Las palabras de Min-ahji aún resonaban en las paredes de mi oficina con una arrogancia insoportable. Se creía con el derecho de amenazarme, de decidir sobre mi empresa y, lo que era peor, de pretender controlar el destino de Naer dentro de estas paredes.
Cuando dio el primer paso hacia la salida, creyendo haber obtenido una victoria táctica con su chantaje, hablé con una voz tan helada que detuvo sus tacones en seco.
—Te estás equivocando de personaje, Min-ahji —dije desabrochando el primer botón de mi camisa y mirándola con absoluta indiferencia.
Ella se giró despacio, frunciendo el ceño, descolocada por la calma en mi postura.
—¿De qué hablas, Yiu-yin?
—Hablas de "lo que hemos construido juntos" y de "nuestro futuro", como si entre tú y yo existiera algo más que una simple relación de trabajo —avancé rodeando mi escritorio hasta quedar a un par de metros de ella, cruzándome de brazos—. Déjame aclararte un par de cosas antes de que sigas haciéndote falsas ilusiones: yo jamás he estado enamorado de ti, ni lo estoy, ni lo voy a estar. Nunca te he dado pie para que pienses de otra manera.
A Min-ahji se le desencajó el rostro. La palidez reemplazó a su expresión de triunfo.
—Yiu-yin... nosotros somos los socios principales de esta división...
—Corrección —la interrumpí sin un gramo de piedad—: El socio principal y cofundador es tu padre, el señor Kang, no tú. Tú solo estás aquí ocupando una posición que tu familia financió. Y si crees que voy a dejarme chantajear con romper el acuerdo comercial, adelante. Ve y dile a tu padre que retire sus acciones. Buscaré nuevos inversionistas antes de que termine la semana. La empresa es mía, el control es mío y las decisiones las tomo yo.
—¡No puedes ser tan desconsiderado! —exclamó con la voz temblándole de rabia, apretando los puños a los costados—. ¡He estado a tu lado durante años! ¡Le he dedicado mi vida a esta compañía y a ti!
—Y te lo agradezco en el ámbito profesional —respondí con dureza—, pero no confundas lealtad corporativa con mis sentimientos personales. Y mucho menos te atrevas a tocar o involucrar a Naer en esto.
Min-ahji soltó una risa histérica, con las lágrimas de humillación asomándole en los ojos.
—¿Naer? ¿La exesposa que te abandonó en la miseria? ¿Aún la defiendes?
Me quedé en silencio un segundo. Clavé mis ojos en los suyos con una firmeza implacable y pronuncié las palabras que ni siquiera me había atrevido a confesarme a mí mismo en voz alta desde que ella regresó a mi vida.
—Sí. La defiendo porque, aunque me duela admitirlo y aunque ella me odie... me volví a enamorar de ella desde el primer segundo en que cruzó la puerta de esta empresa. Nunca dejé de estarlo. Así que ni se te ocurra ponerle un solo dedo encima o te juro que ni tu padre podrá salvarte de que te destruya en el mundo corporativo.
Aquello fue la gota que derramó el vaso. El orgullo de Min-ahji quedó hecho trizas frente a mis ojos. La mujer calculadora y elegante se transformó en un monstruo de furia pura. Me dedicó una mirada cargada de odio, dio media vuelta y azotó la puerta de mi oficina con un estruendo que retumbó en todo el piso ejecutivo.
(Narrado por Naer)
Estaba en el área de pasantes clasificando unos documentos de la nueva línea de ropa cuando escuché el portazo que provenía de la oficina del CEO. Levanté la vista justo a tiempo para ver a Min-ahji salir como una tromba, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre.
Min-jun, que estaba cerca de mi escritorio, dio un paso hacia ella preocupado. —¿Hermana? ¿Pasó algo con Yiu-yin?
Min-ahji lo ignoró por completo. Su mirada recorrió el espacio hasta dar directamente conmigo. En sus ojos ya no había la sutil arrogancia de siempre; había un veneno puro, directo y despiadado.
Caminó a paso firme hacia mi escritorio. Todos los pasantes guardaron un silencio sepulcral.
—Pasante Naer —dijo con una sonrisa falsa que daba escalofríos—, parece que tiene demasiado tiempo libre si se dedica a distraer a la directiva con sus tonterías. A partir de hoy, usted se encargará personalmente del inventario físico del almacén subterráneo tres.
Min-jun frunció el ceño de inmediato. —¿El subterráneo tres? Pero Min-ahji, ese almacén está abandonado, lleno de polvo y las carpetas ni siquiera están digitalizadas. Eso no le corresponde a una pasante de moda...
—¡Le corresponde a quien yo diga que le corresponde! —le gritó a su propio hermano, dejándolo atónito—. Y quiero todo el inventario físico organizado, etiquetado y digitalizado para mañana a las ocho de la mañana. Sin ayuda de nadie. Si falta un solo documento o una sola muestra de tela, estará despedida por incompetencia.
Se giró hacia mí, inclinándose ligeramente sobre mi escritorio para soplarme al oído mientras los demás no miraban: —Aprende tu lugar, aparecida. A ver si te quedan ganas de seguir jugando a la reina cuando estés enterrada entre cajas y polvo.
Se dio la vuelta y se alejó con los tacones resonando furiosos hacia el ascensor.
Me quedé rígida en mi asiento, apretando los puños debajo del escritorio hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Min-jun se acercó angustiado a pedirme disculpas por el comportamiento de su hermana, pero yo apenas podía escuchar sus palabras.
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Editado: 01.10.2026