De nuevo a ti ¡querido!

Capitulo doce : Naer

El receso de la reunión estratégica se declaró con un murmullo generalizado entre los ejecutivos. El ambiente en la sala de juntas seguía estando cargado de una tensión opresiva. Yo estaba apoyada a un lado del gran ventanal, sosteniendo entre mis manos el vaso de café helado que el señor Park me había traído minutos antes.

A mi lado, Park se mantenía a una distancia respetuosa pero cercana, sonriéndome de forma relajada y hablándome con esa caballerosidad atenta que parecía diseñada específicamente para sacar de quicio al CEO de Enterprise.

—Debo confesar, Naer, que verte desenvolver la estrategia frente a la junta ha sido fascinante —dijo Park, inclinándose un poco para que su voz no se dispersara en el salón—. Si el ambiente en Enterprise resulta demasiado asfixiante, mi oferta para llevarte a la división internacional sigue en pie. Y te aseguro que allí no tendrás que aguantar miradas fiscalizadoras.

Dejé escapar una risa suave, ladeando la cabeza y dando un sorbo a mi café.

—Aprecio mucho sus palabras, señor Park —respondí, asegurándome de mantener un tono cálido y fluido—. Siempre es refrescante tratar con alguien que valora el trabajo sin imponer barreras corporativas.

Sabía perfectamente que Yiu-yin nos observaba. Desde el otro extremo del salón, de pie junto a la mesa principal, fingía escuchar a los representantes financieros, pero su mirada oscura estaba clavada en nosotros dos como un par de dagas.

A pocos metros de él, la hermana de Min-jun —deslumbrante en su traje de alta costura— se ajustaba el cabello y caminaba hacia Yiu-yin. Cuando llegó a su lado, le tocó suavemente la manga del saco y le dijo algo al oído con una sonrisa cómplice.

Esperaba que Yiu-yin utilizara esa interacción para devolverme el golpe, como solía hacerlo. Pero esta vez, el veneno de los celos no le dio espacio para calcular ninguna jugada.

Vi el preciso instante en que Yiu-yin perdió por completo el control.

Sus ojos pasaron de la risa que yo le dedicaba a Park al vaso de café en mis manos, y luego al brazo de Park que casi rozaba el mío. La mandíbula de Yiu-yin se tensó con una violencia brutal. Ignoró por completo a la hermana de Min-jun en mitad de su frase, dejándola con la palabra en la boca, y comenzó a caminar a pasos agigantados directamente hacia nosotros.

La hermana de Min-jun intentó dar un paso para seguirlo y llamarlo por su nombre:

—Yiu-yin, la revisión de los anexos todavía no—

—Ahora no —sentenció él sin siquiera volverse a mirarla, con una voz tan helada y tajante que cortó el aire del salón y dejó a la ejecutiva paralizada en su sitio.

Antes de que yo pudiera reaccionar o dar un paso atrás, la figura imponente de Yiu-yin ya estaba encima de nosotros. No dijo una sola palabra de cortesía. Su mano grande y firme se cerró alrededor de mi muñeca con la precisión de un grillete de acero, haciéndome soltar el vaso de café, que estuvo a punto de caerse sobre la alfombra si Park no lo hubiera atrapado en el aire.

—Nos retiramos. Ahora —ordenó Yiu-yin, con los ojos echando chispas de pura rabia contenida.

—Señor Yiu-yin, estamos en medio del receso de la junta —intervino Park, dando un paso al frente con el ceño fruncido para interponerse—. La señorita Naer estaba conversando conmigo.

Yiu-yin se giró hacia Park con una lentitud peligrosa. La tormenta en su rostro era tan oscura que hasta el propio Park dio un imperceptible paso atrás.

—La especialista Naer tiene una revisión urgente en la oficina de Presidencia —siseó Yiu-yin, bajando la voz a un tono grave que prometía la ruina de cualquiera que se interpusiera—. Y le sugiero, señor Park, que mantenga sus manos y sus propuestas lejos del personal clave de Enterprise si desea que su contrato siga en pie.

Sin darle tiempo a responder, Yiu-yin tiró de mi muñeca y comenzó a arrastrarme fuera de la sala de juntas.

—¡Yiu-yin! ¡Suéltame! ¿Qué te pasa? —protesté a viva voz, haciendo resonar el tacón de mis zapatos contra el suelo del pasillo mientras intentaba zafarme de su agarre inamovible.

Los empleados que se cruzaban en nuestro camino en el piso ejecutivo agachaban la cabeza o se pegaban a las paredes, impresionados por la escena. Yiu-yin no miraba a nadie; avanzaba a paso firme, con la respiración agitada y la vena de su cuello marcada por la ira.

Llegamos a su oficina privada. Me empujó suavemente hacia el interior, entró tras de mí y cerró la puerta de caoba con un portazo violento que retumbó en las paredes. Le pasó el seguro metálico con un chasquido sordo.

Me giré de golpe para encararlo, sobándome la muñeca roja por la presión de sus dedos y con la rabia ardiéndome en las entrañas.

—¡Eres un salvaje! —le grité, dando un paso hacia él—. ¿Cómo te atreves a dar semejante espectáculo frente a los inversores y frente a la hermana de Min-jun? ¡Arruinaste la reunión!

Yiu-yin se deshizo de la corbata de un solo tirón, arrojándola al suelo mientras avanzaba hacia mí como un depredador acorralando a su presa.

—¡Me importa un demonio la reunión, Park y la hermana de Min-jun! —bramó él, acorralándome contra la superficie fría de su escritorio de cristal—. ¡No voy a tolerar que le sonrías a ese imbécil en mi cara! ¡No voy a ver cómo te toca o cómo te ofrece llevarte lejos de mí!




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