¿de quién es el bebé?

33. El que muerde la almohada.

Rubén con Camilo en brazos llamó al ascensor de la comunidad y miró a Álvaro que iba cargado de bolsas. 

— ¿No quieres que te ayude? — Le preguntó y Álvaro negó. 

Cuando el ascensor se abrió, Álvaro entró primero y Rubén lo siguió pulsando el botón de la segunda planta. 

— Mientras guardo las cervezas hazle el biberón a Camilo. — Le ordenó Álvaro al entrar en el piso. 

Rubén dejó la bolsa de Camilo en el sofá y caminó hasta la cocina. 

— ¿Tienes hambre? — Le preguntó a Camilo y éste hizo balbuceos. 

Álvaro sonrió viéndolo y pensó en el tema de la adopción. 

— Oye. 

Rubén, que le hacía carantoñas a Camilo, lo miró y Álvaro se acercó dejando la puerta de la nevera abierta. 

— ¿Qué? 

— No deberíamos pedirle a Fernando un seguro de que pasados dos años nos dará realmente a Cami en adopción. Imagina que viviendo bajo el mismo techo le toma cariño y decide que lo quiere… No tendremos ningún derecho sobre él. 

— ¿Por qué estás pensando en cosas tan feas de la nada? — Rubén acercó la cabeza de Camilo a él y le habló al niño. — No escuches a papá, 

— Rubén, hablo en serio. — Álvaro lo agarró del brazo y suspiró. — No quiero que eso pase. 

— No pasará. — Le aseguró Rubén. 

— ¿Cómo estás tan seguro? 

— Le prohibiremos que lo mire y que le hable. 

Álvaro se rió. 

— Así de fácil. 

— Claro. — Rubén lo agarró de la mandíbula y le agitó la cabeza. — Tú eres el más seguro en esto, no empieces a dudar. 

Camilo se rió cuando Álvaro le dio un tortazo en la mano a Rubén. 

— Nunca te tomas nada en serio. 

Álvaro volvió junto a la nevera y siguió guardando las latas de cerveza que habían comprado. 

— Se ha enfadado. — Dijo Rubén a Camilo. 

El timbre del telefonillo sonó y Álvaro fue a abrir la puerta a sus amigos. 

Álvaro besó a Camilo en la cabeza y salió de su habitación dejándolo dormido en la cuna. 

— ¿Camilo se ha dormido? — Le preguntó Rubén, que se dirigía a la cocina con las manos ocupadas por latas vacías de cerveza.

Álvaro miró a sus cuatro amigos charlando animadamente mientras bebían y comían. 

— Sí. — Le contestó a Rubén, siguiéndolo. — Tendríamos que hacerlo, ¿no? — Le preguntó parándose detrás de él cuando Rubén fue a arrojar las latas a la basura. 

Rubén se giró mirándolo pervertidamente. 

— ¿Quieres hacerlo ahora mientras están aquí? 

Álvaro lo golpeó en un hombro con el puño. 

— No hablo de eso. 

— Ya me parecía demasiado bueno. — Sonrió Rubén. 

— ¿No quieres contarles que somos pareja? — Le preguntó Álvaro. 

— Sigo sin haber oído tu petición de serlo, pero sí me gustaría que supieran que estamos lindos. 

— Deja eso ya. — Se molestó Álvaro. 

— ¿Qué tiene que dejar? — Preguntó Amaya, sentándose en uno de los taburetes de la isleta. 

Los dos la miraron y Álvaro se acercó a la isleta. 

— De hacer el tonto.

— Oye. — Se quejó Rubén, que lo siguió y agarró de las caderas, obligando a Álvaro a soltarse. 

— No me agarres así. 

— ¿Por qué no? 

— Porque Diego y Eduardo no lo saben y será raro. 

Amaya sonrió mirándolos. 

— Hacéis una linda pareja. — Los alabó y formó con sus dedos un rectángulo para enmarcarlos. — Por cierto… — Bajó sus manos y preguntó al tiempo que Sandra se paró a su lado. — ¿Quién de los dos muerde la almohada? 

Sandra se llevó una mano a la frente. 

— ¿Qué necesidad te surge para querer saber eso? — Le preguntó Sandra y Amaya sacudió la cabeza. 

— Ninguna, es pura curiosidad morbosa. — Miró a Álvaro y Rubén e insistió. — ¿Y bien? 

Ellos dos se miraron y Álvaro levantó un dedo señalando a Rubén. 

— Él lo hace. — Dijo Álvaro sin más.

Rubén le bajó la mano. 

— ¿Para qué le respondes eso? — Le preguntó y caminó hacia los demás en el sofá. 

— ¡Oh! Se ha enfadado. — Dijo Amaya, girándose en el taburete. 

— La culpa es tuya, ¿para que le preguntas esas cosas privadas? — Le respondió Sandra. 

Rubén se sentó en el sofá donde Eduardo se encontraba mientras Diego se sentaba en el suelo. 

— ¿Qué pasaba allí? — Se interesó Eduardo, indicando la cocina con un gesto de cabeza. 

— Nada. — Contestó Rubén. 

Álvaro se sentó de pronto a su lado y le dio un golpe en el costado. 

— ¿Por qué te vas enfadado? — Le reclamó Álvaro por lo bajo. 

— Imagina que yo respondo esas preguntas sobre ti. — Rubén imitó su nivel de volumen. 

— Lo siento. Siempre hablas abiertamente de sexo, no pensé que eso te molestaría. 

— Esto es distinto. 

— Ya te he pedido perdón. 

— ¡Eh! — Diego llamó la atención de todos, aunque intentaba captar la de ellos. — ¿Qué tantos secretos habláis ahí?

— Ninguno. — Respondió Rubén y se incorporó en el sofá para hacerse con una lata de cerveza. 

Álvaro se molestó y se levantó. 

— ¿A dónde vas? — Le preguntó Amaya al verlo ir hacia la cocina. 

— A bajar la basura. Necesito que me dé el aire. — Respondió Álvaro y cuando regresó de la cocina con una bolsa de basura, miró a Rubén. — ¿Vienes? 

— Me quedo por si Camilo se despierta. — Contestó Rubén que lo miró. 

Álvaro asintió y se marchó solo.

— La he liado gorda, ¿verdad? — Le consultó Amaya a Sandra, poniendo cara de circunstancia y agarrándose al brazo de ella. 

— A la vista está. — Asintió Sandra y Amaya se sintió peor. 

Álvaro bajó en el ascensor con la bolsa de basura en una mano y en la otra su teléfono móvil. 

— Exagerado. — Se metió con Rubén y suspiró pesadamente. 

Luego guardó su teléfono en un bolsillo del pantalón y esperó a llegar a la planta baja. Al abrirse la puerta vio esperando el ascensor a Fernando, vestido de punta en blanco y acompañado por una mujer que se mostraba muy cariñosa con él. 



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En el texto hay: romance, drama, gay

Editado: 17.05.2024

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