De nuevo a ti ¡querido!

Capitulo diez: Naer

Llegué a mi departamento con el estómago hecho un nudo, buscando desesperadamente un refugio entre cuatro paredes. Lo primero que hice fue correr a abrazar a mi pequeño, absorbiendo su aroma dulce a jabón infantil y apoyando la frente en su hombrito. Ese abrazo era mi única ancla a la realidad, lo único que me recordaba por quién estaba luchando. Él me miró con esos enormes ojos oscuros —tan ridículamente parecidos a los de Junji que a veces me quemaba el alma contemplarlo— y sonrió antes de volver a concentrarse en sus juguetes.

A las seis y media de la tarde, me encerré en la habitación y me detuve frente al espejo de cuerpo entero.

Si Junji quería obligarme a jugar el rol de la subordinada perfecta en esa cena de negocios, lo haría, pero no le regalaría la satisfacción de verme rota ni apagada. Abrí el armario y elegí cuidadosamente mi armadura para la noche: un hermoso vestido estilo vintage de corte strapless en un profundo color vinotinto, estampado con delicadas flores oscuras que le daban un aire nostálgico, elegante y sumamente femenino. El escote dejaba al descubierto mis hombros y clavículas, marcando mi figura con una sofisticación sutil pero firme.

Para protegerme del aire frío de la ciudad y marcar una barrera, me puse encima un saco largo de color negro, de corte impecable y estructurado, que caía con elegancia sobre el vestido. Completé el conjunto con unas sandalias de tacón en color negro brillante que estilizaban mis piernas y hacían resonar cada uno de mis pasos sobre el suelo. Me recogí el cabello en un peinado pulido que dejaba ver mi cuello y me apliqué un labial a juego con el tono vinotinto del vestido.

Me miré al espejo una última vez, ajustando las solapas del saco negro. La mujer que me devolvía la mirada no era la pasante indefensa que él pretendía acorralar en Enterprise; era una madre dispuesta a proteger su libertad a toda costa.

—No voy a permitirlo —murmuré para mí misma, apretando los puños contra la tela del saco—. Dejo de llamarme Naer si me rindo ante ti otra vez, Junji Yiu-yin.

El sonido vibrante del teléfono sobre la peinadora me hizo dar un brinco. Un nuevo mensaje iluminó la pantalla.

Junji Yiu-yin: El coche pasará por ti a las siete para la cena de los inversores. Ponte algo elegante. Y Naer... no intentes ponerme excusas. Sé perfectamente dónde estás.

Apreté los dientes, sintiendo cómo la rabia y el miedo luchaban en mi pecho. Estaba jugando conmigo, saboreando la ilusión de un control absoluto.

Puntual a las siete, la berlina negra de la presidencia de Enterprise se detuvo frente a mi edificio. El chófer bajó a toda prisa y me abrió la puerta en silencio.

Tomé aire, me aferré a la solapa de mi saco negro y subí al vehículo. Al cerrar la puerta, mi corazón dio un vuelco violento. Él ya estaba dentro.

Junji vestía un esmoquin a medida que lo hacía ver devastadamente atractivo. La tenue luz de las farolas de la calle se filtraba por las ventanillas tintadas, iluminando el perfil recto y marcado de su mandíbula. Su presencia llenaba todo el asiento trasero y el aroma de su perfume inundó mis sentidos de inmediato.

Sus ojos recorrieron lentamente mi figura, deteniéndose en el tono vinotinto de mi vestido, en mis hombros descubiertos bajo el saco abierto y en el brillo de mis sandalias.

—Te ves espectacular —dijo con esa voz grave y pausada, mientras me sostenía la mirada con una intensidad que amenazaba con derretir toda mi fuerza.

—Es solo ropa de trabajo, señor Yiu-yin —respondí, cruzando las piernas y mirando hacia la ventanilla opuesta, obligando a mi voz a sonar tan fría y distante como el hielo.

Escuché el leve roce de la tela de su traje al moverse. De pronto, su mano grande y cálida se posó sobre la mía, que descansaba tensa sobre mi regazo. El contacto me quemó la piel. Quise apartarla de inmediato, pero su agarre se volvió firme, entrelazando sus dedos con los míos con una suavidad dominante que me dejó sin aliento.

—Deja de actuar, Naer —murmuró, inclinásndose hacia mí lo suficiente para que la sombra de su cuerpo me cubriera por completo—. Sé que sientes cómo tiemblas cada vez que te toco. Sé que estás contando los días para huir, pero te juro por lo más sagrado que cuando este mes termine, no vas a subir a ningún avión. Ni tú, ni nuestro hijo.

....

Me giré de golpe para encararlo, sintiendo cómo el aire dentro del vehículo se volvía cada vez más denso. La cercanía de Junji era una presión física constante; podía sentir el calor que emanaba de su pecho y la fuerza contenida en la mano que aprisionaba la mía contra el asiento de piel.

—No te atrevas a mencionarlo —siseé entre dientes, sosteniéndole la mirada a pesar de la tormenta que me desgarraba por dentro—. No tienes ningún derecho sobre él. Lo crié sola mientras tú te dedicabas a construir tu imperio en Enterprise. Durante cinco años no estuviste ahí cuando tuvo fiebre, cuando dio sus primeros pasos o cuando aprendió a decir su primera palabra. Para él, tú no existes.

Un destello de dolor casi imperceptible cruzó por sus ojos oscuros, pero la rigidez de su rostro no cedió ni un milímetro. En lugar de soltarme, apretó un poco más sus dedos entrelazados con los míos, obligándome a sentir la firmeza de su pulso.

—Y no hay un solo día de mi vida en el que no me arrepienta de eso, Naer —contestó con una voz baja, rasposa y tan cargada de verdad que me hizo un nudo en la garganta—. Pero no voy a permitir que me castigues usando a nuestro hijo como escudo. Si tengo que pasar el resto de mi vida pidiéndote perdón y demostrándote que cambie, lo haré. Pero no lejos de ustedes.




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