De tu cielo a mi estrella

Capítulo 1: Las cosas que no se dicen

🎸 Narrado por Skay🎸

Hay una clase de dolor que no hace ruido.
No estalla.
No rompe vasos.
No te deja tirado en el suelo gritando.

Solo se queda.

Se mete en la rutina, en el aire, en la forma en que sostienes una taza, en la manera en que miras por la ventana sin ver nada. Se instala en el cuerpo como si siempre hubiera vivido ahí. Como si hubiera pagado renta dentro de tus huesos.

Como si tuviera derecho.

El duelo por Estela era así.
No siempre dolía con violencia, a veces dolía con una ternura insoportable.

En una canción mal cantada en la radio.
En un cielo demasiado bonito.
En una mancha de pintura seca sobre una mesa cualquiera.
En el olor a trementina que una vez se quedó en mi chaqueta después de abrazarla durante horas mientras ella pintaba y yo fingía que no me estaba enamorando como un idiota.

La gente cree que perder al amor de tu vida se siente como una tragedia enorme, clara, casi cinematográfica.

No.

A veces se siente como mirar tu guitarra y darte cuenta de que llevas diez minutos con la mano apoyada en las cuerdas sin tocar una sola nota, porque recordaste la forma en que ella te miraba cuando componías. Como si cada canción tuya tuviera una puerta secreta y ella supiera abrirlas todas.

Había días peores que otros, ese era uno de ellos.

Lo supe antes de abrir los ojos.La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio vacío, era de esos silencios llenos de cosas que no quieres pensar todavía.

El techo sobre mí, la luz gris entrando por la cortina, mi guitarra negra y azul apoyada contra la pared, quieta, esperándome como un animal fiel.

Me pasé una mano por el rostro y tardé unos segundos en sentarme al borde de la cama.
El tatuaje del cielo en mi brazo me ardía a veces, cuando despertaba así. No de verdad, claro, pero mi cabeza hacía cosas raras con el dolor, como si la tinta recordara cosas que yo no podía olvidar.

Me lo hice después de que Estela murió, un pedazo de cielo por la chica que me enseñó a mirarlo distinto.
Me había cortado el cabello también.
Todos lo notaron.
Todos fingieron no darle demasiada importancia pero yo sabía por qué lo hice.

Necesitaba que algo cambiara por fuera, porque por dentro me estaba quedando atrapado en el día en que la perdí.

Me levanté y agarré la guitarra por el mástil.

—Buenos días a ti también —murmuré.

Era ridículo, sí, pero cuando pasas suficiente tiempo sobreviviendo, empiezas a hablarle a objetos que no te exigen estar bien.

La correa rozó mi hombro y caminé hasta la cocina del apartamento con esa sensación amarga de seguir vivo sin entender muy bien cómo.

El café salió horrible.
Me lo tomé igual mientras esperaba que el segundo intento no supiera a resentimiento líquido, miré por la ventana, el cielo estaba claro, casi demasiado limpio.
Estela habría dicho que era un cielo mentiroso."Los más lindos son los que esconden tormenta", me dijo una vez, con pintura azul en la punta de la nariz yo me reí de ella. Después le besé la nariz, y terminé más manchado que su lienzo.

Cerré los ojos un segundo y ahí estaba otra vez.

La memoria siempre sabe cuándo atacar.
No en el hospital.
No en lo peor.
No en la despedida.

En lo pequeño.
En Estela riéndose con la cabeza echada hacia atrás.
En Estela robándome una púa.
En Estela diciendo mi nombre como si fuera algo que podía arreglarse con cariño.

Apoyé ambas manos sobre la encimera y respiré hondo.

—No hoy —me dije en voz baja.

Pero el duelo nunca te pregunta si te viene bien.

Mi teléfono vibró sobre la mesa, un mensaje de Rider.

Rider:
Ensayo a las cuatro. Y no desaparezcas otra vez, fantasma.

Solté una exhalación por la nariz, casi una risa.

Un segundo mensaje entró antes de que pudiera responder.

Elio:
Trae café decente. El del estudio sabe a crimen.

Y después:

Diego:
Rocío va a pasar más tarde. No llegues con cara de protagonista trágico o nos hará llorar a todos.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Rocío.
Con ella todo era más delicado porque Rocío no era solo la hermana de Estela. Era una de las pocas personas en el mundo que entendía que cuando yo decía la extraño, en realidad estaba diciendo cien cosas más y también porque en sus ojos a veces aparecía la misma ausencia que debía de vivir en los míos.

Le respondí a los tres con algo breve, lo suficiente para que no pensaran que me había tirado por una ventana o me había casado con mi depresión.

Luego me apoyé en la silla y me quedé mirando la nada y como siempre últimamente, apareció ella.

Estrella.

No como una certeza, no como una historia ni siquiera como una promesa, como una pregunta.

La vi por primera vez detrás de ese escenario benéfico y desde entonces algo en mí no había vuelto a acomodarse del todo.

Seguía sin saber qué hacer con lo que había pasado aquella noche con su voz temblando cuando dijo que venía de parte de Estela.

Con esa manera suya de mirarme, como si no tuviera miedo de mis grietas como si viera el desastre completo y aun así no retrocediera.

Yo no creía en muchas cosas ya.
No después de perder a Estela, o mejor dicho: seguía creyendo, pero con rabia.

Creía en la música, sí.
Creía en el amor, aunque me hubiera destrozado.
Creía en la memoria.
En los fantasmas emocionales, en que el cuerpo recuerda hasta lo que la mente intenta esconder, pero no sabía si creía en los sueños que vienen a dejarte personas muertas y sin embargo, cuando Estrella habló de ella... no hubo una sola parte de mí que pensara que estaba mintiendo.
Eso era lo peor o lo mejor.

Todavía no lo sabía porque si Estela de verdad había encontrado la manera de alcanzarme una vez más... entonces no estaba listo para decidir si eso me salvaba o me rompía de nuevo.




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