De nuevo a ti ¡querido!

Capitulo uno : Naer

Soy Naer, una mujer colombiana de treinta años que un buen día tomó la firme decisión de mudarse a Corea del Sur impulsada por dos grandes anhelos: convertirme en una escritora reconocida y encontrar a ese hombre ideal, un CEO guapo, atento y millonario que me amara con locura. Sin embargo, el destino decidió jugarme las cartas de la peor manera posible.

Todo comenzó en una noche lluviosa en el modesto restaurante de los padres de mi mejor amiga, Nara. Allí conocí a Junji Yiu-yin, la definición exacta del típico joven nerd: reservado, callado y bastante poco sociable, pero con una inteligencia brillante. Iniciamos un noviazgo y pronto nos casamos apasionadamente. Él trabajaba en tecnología y moda y soñaba con fundar su propia empresa, la que llamaba "nuestra empresa".

Pero el sueño se volvió pesadilla. Las deudas se acumularon y, el día de nuestro primer aniversario de bodas, la estabilidad se terminó de romper. A pesar de que su familia me despreciaba, yo lo apoyaba, hasta que una tarde llegué temprano al departamento y descubrí la peor traición: Yiu-yin se estaba besando apasionadamente en nuestra sala con la mejor amiga de su hermana. Ciega de rabia, tiré su ropa a la calle y le cerré la puerta.

A la mañana siguiente solo hallé una nota fría aceptando el divorcio. Le dejé mil yuanes con Nara para que no pasara hambre y huyo con ella a Seúl, descubriendo días después la noticia más impactante: estaba embarazada de un mes. Pasaron cinco largos años criando a mi hijo, Thiago, en secreto, convencida de que Yiu-yin era un traidor.

Hasta que un día, la realidad volvió a golpearme. Me enteré de que mi exesposo había vuelto a la ciudad convertido en un magnate de la tecnología, y de una empresa de moda, dueño de un imperio. Nara, con sus discursos moralistas, me tachaba de cruel por no haberlo escuchado en su momento, pero yo no pensaba quedarme de brazos cruzados. Al ver un anuncio de convocatoria para pasantes en su propia empresa, lo tuve claro: iba a entrar allí para cobrarme cada lágrima.

Esa misma noche, con la cabeza hecha un lío y el orgullo herido, salí a caminar por las calles de Seúl y me metí en un pequeño bar a beber hasta quedar satisfecha. Salí tambaleándome y con un hambre voraz, así que me detuve en un puesto de comida rápida en la calle.

Mientras esperaba mi pedido, escuché a dos hombres en la mesa de al lado hablando en voz alta sobre el famoso multimillonario de tecnología, Junji Yiu-yin. —Ese tipo lo tiene todo ahora, pero dicen que su exesposa era una verdadera bruja que lo abandonó en la miseria —decía uno de ellos entre risas burlonas—. Seguro era una interesada que solo buscaba sacarle dinero.

La sangre me hirvió en las venas. Con el alcohol nublándome el juicio y la rabia a flor de piel, me acerqué echa una furia. —¡¿A quién llamas bruja, pedazo de imbécil?! —les grité en la cara. —¿Y a ti qué te importa, borracha? —me respondió uno de ellos levantándose con altanería.

No lo pensé dos veces: tomé una botella vacía de la mesa y se la estrellé en la cabeza. El hombre me miró sobándose el golpe, completamente sorprendido y sangrando un poco. —¡Maldita mujer! ¡¿Qué te pasa?! —maldijo furioso. —¡Eso te pasa por hablar de mí sin saber! —le alegué fuera de mí.

El escándalo fue tal que en menos de diez minutos llegó la patrulla de policía y nos llevaron a todos a la comisaría del barrio. Me encerraron en una celda mientras esperaba que alguien diera la cara por mí. Pasó hora y media en la que el efecto del alcohol empezó a bajárseme, dejándome solo con dolor de cabeza y arrepentimiento.

De repente, escuché unos pasos firmes retumbar por el pasillo de la estación. Levanté la mirada entre las rejas y me quedé congelada: allí estaba mi querida amiga Nara... acompañada por nada más y nada menos que Junji Yiu-yin. Lucía un traje hecho a la medida que respiraba poder y elegancia, mirándome con una mezcla de incredulidad, frialdad y profunda molestia.

—¡Maldita traidora! ¿Por qué lo trajiste a él? —le dije a Nara señalándolo con el dedo a través de los barrotes. —¡Cállate y agradece que Yiu-yin vino a pagar tu fianza para sacarte de aquí, o no verías la luz del día! —me regañó Nara rodando los ojos. —Por su culpa me andan diciendo bruja en la calle —farfullé mirando a Yiu-yin con rabia—. Míralo, el "Dios asiático" rescatando a los pobres. Te odio.

Yiu-yin no dijo una sola palabra en la comisaría. Con la ayuda de su chofer, me tomó del brazo con firmeza y me subió al asiento trasero de su auto de lujo. Al llegar a la casa rodante donde vivía con Nara y mi hijo, él miró el lugar con una clara expresión de incomodidad.

—Antes vivías en un pequeño apartamento y ¿ahora te da vergüenza estar aquí? Vete, ¡lárgate! —le grité desde la puerta, recordando que mi hijo Thiago estaba adentro viendo televisión. Le bloqueé la entrada con mi cuerpo para que no avanzara un solo paso—. Tu mujer te debe estar esperando, vete con ella y con las demás.

Nara me jaló hacia adentro pidiéndome disculpas en voz baja con él. Escuché a Yiu-yin decir con voz fría: —Si no hay nada más, me retiro. —¡Sí, lárgate! —exclamé con furia antes de que se cerrara la puerta.

Nara me miró frustrada. —¿Quién te entiende, Naer? Te salva de la cárcel y lo tratas así. Me acerqué a ella y la abracé. —Perdón... Es que siempre lo he amado, pero no puedo decirle lo que siento. Soy muy orgullosa y tú lo sabes. —Está bien, descansa al lado de Thiago. Mañana tienes la prueba de pasantes y nada de matarlo con la mirada —me dijo Nara suspirando.




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