La reunión con los directivos extranjeros de esa mañana fue un verdadero martirio. Se suponía que debía estar concentrado en las cifras de expansión y en las alianzas de la división de tecnología, pero mi mente se negaba a colaborar. Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen volvía a quemarme por dentro: Naer en el vestíbulo corporativo, caminando con esa soltura exasperante, marcando cada paso con sus tacones sobre el mármol y luciendo ese vestido vintage floral que se ceñía a su cuerpo como una provocación deliberada.
Aún sentía el eco de la noche anterior. Cuando Nara me llamó desesperada para pedirme que fuera a sacar a Naer de una comisaría del barrio tras una pelea absurda en la calle, no lo pensé dos veces. Y al verla allí, encerrada entre rejas, borracha, gritándome en la cara que era un "Dios asiático" para luego llamarme imbécil, tuve que apretar los dientes para no tomarla por los hombros y exigirle que me explicara por qué demonios se borró de mi vida durante cinco largos años. Cuando la dejé en esa modesta casa rodante y la escuché gritarme desde la puerta, supe que nada en ella había cambiado: seguía siendo la misma mujer orgullosa, impulsiva y destructiva que me rompió el corazón. Una verdadera bruja.
Salí del salón de conferencias a paso firme, tratando de sacudirme el cansancio. Min-ahji, impecable como de costumbre, caminaba a mi costado revisando su tableta.
—Yiu-yin, para la cena de negocios de mañana con los inversionistas necesito que me confirmes tu asistencia. Es clave que nos vean juntos antes de firmar —me dijo en un tono estudiadamente dulce, dejando que su brazo rozara el mío de manera sutil.
—Le diré a mi asistente que lo revise en la agenda —respondí con frialdad, marcando distancia sin mirarla.
Al doblar la esquina hacia la bahía de pasantes, el corazón me dio un vuelco involuntario. Allí estaba,Naer permanecía de pie junto a Min-jun cerca de la zona de archivos. Llevaba una carpeta apretada contra el pecho y escuchaba a Min-jun con atención, riéndose de algo que el muchacho le decía con absoluta soltura. Me detuve a unos metros, fingiendo revisar unos documentos, simplemente observándola.
Lucía deslumbrante, no podía negarlo. Pero la rabia volvió a hervirme en las venas al notar cómo Min-ahji, al percatarse de mi fijación en la nueva pasante, apretó el paso, se me acercó más de la cuenta y entrelazó su brazo con el mío con una familiaridad exasperante.
—¿Pasa algo con los nuevos pasantes, Yiu-yin? —preguntó ella levantando la voz lo suficiente para hacerse notar.
Naer se giró al instante. Al ver la mano de Min-ahji sobre mi brazo, sus ojos se entrecerraron echando chispas. Vi cómo apretaba la carpeta de papel hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Los celos en su rostro eran tan evidentes y viscerales que una punzada de satisfacción amarga recorrió mi pecho.
Caminé directamente hacia ella, zafándome del agarre de Min-ahji con disimulo. Al quedar a escasos centímetros de Naer, me incliné despacio hasta que mi aliento rozó su oreja, susurrándole en un tono bajo y pausado:
—Prepárate, brujita... porque te voy a hacer sufrir con el trabajo.
Me erguí de nuevo sin mostrar un solo rasgo de emoción en el rostro. Saqué el teléfono del bolsillo, tecleé una orden rápida para el jefe de área y presioné enviar. El celular de Naer vibró en su mano casi al instante con la notificación.
Sin esperar a que dijera una sola palabra, di media vuelta y caminé hacia el ascensor junto a Min-ahji. Las puertas metalizadas se abrieron y entramos. Justo antes de que se cerraran por completo, alcancé a escuchar a través de la rendija cómo Min-jun le preguntaba con curiosidad:
—¿Se conocen?
—Eh... sí, de cuando vine a averiguar por el puesto. Se ve que el señor CEO es muy... gracioso con el personal, ¿o solo es conmigo? —respondió ella forzando una risita nerviosa mientras apretaba el teléfono entre sus manos.
Las puertas se cerraron del todo, ocultando la sonrisa de medio lado que se me escapó. Que pensara lo que quisiera; si había regresado a mi vida para desestabilizarme, le demostraría que en esta oficina las reglas las ponía yo.
El resto de la tarde fue un torbellino de reuniones, pero mi mirada no dejaba de desviarse hacia los ventanales que daban al área de desarrollo. Era absurdo. Yo era el CEO de un imperio tecnológico y de moda que me había costado sangre, sudor y lágrimas construir desde cero. Tenía bajo mi mando a cientos de empleados y negocios millonarios que coordinar, pero una sola mujer conseguía poner mi mundo patas arriba con una facilidad que me enfurecía.
A media tarde, llamé a mi asistente por el intercomunicador.
—Señor Junji, dígame.
—Quiero que Naer sea la encargada de traerme personalmente el informe preliminar de los pasantes mañana a primera hora a mi despacho.
Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea. —¿La señorita Naer? ¿La nueva pasante?
—Sí. Ella misma.
—Entendido, señor.
Colgué. Me recliné en la silla de piel y cerré los ojos, sintiendo el latido sordo de mis sienes. Sabía perfectamente que estaba jugando con fuego. Sabía que tenerla tan cerca en mi oficina podía destruir la poca paz que me tomó cinco años construir.
Pero también sabía algo que me negaba a admitir frente a los demás: nunca había dejado de buscar respuestas. Y ahora que la bruja de mi pasado había vuelto, no pensaba dejarla ir hasta descubrir toda la verdad sobre el día que me echó a la calle... y sobre por qué mi corazón volvía a latir desbocado cada vez que la tenía cerca. No sé cómo explicarlo es como si volviera a enamorarse de esa bruja,que me hizo la vida imposible en mi juventud,que por cierto ya que está trabajando conmigo le haré la vida imposible con el trabajo.
#2783 en Novela romántica
#923 en Chick lit
ceo millonario humor intriga, ceo romance millonario amor prohibido, ceo asistente
Editado: 11.09.2026