¿de quién es el bebé?

7. Esa persona indispensable.

Esa noche para dormir a Camilo, Rubén se dedicó a dar vueltas con él en brazos por el salón. Pero aparte de acabar mareado de tanto paseo no consiguió nada. Camilo se negaba a dormir. 

— Te lo dije. — Habló Álvaro, sentado en el sofá y con el portátil encima de la mesa baja. — De haber comprado esa cosa de segunda mano te habrías ahorrado por lo menos quince euros. 

Rubén se acercó sin importarle eso demasiado. 

— No hay forma de que se duerma hoy. — Suplicó su ayuda y Álvaro lo miró. 

— ¿Le has sacado los gases y cambiado el pañal? — Álvaro palpó el pañal de Camilo para ver como estaba. 

— Lo he hecho, pero tiene las mismas ganas de fiesta que yo. 

— Otra señal más de que es tuyo y no mío. — Le dijo Álvaro y levantó los brazos. — Dámelo. — Rubén accedió encantado y Álvaro se acostó con la espalda en el respaldo y con Camilo en su pecho. — Hora de dormir… — Susurró al niño y lo intentó dormir dándole palmadas en el pañal. 

Rubén se sentó a su lado y adoptó su postura. 

— Estoy rendido. 

— ¿Mañana vuelves al trabajo? 

— Sí, entro a las nueve. — Miró a Camilo echado en el pecho de Álvaro. 

— Cuando consiga trabajo vamos a tener que ver lo qué hacemos con él. 

— Fácil, mi madre no trabaja y está todo el día en casa, ella cuidará de él. 

— ¿Le has preguntado si quiere hacerlo? 

— No. Pero es mi madre y Camilo puede ser su nieto. Para eso están las yayas, ¿no? — Respondió Rubén. — ¿Qué ha pasado con la vecina? — Cambió de tema y Álvaro miró a Camilo. 

— No puedo salir con una chica que tiene esos prejuicios sobre alguien indispensable en mi vida. 

Rubén sonrió y se giró de golpe en el sofá. 

— ¿Hablas de mí? No sabía que era indispensable. 

Álvaro lo miró serio. 

— ¿No soy indispensable para ti? Llevamos juntos desde el vientre de nuestras madres. 

Rubén apoyó la cabeza en su mano y pensó sobre ello. 

— Eres importante, pero indispensable… 

— Mañana mismo me disculpo con Irati. — Habló Álvaro serio y Rubén se rió. 

— ¡Qué tontito eres! — Le acarició la cabeza como a un perro y Álvaro la sacudió para que lo dejara en paz. — ¿En serio piensa tan mal de mí? 

— Tanto como para no querer coincidir nunca contigo. — Dijo Álvaro y entonó una sonrisa. — Es una pena, me gustaba. — Rubén le volvió a acariciar la cabeza en esa ocasión más suave y Álvaro suspiró. — No soy tu perro. 

— Tu pelo es suave. — Sonrió Rubén sin dejar de acariciarlo. — Me disculparé con ella, le diré que eres un buen tío con un amigo capullo. 

— No hace falta. — Álvaro le quitó la mano de su cabeza y Rubén insistió. 

— Quiero hacerlo por ti. Necesito hacerlo después de saber que soy indispensable en tu vida. 

— Voy a arrepentirme de haber dicho eso. — Lamentó Álvaro y miró a ver si Camilo seguía despierto. Sus ojos estaban cerrados y una de sus manos aferrada a su camiseta, esperaba que no se despertara al dejarlo en la cama. 

Cuando dejó a Camilo en la cama se acercó a Rubén que estaba en la puerta. 

— Mañana duerme contigo. — Le dijo Álvaro. 

— ¿No tendríamos que comprar una cuna o algo? Somos grandes y estamos fuertes, bueno, uno más que el otro. — Le dijo Rubén tocándole la barriga y Álvaro lo golpeó en el hombro. 

— Para, imbécil. 

Rubén se rió. 

— No, en serio. Tengo miedo de aplastarlo cuando duerme conmigo. 

Álvaro suspiró. 

— He mirado de segunda mano pero también las venden caras. Doscientos mínimo, no tengo trabajo y no puedo hacerles ese gasto a mis padres. 

— La pago yo. — Le ofreció Rubén. — Si es mío, bien, y si al final resulta que es tuyo, será mi sobrino y estará bien también. 

— ¿Cuánto cobras en el gimnasio? 

— Mil doscientos. — Álvaro puso cara de estresado y Rubén lo agarró de un brazo y lo sacó al salón. — No te agobies. Lo hacemos así y cuando tengas dinero me das la mitad. 

— No. Solo dices eso porque al final siempre terminas dejando pasar la mitad que te debo por todo. Me lo hago, pero no soy idiota. 

— Entonces puedes pagarme limpiando este mes tú solo el piso. — Le propuso y le frotó el cabello. 

Álvaro inclinó la cabeza para frenar su caricia y asintió a su propuesta. 

— Hagamos eso. Total, siempre acabo limpiando más que tú. — Dijo y recuperó la rigidez de su cabeza. — Pero elijamos la más barata. 

— Te hago una transferencia y te encargas. — Contestó Rubén. 

La cuna de segunda mano les llegó dos días después y Rubén que cargaba con Camilo no lo vio del todo bien.  

— Al menos está limpia. — Dijo Rubén. 

— Ya he quedado con mi padre para arreglarla. — Respondió Álvaro tocando la cuna, la madera estaba vieja y la pintura desconchada, señal de que la familia que se la había vendido le había dado mucho uso.

— ¿Y cuánto te has ahorrado? 

— He pagado ciento cincuenta por ella. — Sonrió Álvaro. — Mi padre pondrá la pintura, el barniz y la mano de obra. 

— Luego te quejas de que yo quiera que mi madre cuide de Camilo, pero tú pones a tu padre a trabajar en sus horas libres. 

— No es lo mismo, yo le ayudaré. — Álvaro se acercó a él y le quitó a Camilo de los brazos. — No ibas al gimnasio. 

— Sí. — Rubén les tocó a los dos la cabeza. — Sed buenos sin mí. — Recogió su mochila del suelo y se paró a mirar a Álvaro. — ¿Vamos a ir a beber con esos? Aún no he respondido en el grupo. 

— Podemos, aunque no hasta tarde por Camilo. 

— ¿Por qué no lo dejas en casa con tu madre solo por hoy? Aún no hemos celebrado que hemos acabado las carreras. 

Álvaro sonrió. 

— No. Y te recuerdo que estuviste celebrando todo un fin de semana después de la graduación. 

— Entonces déjalo en casa de mis padres. Llamaré a mi madre para avisarla. — Rubén se colgó la mochila en un hombro y le agarró a Camilo los mofletes. — A Camilo le gustará pasar la noche con su abuela. — Habló con voz juguetona. 



#987 en Novela romántica
#366 en Chick lit

En el texto hay: romance, drama, gay

Editado: 17.05.2024

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.