De nuevo a ti ¡querido!

Capitulo cinco:Naer

Apenas entré al área de pasantes por la mañana, un bullicio insólito me dio la bienvenida. Sobre las mesas ejecutivas no había carpetas ni informes de contabilidad, sino catálogos de lujo, muestras de telas finas y vestuarios de época. Min-jun me abordó a toda prisa con los ojos brillando de la emoción.

—¡Naer, por fin llegas! —exclamó tomándome de los hombros—. La orden vino directamente de arriba. La cena de esta noche con los inversionistas de la división de moda no será una cena aburrida de negocios. Como estamos en pleno octubre, la junta directiva aprobó una mascarada de alta costura inspirada en cuentos de fadas y realeza medieval. ¡Nos toca vestirnos temáticos!

Sonreí de medio lado, adivinando la jugada. Así que esta era la sorpresa de Yiu-yin. Sabía perfectamente que el "demonio" había ordenado nuestra presencia para tenerme corriendo en tacones y viéndolo pavonearse frente a todos.

Nos enviaron al almacén exclusivo de vestuario de la división de moda para elegir nuestros atuendos. Mientras los demás buscaban capas aparatosas y vestidos enormes, yo me fui directamente a la sección de clásicos de diseñador. Y entre tantas opciones ostentosas, vi una pieza campesina de alta costura que me robó el aliento.

Era el icónico atuendo de la Princesa Aurora cuando vivía como campesina en el bosque (la versión folclórica de La Bella Durmiente): una blusa crema de mangas abullonadas, un corsé negro acordonado ajustado con bordados dorados, una falda en capas gris y crema con encajes delicados en el dobladillo y una vincha en el cabello. Era elegante, atemporal, favorecía mis curvas y tenía ese aire entre humilde y majestuoso que me fascinó.

—Ese vestido es una joya vintage, Naer, te vas a ver increíble —dijo Min-jun admirándolo.

—Si el CEO quiere un cuento de fadas, le voy a dar una heroína inolvidable —respondí acariciando la tela.

Lo que no imaginaba era que el destino nos jugaría una broma todavía más pesada a los dos exesposos.A las ocho de la noche, el gran salón del Hotel Grand Hyatt de Seúl lucía espectacular. Lámparas de cristal, máscaras y la élite empresarial vestida de gala. Yo estaba junto a la barra de champaña acomodándome la cinta del cabello cuando las puertas principales del salón se abrieron de par en par.

Un murmullo recorrió el lugar. Se me cortó la respiración.

Allí estaba Junji Yiu-yin. Y el maldito se veía ridículamente imponente. Lucía el traje exacto del Príncipe Felipe cuando vaga por el bosque: un chaleco de cuero labrado en tono marrón rojizo sobre una camisola de cuello alto, mangas oscuras entalladas y botas altas. Parecía salir directamente de una pintura medieval.

Nuestras prendas encajaban a la perfección. La princesa campesina y el príncipe del bosque. Sin haber hablado una sola palabra, el color y el concepto de nuestros trajes combinaban como si hubiéramos sido creados el uno para el otro.

Nuestros ojos se encontraron a través del salón. Pude ver la clara sorpresa en la cara de Yiu-yin al notar la coincidencia. Pero la sorpresa le duró un segundo. A su lado, colgada de su brazo como un accesorio de lujo, venía Min-ahji, vestida como una reina ostentosa llena de joyas brillantes.

Al percatarse de cómo armonizaban los trajes de Yiu-yin y el mío, Min-ahji fruncio el ceño con una rabia disimulada. Para marcar territorio, le acomodó la solapa a Yiu-yin y le susurró algo al oído rozándole la mejilla con los labios. Yiu-yin no se apartó; al contrario, le sonrió de medio lado y le ofreció el brazo, clavando su mirada calculadora en mí.

Un ardor amargo me quemó la garganta. La sangre me hirvió en las venas de pura furia. ¿Conque esas tenemos, demonio?

—Naer, estás preciosa... ¿me concedes esta pieza? —escuché a mi lado.

Era Min-jun, vestido con un traje clásico de príncipe en tono azul. Me miraba con una devoción sincera.

—Claro que sí, Min-jun —dije levantando la voz lo suficiente para que la mesa de honor me escuchara.

Tomé la mano de Min-jun y fuimos directo al centro de la pista de baile. Sonó un vals lento. Me pegué al pecho de Min-jun, dejándome llevar por la música mientras reía coquetamente con él, asegurándome de pasar justo al lado de Yiu-yin y Min-ahji.

Desde la esquina de mi ojo vi cómo la mandíbula de Yiu-yin se tensaba hasta ponerse rígida. Sus manos apretaron la cintura de Min-ahji con tanta brusquedad que la mujer casi pierde el paso. La mirada de Yiu-yin sobre Min-jun era tan asesina que juré que iba a prenderle fuego allí mismo.

A mitad de la pieza, las luces de la pista bajaron y la dinámica del baile cambió para que las parejas se intercambiaran. Fue un movimiento rápido de la multitud. Min-jun me soltó la mano para girar y, en un pestañeo, una mano grande, firme y cálida me sujetó por la cintura con un agarre de acero que me dejó sin aire.

El aroma a madera fina y sándalo me envolvió al instante.

Me encontré de frente contra el pecho del traje de Yiu-yin. Min-ahji había quedado atrapada bailando con Min-jun al otro lado de la pista, luciendo completamente descolocada.

—¿Te divertiste jugando a la campesina indefensa con min-jun? —me sopló Yiu-yin al oído con una voz baja, rasposa y cargada de celos puros.

—Muchísimo, señor CEO —respondí sosteniéndole la mirada con desafío, sintiendo cómo su mano en mi espalda me pegaba a su cuerpo sin dejar espacio entre los dos—. Aunque parece que a su majestad no le gustó la combinación de trajes. Qué coincidencia tan desagradable que parezcamos salidos del mismo cuento.

Yiu-yin me pegó aún más hacia él mientras girábamos lentamente bajo la luz tenue. Su respiración rozaba mi cuello con una posesividad brutal.

—No es una coincidencia, bruja... —susurró, hundiéndome los dedos en la cintura con rabia y deseo contenidos—. Sabías perfectamente qué concepto era esa línea. Pero si piensas que usar a Min-jun para darme celos va a funcionarte, estás jugando un juego en el que vas a salir perdiendo.




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