De tu cielo a mi estrella

La chica que vino del sueño.

Narrado por Estrella
Dicen que sobrevivir te cambia, y es verdad, pero nadie te dice qué pasa después.
Nadie te explica cómo se vuelve a respirar sin culpa.
Cómo se vuelve a sonreír sin sentir que le debes una disculpa al dolor.
Cómo vuelves a bailar... cuando hubo un tiempo en que tu cuerpo solo supo resistir.

Yo vencí al cáncer.
Todavía me cuesta decirlo en voz alta, no porque no sea cierto, sino porque hay una parte de mí que sigue siendo esa chica acostada en una cama de hospital, contando las horas, mirando el techo, rogándole al universo una oportunidad más.

Y sin embargo...aquí estoy.
Viva.
Con cicatrices invisibles.
Con miedo en algunos rincones del pecho.
Con una vida nueva que todavía me queda un poco grande.
Pero viva.

La danza fue lo primero que recuperé.
No toda de golpe.
Al principio apenas podía sostenerme, mis piernas temblaban, mi respiración fallaba, mi cuerpo parecía recordar cada aguja, cada noche difícil, cada caída.
Pero yo insistí, porque bailar no era solo moverme.
Era volver a mí.
Era decirle al mundo:
sigo aquí.

La noche del sueño había terminado agotada.
Había ensayado hasta tarde para una presentación benéfica dedicada a pacientes oncológicos.
Mis pies dolían.
Mi espalda también pero había una felicidad extraña dentro de mí... una sensación de que algo estaba por pasar.
Me dormí con la ventana abierta, escuchando el viento.
Y entonces la vi.

No sé cómo explicarlo, no era un sueño normal.
No tenía esa neblina rara de las cosas inventadas.
Todo se sentía demasiado real.
Demasiado vivo.
Estaba en una playa, el cielo tenía ese color imposible entre azul y dorado que solo existe en los sueños o en los recuerdos muy felices.
Las olas llegaban suaves a la orilla y había una chica de pie, a unos metros de mí, descalza sobre la arena.
Tenía una paz triste en los ojos, pero también una luz...
una luz tan profunda que dolía mirarla demasiado
tiempo.
Llevaba el cabello movido por el viento, y en las manos sostenía algo contra el pecho, como si fuera un tesoro.
Cuando sonrió...sentí que la conocía.
Aunque estaba segura de no haberla visto nunca.

—Hola —me dijo.

Su voz sonó suave, como si no quisiera asustarme.

—¿Quién eres? —pregunté.

Ella bajó la mirada un segundo y luego volvió a alzarla.

—Me llamo Estela.

No sé por qué, pero cuando dijo su nombre sentí un nudo en la garganta.
Como si ese nombre cargara una historia entera.
Como si viniera desde muy lejos.

—No tienes mucho tiempo para dudar de esto —me dijo con una ternura extraña-Por eso necesito que me escuches.

Quise preguntar un montón de cosas.
Cómo había llegado ahí?
Por qué yo?
Por qué esa playa?
Por qué sentía que estaba frente a alguien que ya no pertenecía del todo a este mundo.
Pero no pude interrumpirla.
Había algo sagrado en su presencia.

—Tienes que conocer a Skay —dijo.

Fruncí el ceño.

-¿Skay?

Asintió despacio y sonrió de esa forma rota que solo tienen las personas que han amado muchísimo.

—Sí. Tienes que encontrarlo.

El mar sonó más fuerte en ese momento, o tal vez fue mi corazón.

—No entiendo... —susurré.

Ella dio un paso hacia mí, no parecía triste exactamente.
Parecía...como alguien que ya había llorado todo lo que tenía que llorar, y ahora solo quería dejar algo bueno antes de irse del todo.

—Junto a él vas a encontrar el amor —me dijo-No un amor fácil. No uno perfecto. Pero sí uno verdadero.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué yo?

Estela me miró con una dulzura tan inmensa que casi me rompe.

—Porque tú también regresaste del dolor — respondió-Porque sabes lo que significa caer y volver. Porque tu corazón todavía tiene miedo... pero no está cerrado.

Tragué saliva y entonces ella miró mis pies, descalzos sobre la arena.

—Y porque bailas como alguien que volvió de la oscuridad.

Las lágrimas me llenaron los ojos dentro del sueño.
Sin entender por qué.
O tal vez entendiéndolo demasiado.

—Cuando lo conozcas —continuó-, dile que vas de mi parte.

Mi respiración se cortó.

—¿De tu parte?

Asintió con un sonrisa.
Y por primera vez vi algo partirse detrás de su

—Dile que no tenga miedo de volver a amar.

El viento se levantó un poco más.
El cabello le cubrió parte del rostro y aun así seguía viéndose luminosa.

—Él cree que amarme fue el final de algo —dijo-
Pero no lo fue. Solo fue el comienzo de todo lo que vino después.

Ya no podía contener las lágrimas.

—¿Quién eres tú para él?

La pregunta salió sola.
Y aunque en el fondo yo ya lo sabía...
necesitaba oírlo.
Estela miró el mar, como si en él estuviera escrita toda su historia.

—Fui su amor —susurró—. Y ahora soy la parte de su corazón que tiene que aprender a quedarse en forma de recuerdo.

Sentí que el aire me faltaba.
Había tanto amor en esa frase... y tanto dolor...
que me dejó inmóvil.

—No vengo a reemplazar nada —le dije, sin saber de dónde salieron esas palabras.

Ella me miró otra vez y entonces sonrió de verdad.
Con ternura.
Con alivio.

—Lo sé —respondió-Por eso eres tú.

Hubo un silencio.
Uno hermoso.
Uno lleno de olas, de sal, de despedidas dulces.
Después se acercó todavía más.
Y vi que en sus manos tenía un pequeño papel doblado.
No me lo entregó.
Solo lo sostuvo un instante, como si recordara algo querido.

—Él va a reconocerte —murmuró-. No por mí. Por la forma en que vas a mirarlo.

—¿Y cómo lo voy a mirar?

Sus ojos brillaron.

—Como a alguien roto... que todavía merece música.

No pude hablar porque en ese momento la playa empezó a volverse más luminosa.
Demasiado luminosa.
Como si el sueño estuviera terminándose.
Como si ella tuviera que irse.




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