🩰Narrado por Estrella🩰
Rocío llegó a mi ensayo un martes por la tarde con un café en una mano y una timidez dulce en la sonrisa, como si todavía no terminara de creer que de verdad estaba ahí, entrando en mi mundo.
Yo la vi desde el espejo.
Estaba apoyada cerca de la puerta del estudio de danza, con el cabello suelto, una chaqueta clara y esa expresión entre sensible y curiosa que siempre parecía acompañarla, no interrumpió, no hizo ruido, solo levantó un poco el vaso cuando nuestras miradas se cruzaron, como diciendo sí, vine, y no sé por qué, pero eso me conmovió más de lo que esperaba porque hay personas que te dicen que van a estar y luego no aparecen y después están las que llegan en silencio, con café caliente y ojos atentos, y se quedan.
La profesora seguía marcando el final de la variación cuando yo bajé de puntas con la respiración agitada.
Mi cuerpo todavía no había recuperado del todo la facilidad de antes.
Había días buenos, días torpes y días en los que mis piernas recordaban demasiado el dolor pero ese día, por alguna razón, me sentía ligera.
Tal vez porque Rocío estaba ahí.
Tal vez porque últimamente su presencia se había vuelto una de esas pequeñas cosas buenas que empiezan a acomodarse en la vida sin hacer
demasiado ruido.
Cuando terminó la música, mi profesora nos dio unos minutos de descanso. Me acerqué a la puerta secándome el sudor de la frente con una toalla pequeña, y Rocío sonrió apenas al verme de cerca.
—No entiendo cómo haces que sufrir se vea elegante —dijo.
Me reí.
—No era elegante. Estaba a punto de morirme a mitad del giro.
—Pues desde acá parecía arte.
—Eso es porque me quieres un poquito.
Rocío inclinó la cabeza con una sonrisa suave.
—Sí. Puede ser.
La forma tan sencilla en que lo dijo me calentó el pecho.
No con incomodidad, con ternura.
Era raro lo rápido que le había tomado cariño pero supongo que hay personas que llegan a ciertos lugares de una manera tan honesta que una parte de ti las reconoce enseguida. Rocío tenía eso. Esa calidez frágil, esa tristeza dulce que no intentaba esconderse detrás de una perfección falsa.
Nos sentamos juntas en un banco junto al espejo mientras las demás seguían estirando o tomando agua. Rocío me tendió el café.
—Te traje esto antes de que colapsaras artísticamente.
—Te amo un poco —le dije, recibiéndolo.
—Haz fila, Elio también me dijo eso por unas empanadas.
Solté una risa.
—Entonces necesito subir mi nivel de dramatismo para ser especial.
—No, tú ya eres especial sin esfuerzo.
La miré de reojo.
—Tú dices esas cosas como si no te dieras cuenta del efecto que tienen.
Rocío bajó la vista al vaso que sostenía entre las manos.
—Supongo que mi hermana también hacía eso.
El cambio en el aire fue pequeño, suave pero estuvo ahí, no fue triste de golpe, solo más hondo.
Yo jugueteé con la tapa del café unos segundos
antes de responder.
—Me gusta cuando hablas de ella.
Rocío levantó la mirada, sorprendida de una forma tierna.
—¿Sí?
Asentí.
—Sí. Sé que duele pero... no sé. Siento que así la voy conociendo un poquito.
Rocío sonrió de esa manera triste y bonita que ya empezaba a reconocerle.
—A Estela le habría encantado eso.
Mi pecho dio un pequeño vuelco. A veces todavía me costaba escuchar su nombre fuera del sueño.No porque me asustara sino porque cada vez sonaba más real.
Más humano.
Más lleno de vida.
—Cuéntame más de ella —le pedí.
Rocío apoyó la espalda en el espejo y dejó escapar una exhalación suave, como si abriera una caja de recuerdos delicados.
—Amaba pintar cielos —dijo.
La frase salió con una ternura inmediata, como si ya desde esas palabras pudiera verse quién había sido Estela.
—¿Siempre cielos? —pregunté.
—Casi siempre. A veces pintaba flores, ventanas, manos, cosas así. Pero los cielos... —sonrió un poquito más— eran su lugar favorito. Decía que nunca había dos iguales que el cielo era la prueba de que incluso las cosas que parecen eternas saben cambiar sin dejar de ser hermosas.
Sentí un escalofrío suave recorrerme los brazos, eso sonaba a ella. No sabía cómo explicarlo, porque yo solo la había visto una vez, en ese lugar imposible del sueño, con el mar, la luz dorada y la tristeza más hermosa del mundo en la mirada pero sí, eso sonaba a Estela.
—Qué bonito —murmuré.
Rocío asintió despacio.
—Cuando estaba triste, pintaba cielos. Cuando estaba feliz, pintaba cielos. Cuando estaba enamorada, pintaba cielos. Creo que era su forma de decir cosas que no sabía poner en palabras.
La miré con el café entre las manos, todavía tibio.
—Entonces Skay debió de vivir rodeado de cuadros hermosos.
Rocío soltó una risa bajita.
—Sí. Y de manchas de pintura por todas partes. Mi hermana era un desastre cuando trabajaba. Tenía azul en las manos, en la ropa, a veces hasta en la cara. Una vez apareció con una línea celeste en la oreja y no tenía idea de cómo había llegado ahí.
Me reí imaginándolo y por un momento, Estela dejó de sentirse solo como una figura luminosa y triste salida de un sueño. Se volvió una chica real. Una chica que se manchaba de pintura, que hablaba del cielo como si fuera un lenguaje, que seguramente se reía fuerte en momentos tontos.
Eso me gustó muchísimo, porque me daba paz saber que antes de convertirse en recuerdo, había sido sencillamente una persona viva.
—¿Y cómo era con Skay? —pregunté en voz más baja.
Rocío se quedó callada un instante. No incómoda, solo buscando la forma correcta de entrar ahí.
—Lo amaba muchísimo —dijo al final.
No lo dijo como una exageración ni como una tragedia romántica.
Lo dijo como una verdad quieta.
—Muchísimo —repitió, casi para sí misma-. Era de esas cosas que se notaban incluso cuando no hablaban. En cómo lo miraba. En cómo lo esperaba.
En cómo escuchaba cada canción suya como si él le estuviera confiando pedazos del alma.
Editado: 26.04.2026