al chico que ahora está de pie frente a mi, asiento y el despeina aún más su cabello. Me levanto para no sentirme tan pequeña, me tuerzo un pie en el proceso, pero no me interesa, no es lo que más dolor siente mi cuerpo. Las lágrimas vuelven a azotar mi vista y lo odio, odio ser vulnerable.

—¿Qué haces?

—Nada, solo me iré a acostar —susurro pensando en que él no me puede ver llorar, sería patético.

Su mano toma mi brazo y evita que me caiga otra vez, si supiera que pude conducir dejaría de estar tomándome así como si caerme me rompiera como un cristal. Sonrío y de pronto el mismo salto de mi cerebro, lo imita mi estómago.

—Necesito ir al baño —jadeo antes de soltarme.

Como puedo y a tropiezos llegó al baño más cercano, ese que nunca uso, llego a tiempo a la primera arcada, mi faringe se quema cuando devuelvo todo el contenido de mi estómago. Odio vomitar, las arcadas me hacen llorar y todo me duele al tiempo que se siente la debilidad en mis piernas otra vez, acompañada de los escalofríos.

—Ya está, ya pasó —asiento, gracias a él no me ensucié el cabello—. ¿Mejor?

—Necesito lavarme los dientes —ni siquiera lo miro, solo busco un cepillo nuevo en el mueble, este lo votaré luego.

Termino y sintiéndome más avergonzada que ebria, entonces, salgo y me siento en el sofá ya que él está en la cocina y no lo quiero ver.

—Toma agua.

—No quiero, gracias —me ato el cabello con una pinza—. Gracias, vecino.

—Son experiencias de vida.

Niego con la cabeza y me agacho para desatar las hebillas de los zapatos, veo a Aaron acercarse y es él quien los desata y me los quita.

—¿Seguro que no vas a morir si me voy?

—Estoy bien.

—¿Vas a beber?

—No. Ya no tengo ganas.

—¿Estás bien?

Quisiera mentirle, mentirme también de ser posible. Me levanto y le abro la puerta de mi departamento, espero le quede claro el mensaje porque decirlo no puedo.

—Nos vemos, vecina.

No digo nada y solo cierro la puerta apenas se marcha. Voy a mi habitación, Tangerine ya está en ella, bastante cómoda. El cansancio se canaliza cuando veo la cama, me lanzo a ella y ahí soy feliz.




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