De nuevo a ti ¡querido!

capitulo ocho :Naer

Naer....

Me dolía hasta respirar. El dolor de cabeza me martilleaba las sienes con una intensidad feroz y sentía que la piel me ardía. El aire helado, la humedad y el polvo del almacén subterráneo tres me habían destrozado la salud; tenía una gripe terrible y la fiebre me abrasaba.

Aun así, me mantuve firme en mi escritorio. Me cobijé con una chaqueta ligera, ahogando los estornudos en un pañuelo y apretando los dientes cada vez que se me caía el bolígrafo de las manos temblorosas. Ni loca le daría a Min-ahji el gusto de verme pedir piedad o abandonar mi puesto.

De pronto, escuché el eco sordo de un portazo lejano que venía del despacho de Min-ahji. Unos segundos después, unos pasos firmes retumbaron en el pasillo. Era Yiu-yin. Caminaba con la mandíbula apretada y una tormenta oscura en la mirada. Al pasar junto a mi escritorio, se detuvo en seco. Sin pedirme permiso, extendió la mano y apoyó la palma sobre mi frente.

Su tacto se sintió cálido, casi reconfortante en medio de mis escalofríos, pero me aparté de inmediato.

—Recoge tus cosas, Naer —ordenó con una voz firme, pero con un tono de preocupación latente que intentó disfrazar—. Te vas a casa ahora mismo, y yo mismo te voy a llevar.

Lo ignoré por completo, bajando la vista a mis papeles. Poco después lo vi entrar a su despacho. No pasaron ni dos minutos cuando el teléfono de mi escritorio sonó. Era el secretario Kim notificándome que el CEO exigía mi presencia de emergencia en su oficina por un asunto urgente sobre un contrato.

Gimiendo de frustración, me puse de pie arrastrando los pies. Apoyé la mano en la pared para no perder el equilibrio y caminé hasta su despacho.

Al entrar, pálida y sin fuerzas, le pregunté con la voz rasposa qué era lo tan urgente. En lugar de mostrarme ningún documento, Yiu-yin sacó del cajón una bolsa repleta de medicamentos para la gripe, té caliente y un termómetro, dejándolos caer sobre la mesa.

—Tómate esto. Y después te vas a tu casa —dijo con calma.

La rabia me encendió por dentro más que la propia fiebre.

—¿Es una broma? —siseé, sujetándome del respaldo de una silla—. No necesito nada que venga de ti. Guárdate tu falsa compasión, Yiu-yin. No voy a recibir medicinas de mi enemigo.

Él intentó razonar, pero la altivez con la que actuaba me superaba. Le grité que prefería desplomarme allí mismo antes que aceptarle un solo dulce. Fue mi error. Vi cómo su paciencia se agotaba por completo.

—Bien. Si no quieres por las buenas, será a mi manera —sentenció.

Antes de que pudiera reaccionar, rodeó el escritorio, me tomó con firmeza del brazo, agarró mi bolso y me arrastró fuera. Intenté liberarme protestando en murmullos para no llamar la atención, pero me llevó directamente a la Salida de Emergencia y al ascensor privado del CEO.

Nos descolgamos hasta el estacionamiento subterráneo VIP. Me metió en el asiento del copiloto de su auto y activó el seguro central antes de que pudiera tocar la manija. Me amenazó con cargarme en hombros por toda la recepción si intentaba bajarme. Destrozada y sin energía para luchar, le mejé caer de cabeza contra el asiento, le di la dirección de mi edificio y cerré los ojos.

Veinte minutos después, el auto se detuvo.

Yiu-yin bajó, me abrió la puerta y me sostuvo de la cintura para ayudarme a caminar. El calor de su cuerpo atravesaba mi ropa y, aunque mi orgullo quería empujarlo, mis piernas sencillamente no respondían. Apoyé parte de mi peso en su hombro mientras subíamos torpemente las escaleras hacia el segundo piso.

Sacó las llaves de mi bolso, abrió la puerta y me impulsó suavemente hacia el recibidor.

—Ya llegamos, entra —murmuró.

Fue en ese preciso instante cuando mi corazón se detuvo de golpe. El dolor de cabeza y la fiebre desaparecieron de mi mente, reemplazados por un pánico puro y helado. Desde el pasillo interior se escucharon unos pasos rápidos.

—¡Mamá! ¡Ya llegaste! —gritó la vocecita alegre de Thiago.

Mi hijo de cinco años apareció corriendo en la entrada, sosteniendo un dinosaurio de plástico. Se frenó en seco al verme tambaleante y al notar la presencia del hombre alto que estaba detrás de mí.

Thiago lo miró fijamente. Un silencio sepulcral y aterrador se apoderó del espacio. Yiu-yin se le quedó viendo a mi hijo, observando esos ojos grandes y oscuros, esa pequeña curva en los labios que era un reflejo exacto de los suyos cuando era niño. Por un segundo eterno, sentí que el mundo se derrumbaba y que mi mayor secreto había quedado expuesto.

El terror me dio una inyección de adrenalina. Inmediatamente me puse delante de Thiago, cubriéndolo con mi cuerpo débil y tembloroso para interponerme entre ellos.

—Señor Yiu-yin... por favor, vete ya —supliqué con la voz ahogada por el pánico, visiblemente tensa.

Mi mejor amiga salió de la cocina a toda prisa, con la cara desencajada al reconocer al hombre parado en nuestro umbral. Yiu-yin, sin embargo, parecía completamente ajeno a mi tormenta interna. Le pidió a mi amiga que me cuidara porque estaba volando en fiebre, miró al niño una última vez —asumiendo erróneamente que era hijo de mi amiga o un familiar de la casa— y se concentró únicamente en sus guerras de poder.




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