Sentado tras el escritorio de mi despacho, era incapaz de concentrarme en la pantalla de la laptop. Tenía los ojos clavados en la pared de cristal que daba al área de los pasantes.Allí estaba Naer. Llevaba una chaqueta ligera intentando cubrirse, pero el temblor en sus hombros la delataba. Cada tanto se pasaba un pañuelo por la nariz, soltaba un estornudo sofocado y cerraba los ojos, claramente abrumada por un dolor de cabeza feroz. Pasar toda la noche en la humedad, el moho y el aire helado del almacén subterráneo tres le había pasado factura: tenía una gripe terrible y la fiebre le estaba encendiendo las mejillas.Verla así, débil por fuera pero sosteniendo esa terquedad absurda de no pedir ayuda ni irse a casa, me revolvía el estómago. La rabia y la angustia me quemaban por dentro.
No aguanté más. Me puse de pie de golpe, salí de mi oficina y caminé con paso firme hacia el despacho de Min-ahji. Entré sin tocar y cerré la puerta de un golpe seco que retumbó en las paredes.Min-ahji, que estaba revisando unos bocetos sobre su mesa, levantó la vista sorprendida, pero rápidamente compuso su típica sonrisa elegante.—Yiu-yin... qué sorpresa. ¿Pasa algo?
—¿Tiene que pasar algo para que me explique por qué enviaste a Naer a un almacén abandonado a respirar moho y polvo durante toda una noche? —le exigí con una voz helada, apoyando ambas manos sobre su escritorio y acorralándola con la mirada.La sonrisa de Min-ahji se desvaneció al instante, reemplazada por una mueca de fastidio.
—Ah, ¿se trata de la pasante otra vez? Por favor, Yiu-yin. Solo le asigné un trabajo de inventario que estaba pendiente. Es una empleada nueva, tiene que demostrar si sirve o no para esta empresa.—¡No me mientas en la cara, Min-ahji! —levanté la voz, dejando que toda la furia contenida saliera a la luz—. Ese almacén lleva tres años clausurado. Nadie trabaja ahí sin equipo de protección. La mandaste allí abajo por puros celos enfermos, sabiendo perfectamente las condiciones del lugar. Mírala cómo está ahora: apenas puede mantenerse en pie, está ardiendo en fiebre por tu capricho.Min-ahji soltó una risa amarga y se puso de pie, encarándome sin un gramo de culpa en los ojos.
—¿Celos? ¡Por supuesto que son celos, Yiu-yin! —exclamó con la voz temblándole de rabia—. ¿Qué esperabas? Descubro que la mujer que contrataste como pasante es tu exesposa, la misma que te destruyó en el pasado, y encima tengo que tragarme ver cómo la miras, cómo la defiendes y cómo me humillas a mí por ella.—Tu vida personal o tus inseguridades no te dan derecho a abusar de tu puesto para enfermar a un empleado —respondí apretando los dientes—. Te lo advertí ayer y te lo repito hoy: no vuelvas a ponerle un dedo encima ni a usar tu influencia contra ella. Si Naer se complica de salud por esto, voy a llevar este asunto directamente a la junta directiva, sin importarme que tu padre sea socio.
Min-ahji apretó los puños a los costados. Sus ojos brillaban con un veneno puro, desquiciado, totalmente consumida por el rechazo y la humillación.—Haz lo que quieras, Yiu-yin —me siseó a la cara, dando un paso hacia mí—. Pero te juro por lo más sagrado que no voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo regresas a sus pies. Esa mujer te abandonó y no merece estar en tu vida ni en esta empresa.Se acercó un milímetro más y pronunció cada palabra con una promesa escalofriante:
—Haré todo lo posible para que nunca estén juntos. Me voy a encargar personalmente de que cada día que ella pase en este edificio sea un infierno, y si tengo que destruirla a ella o a esta compañía para separarlos, lo voy a hacer. Grábatelo bien, Yiu-yin: nunca los dejaré ser felices.__La miré en absoluto silencio durante tres segundos eternos. La mujer calculadora se había convertido en una amenaza abierta.
—Inténtalo, Min-ahji —le respondí en un susurro peligroso—. Inténtalo y vas a descubrir de lo que soy capaz para protegerla.Di media vuelta y salí de su despacho azotando la puerta. El aire del pasillo me pareció puro en comparación con el veneno de esa habitación.
Al pasar frente al escritorio de Naer, vi cómo se le caía un lapicero de las manos temblorosas mientras intentaba escribir. Me detuve a su lado, ignorando las miradas de los demás empleados. Sin pedir permiso, extendí la mano y apoyé la palma de mi mano sobre su frente.Estaba hirviendo.—Recoge tus cosas, Naer —le ordené con una voz firme pero cargada de una preocupación que no pude ocultar—. Te vas a casa ahora mismo, y yo mismo te voy a llevar.
.....
Entré a mi despacho con la mandíbula apretada y la cabeza a punto de estallar. La amenaza de Min-ahji todavía resonaba en mis oídos, pero mi única prioridad en este instante era la salud de Naer. No podía verla desplomarse en medio de la oficina por la fiebre sin hacer nada.Presioné el botón del intercomunicador.
—Señor Kim, llame a la pasante Naer de inmediato a mi oficina. Dígale que es un asunto de extrema urgencia con los archivos del contrato —ordené con tono frío e imperioso.—En seguida, señor —respondió mi secretario.Era una mentira descarada. No había ningún contrato pendiente, pero conocía el orgullo de Naer: si la citaba por trabajo vendría corriendo, pero si la llamaba para ofrecerle ayuda, se negaría en el acto.
A los dos minutos, la puerta de mi despacho se abrió. Naer entró arrastrando los pies, pálida como un papel, con los ojos vidriosos por la fiebre y respirando con dificultad. Intentaba mantener la postura firme, pero el temblor en sus manos la traicionaba.—¿Qué ocurre, señor Yiu-yin? —preguntó con la voz rasposa—. El secretario Kim dijo que era urgente.
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Editado: 01.10.2026