¿de quién es el bebé?

22. El vecino de abajo.

— ¿Qué le dirás exactamente? — Preguntó Rubén a Álvaro. 

Los dos, con Camilo en brazos de Rubén, estaban parados frente a la puerta del piso de su vecino de abajo. 

— La verdad. — Respondió Álvaro mirándolo. — Que nos dejaron a Camilo en la puerta de nuestro piso y que… 

— ¿Qué tiene eso que ver conmigo? — Oyeron, y se giraron viendo a Fernando vestido de traje de tres piezas y con la llave de su piso en la mano. 

— Creemos que se equivocaron… 

Rubén agarró el brazo a Álvaro para callarlo. 

— ¿Estás seguro? — Le preguntó Rubén. 

Álvaro se soltó de él y miró a Fernando. 

— ¿Podemos pasar y hablar? — Le pidió. 

Fernando observó la llave en su mano. 

Aunque vivían en el mismo edificio, su piso y el de su vecino eran completamente diferentes. Había sido reformado, solo disponía de una habitación y su decoración era bonita y cara. 

Rubén se sentó sobre el sofá de cuero negro y miró a Álvaro que hizo lo mismo. 

— Os ofrecería algo de tomar, pero me apetece que os vayáis pronto. — Habló Fernando, dejando un maletín de trabajo en un sillón y abriendo los botones de su chaqueta. 

— Creemos que por error dejaron a Camilo en nuestra puerta y que lo que realmente querían era dejarlo frente a la suya. — Explicó Álvaro. 

Rubén besó a Camilo en la cabeza, estaba nervioso y su pie se movía inquieto. 

Fernando observó al crío y su cara cambió. Suspiró pesadamente y les asintió a los dos. 

— Esperaba que no fuese así. 

— ¿Qué? 

— El niño es mío. Su madre me envió un mensaje diciendo que había dejado al crío conmigo y no entendí a qué se refería. Esa noche, subí a quejarme porque un mocoso no me dejaba dormir y al veros, lo supe. 

— Lo supo y no dijo nada. — Se molestó Álvaro, poniéndose en pie y siendo agarrado de la mano por Rubén. 

— No lo quiero, su madre tampoco lo quiere, solo lo tuvo para joderme, dicho por ella misma. — Fernando se sentó en el sillón. — Pensé que podía librarme. 

— Impresentable. — Escupió entonces Rubén contra él y soltando la mano de Álvaro caminó hacia la puerta del piso. 

— Rubén. — Lo llamó Álvaro, que lo siguió y los dos salieron del piso. — Espera, no podemos irnos sin más. — Lo agarró del brazo y Rubén se soltó de él. 

— Ella lo tuvo para joderle y a él le importó poco dejar a su hijo con dos desconocidos. Podíamos haber sido malas personas. 

Álvaro volvió a agarrar su brazo y se acercó más a él. 

— Pero no lo somos. Camilo ha estado bien… — Le sonrió y Rubén respiró profundamente. 

— Me ha ardido la sangre. 

— Lo sé. Porque a mí también. 

— Volver dentro. Mi abogado está de camino. — Les habló Fernando desde la puerta de su piso. 

— Le daría un puñetazo. — Murmuró Rubén. 

— Yo también. — Sonrieron los dos. Álvaro cargó con Camilo y se giró después hacia Fernando. — Camilo tiene que bañarse y comer, cuando llegue su abogado suba a nuestro piso. Vamos. — Se dirigió al final a Rubén y fue hacia las escaleras. 

Fernando, su abogado y el ayudante de su abogado llegaron mientras Álvaro estaba bañando a Camilo. 

— Ahora viene. — Avisó Rubén a los tres hombres, los cuales habían ocupado el sofá. 

— Estoy perdiendo mi tiempo. — Musitó Fernando, con una pierna cruzada sobre la otra y usando su teléfono móvil. 

El abogado, que ocupaba el sitio central, miró a su cliente y después a Rubén. 

— Puede explicarme mientras tanto la situación. — Le pidió educadamente. 

— ¿No lo ha hecho él? — Preguntó Rubén, levantando un dedo para apuntar a su vecino. 

— Solo que posiblemente tengo un hijo y que no quiero tener escándalos públicos. — Apuntó Fernando y miró hacia atrás. — ¿Le queda mucho? Tenía planes. — Volvió a mirar a Rubén y después su teléfono. — ¡Esa maldita! — Maldijo a alguien. 

Álvaro terminó por salir del baño con Camilo envuelto en una toalla y se sentó el lugar libre que Fernando había dejado en el sofá al ponerse a andar ansioso por el salón. 

— Me presento. — Habló el abogado y le ofreció una tarjeta de presentación a Álvaro. — Soy Orlando Giménez, director jurídico del despacho de abogados Giménez. 

— Es mi abogado. — Abrevió Fernando. 

Álvaro agarró la tarjeta y se la pasó a Rubén. 

— ¿Y bien? — Preguntó entonces Álvaro. 

— Antes de dar cualquier paso lo primero será hacer una prueba de paternidad para asegurarnos de que el bebé es de Fernando. — Comunicó el abogado. 

Álvaro frotó a Camilo con la toalla mientras lo tenía abrazado para que no le diera frío. 

— Camilo se quedará con nosotros hasta que estemos seguros. — Dijo él. 

— Estamos de acuerdo. — Asintió Orlando. — De camino aquí ya he solicitado cita en una clínica privada para realizar la extracción de las muestras, ¿os viene bien mañana en la mañana? 

Álvaro miró inmediatamente a Rubén. 

— Acabo de empezar a trabajar, no puedo faltar. 

— Hablaré con Quero para no ir mañana y lo llevaré yo. — Le respondió Rubén. 

Orlando sonrió y se levantó. 

— Entonces, eso será todo por hoy. 

— Genial. Te espero a las ocho fuera, iremos en mi coche. — Avisó Fernando a Rubén y caminó hacia la puerta. 

El ayudante del abogado también se levantó y todos fueron hacia la puerta. 

— Una última cosa… — Orlando se giró hacia los dos y preguntó. — ¿Se han hecho una prueba de paternidad? 

Rubén asintió. 

— La de los dos ha salido sin coincidencia. — Respondió Rubén y Orlando asintió. 

— ¿Les importa que las vea? Solo para asegurarme de que son válidas. 

— Claro. 

Rubén le trajo la carta y el abogado se entretuvo en sacar las hojas del sobre y comprobar que fueran de una clínica legal. 

— ¿Has terminado? — Lo interrumpió Fernando. 

— Sí. — Orlando volvió a guardar las hojas en el sobre y se las entregó a Rubén. — Gracias. Que pasen una buena noche. 



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En el texto hay: romance, drama, gay

Editado: 17.05.2024

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