¿de quién es el bebé?

16. Favores que no haría un amigo.

Mientras su madre atendía en la frutería, Álvaro veía como Camilo se llevaba toda la atención de las clientas. Reclamando a mamá Margaret por no haber contado antes que tenía un nieto tan adorable. También dijeron que Camilo era igual de guapo que su papá y Álvaro sintió tristeza porque ya sabía que Camilo no era hijo suyo. 

Era como si de pronto se lo arrancaran de los brazos, aunque aún lo tuviera en ellos. 

— Te va a doler la espalda por llevarlo todo el día en esa mochila. — Le dijo su madre cuando caminaban a casa. 

— No pesa tanto. — Respondió Álvaro, con una mano en la espalda de Camilo y mirando su carita. — Y a Camilo le gusta estar cerca. 

Margaret sonrió. 

— La verdad es que mis clientas tienen razón, es muy guapo. 

Álvaro miró a su madre con sorpresa, era la primera vez que la oía decir algo de Camilo que sonara positivo. 

— Creía que lo odiabas. — Musitó Álvaro. 

— ¿Cómo voy a odiar a un bebé? — Se puso Margaret seria. — Lo que pasa es que me preocupa tu futuro y el de él si es tuyo. Habría venido a caer a una familia sin grandes recursos económicos y encima a falta de una madre. 

— No la necesita. Como dice Rubén, ¿qué desalmada deja a su hijo en una puerta y se va? 

— En eso no te falta razón… Tu padre y yo pasamos apuros cuando naciste, los gastos se multiplicaron y el dinero no cundía, pero nunca habríamos hecho algo así. — Margaret se paró en un cruce de calle y sonrió a su hijo. — Gracias por venir a la frutería, aunque hayas hecho poco. Ahora vete a casa antes de que oscurezca, los bebés no deben de estar en la calle tan tarde. 

— Te acompaño hasta casa. 

— No hace falta. 

Álvaro vio sonreír a su madre y caminar después sola por la calle que llevaba a casa.  

Rubén estaba guardando la compra cuando Álvaro llegó a casa con Camilo. 

— Hola. — Dijo Rubén. Álvaro soltó por la boca solo un ruido como saludo. — ¿Qué pasa? — Se extrañó y caminó hasta ellos. 

— Nada. Solo estoy cansado. — Respondió Álvaro, abriendo el portabebés y sacando a Camilo. 

Rubén lo ayudó cargando con el niño y Álvaro fue hasta el sofá donde soltó el portabebés. 

— He comprado pollo asado y también pimientos. ¿Comemos o nos encargamos primero de Camilo? — Rubén sonrió a Camilo y al mirar a Álvaro lo vio tendido en el sofá boca abajo. — ¿Qué te pasa? 

— Solo quiero dormir y no despertar en una semana… — Musitó Álvaro. 

Rubén sonrió. 

— Entonces duerme un rato. Voy a lavar a Camilo y a darle su biberón antes de acostarlo. 

Álvaro se cubrió la cabeza con los brazos y Rubén, que lo notó extraño, le dejó estar solo un rato mientras se ocupaba de Camilo. 

— Todo es tan injusto… — Se quejó Álvaro cuando se quedó solo en el salón. 

Rubén no lo molestó hasta que Camilo estaba ya durmiendo en su cuna. 

— Eh. — Lo llamó Rubén, parado frente al sofá. — Vamos a comer. El pollo ya está frío. 

— Comer tú. — No quiso Álvaro y Rubén se sentó en la mesita baja. 

— ¿Tienes un mal día? — Le preguntó, acariciando su cabeza. 

— Rubén, no quiero hablar. 

— Entonces comamos. 

— Tampoco quiero comer. 

— ¿Quieres tener sexo? — Propuso Rubén y sonrió cuando Álvaro levantó la cabeza mirándolo. — Eso sí. 

— No me vendría mal. 

Rubén se tiró al suelo sobre sus rodillas y fue directo con su boca a la boca de Álvaro. 

— Liberaré la presión por ti. — Le susurró en la boca. 

Álvaro se incorporó en el sofá y su espalda chocó con el respaldo cuando Rubén se subió encima de él, besándolo en la boca y acariciando su cuerpo por debajo de la camiseta. Fue su mano diestra la que se deslizó más abajo que nunca y entró a través del pantalón de Álvaro. Aquella sensación fue nueva también para Rubén, era la primera vez que tenía en la mano otro miembro viril que no fuese el suyo. 

— ¡Joder! — Gozó Álvaro y echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras Rubén le hacía olvidar todo lo malo de ese día. 

Álvaro salió de su habitación sin hacer ruido para no despertar a Camilo, se había duchado y puesto un pijama. 

Rubén estaba en la cocina comiendo pollo y vio a Álvaro acercarse a beber un vaso de agua. 

— ¿Mejor ahora? — Le preguntó Rubén. 

Álvaro lo miró mientras bebía el agua y observó las manos de Rubén llenas de la grasa y el aceite del pollo. 

— ¿Te has lavado las manos? — Le preguntó. Luego dejó el vaso en la encimera y se quedó mirándolo. — Gracias, estaba pensando demasiado. 

— De nada. Ha sido un placer.

— Más para mí. — Sonrió Álvaro. 

— Esperaré mi momento. 

Rubén se llevó a la boca un trozo de pollo y Álvaro se acercó. 

— Déjame algo, me muero de hambre. 

— Abre la boca. — Rubén le acercó a la boca un trozo de pollo y Álvaro se lo comió. — Buen chico. — Lo felicitó Rubén con una sonrisa y le pasó un brazo por encima de los hombros. 

Álvaro le dio una codazo en el costado, aunque eso no evitó que Rubén lo agarrara de la mandíbula y le diera un beso en la boca. 

— Me vas a poner pringoso. — Se quejó Álvaro. 

— Nos duchamos juntos, te lavaré la espalda. — Rubén no alejó su boca y Álvaro se rió. 

— La ducha es pequeña, no cabemos. 

Álvaro echó su cabeza atrás y Rubén apoyó entonces la suya en su hombro. 

— ¿Dormimos juntos esta noche? — Le preguntó. Álvaro solo negó y Rubén puso cara de pena. — Eres tan amargado. — Se incorporó alejándose de él y Álvaro no dejó de mirarlo. 

— Cuando nos separamos hoy te vi hablando con una chica… — Comentó Álvaro. 

— ¿Cuándo? 

— Después de comer, frente al bar. 

— Ah. — Rubén lo miró. — Brenda es miembro del gimnasio y he sido su entrenador, ¿qué pasa con ella? 

Álvaro negó. 

— Pensé que te habías conseguido un nuevo ligue. 

— Tengo un nuevo ligue… — Admitió Rubén y se giró hacia él. — Está delante de mí ahora mismo. 



#790 en Novela romántica
#297 en Chick lit

En el texto hay: romance, drama, gay

Editado: 17.05.2024

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.