Apenas pude pegar ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, la cara de prepotente de Yiu-yin aparecía en mi mente burlándose de mí, llamándome “bruja” y paseándose frente a mis narices con la estirada de Min-ahji. Me pasé horas dando vueltas en la cama rodante, cuidando de no despertar a mi pequeño Thiago, sintiendo cómo el orgullo y el deseo se peleaban en mi pecho. Porque sí, rabia era lo que me sobraba, pero negar que se veía ridículamente guapo con ese traje hecho a la medida sería mentirme a mí misma. Ese nerd reservado que conocí se había convertido en un hombre imponente y peligrosamente atractivo.
Cuando mi jefe directo me avisó a primera hora que el propio CEO exigía que yo le llevara personalmente el informe preliminar a su despacho, me temblaron las piernas. Pero me recompuse al instante. Me arreglé el cabello, me puse una buena capa de labial rojo fuego y tomé la carpeta apretándola contra mi pecho como si fuera un escudo. No le iba a dar el gusto de verme acobardada.
Caminé por el pasillo del último piso. El taconeo de mis zapatos resonaba con fuerza, marcando cada paso hacia la boca del lobo. Toqué la puerta de su oficina con firmeza.—Adelante —escuché su voz grave al otro lado.
Empujé la puerta y entré. La oficina era gigantesca, con ventanales que dominaban toda la ciudad de Seúl, pero para mí el espacio se redujo únicamente a él. Yiu-yin estaba sentado tras un escritorio de madera oscura, en mangas de camisa, con la corbata ligeramente desajustada y la mirada fija en su laptop. Ni siquiera levantó la vista de inmediato.
—Deja los documentos sobre el escritorio —dijo con frialdad, manteniendo ese tono superior que me sacaba de casillas.—Aquí tiene el informe que solicitó, señor —respondí, caminando a paso lento hasta quedar justo al otro lado del escritorio.
Al oír mi voz, finalmente se reclinó en su sillón y me miró. Esos ojos oscuros me escudriñaron de arriba abajo con una lentitud deliberada que me hizo erizar la piel. Había tanta tensión contenida en el aire que casi se podía cortar con un cuchillo.
—Espero que el contenido sea mejor que tu actitud —comentó con una sonrisa de medio lado, arrebatando la carpeta de mis manos. Al hacerlo, sus dedos rozaron los míos de forma “accidental”.
Ese simple contacto se sintió como una descarga eléctrica. Un estremecimiento me recorrió entera y los recuerdos de sus manos recorriendo mi cuerpo en el pasado volvieron de golpe, ahogándome. Me quedé observándolo en silencio. Tenía la mandíbula marcada, la respiración pausada y los labios perfectamente delineados. La rabia, el rencor de los cinco años de ausencia, la soledad y las ganas contenidas de gritarle y abrazarlo se mezclaron en mi cabeza como una bomba de tiempo.
¿Quién se creía que era para tenerme así?
Rodeé el escritorio a paso firme antes de que pudiera reaccionar.—¿Qué haces? —alcanzó a preguntar Yiu-yin, frunciendo el ceño sorprendido.
No le di tiempo de responder ni de levantarse. Me incliné sobre él, lo tomé con fuerza por la solapa de la camisa y corté la distancia entre los dos.—Demonio… —susurré contra sus labios.
Y lo besé.
Fue un beso impulsivo, salvaje y hambriento, lleno de todo el despecho y la pasión guardada durante años. Al principio se quedó rígido por la sorpresa, pero apenas un segundo después, escuché un leve gruñido salir de su garganta. Sus manos, antes inmóviles, subieron rápidamente a mi cintura, tomándome con posesividad y pegándome más a él, devolviéndome el beso con la misma intensidad desesperada.
Por un momento el mundo desapareció. Ya no había empresa, no había rencores, no había mentiras ni pasados dolorosos; solo éramos él y yo consumiéndonos como el primer día. Cuando finalmente nos separamos por falta de aire, nuestras frentes quedaron juntas, sintiendo los latidos desbocados de nuestros corazones.
Me separé de golpe, tratando de recuperar el aliento y la compostura mientras me acomodaba la ropa, viendo cómo sus labios lucían manchados con mi labial rojo y sus ojos brillaban con una mezcla de desconcierto y deseo puro.
Le dediqué una sonrisa desafiante, levanté la barbilla y di media vuelta hacia la puerta.
—Que tenga un buen día de trabajo, señor Yiu-yin —dije antes de salir de la oficina, dejándolo completamente paralizado en su asiento.
Salí corriendo de esa oficina como si me persiguiera el mismo demonio. Los tacones resonaban apresurados contra el piso del pasillo mientras mi corazón amenazaba con salírsele del pecho. Crucé la puerta del baño de empleados, me encerré de golpe y me apoyé de espaldas contra la madera fría, tratando de recuperar desesperadamente el aliento.
Me acerqué al espejo con las manos temblorosas. Tenía las mejillas encendidas y los labios ligeramente hinchados, con el labial rojo corrido por la fuerza de ese beso.
—¿Qué demonios me pasó? —me dije en un susurro, mirándome fija a los ojos en el reflejo—. ¿En qué estabas pensando, Naer?
Me pasé las yemas de los dedos suavemente por la boca. La sensación de sus labios carnosos contra los míos todavía me quemaba la piel. Tenía que admitirlo: así se sentía ser besada de verdad, con esa pasión desmedida y ese hambre contenida que me dejó sin aliento. Pero no podía permitirme perder el piso. No ahora.
—Contrólate, Naer, por favor —me exigí con firmeza, abriendo el grifo para mojarme la cara con agua helada—. Este es solo el comienzo de nuestra venganza. No viniste a caer de nuevo a sus pies como una tonta, viniste a desestabilizarlo a él.
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Editado: 11.09.2026