Existen inmortales poseedores de un cuerpo verdaderamente inmortal, pero otros que tan solo eran una sombra de ello. No todos nacían con una existencia plena y dotada de sabiduría; de hecho, la inmortalidad era una gracia otorgada únicamente por la bendición de la Gran Madre.
Un auténtico don de inmortalidad.
El guardia del Duque del Oeste aún no poseía ese don. De hecho, apenas era un poco mayor que la princesa heredera de Soik.
Su cuerpo se tensó al ver cómo la silueta de la princesa se desvanecía entre los pinos lino y las criolias, brillantes bajo la luz del sol. Él no tenía motivo alguno para estar allí, pero lo estaba. Se encontraba en el palacio de la princesa, el palacio Sukom: la morada de las flores, los diamantes y el oro, reluciente y majestuosa bajo el fulgor de los cristales dorados. Un lugar albergado por fogatas mágicas que no requerían leña en climas frescos —a diferencia de las que les habían obsequiado los Xi, que sí la necesitaban— o de las antorchas de metal regalas dos años atrás por la misma dinastía. Aunque, para los Soik, todo aquello no era más que parte del mismo Sacarsieber, de un pasado imborrable.
En el firmamento, las nubes frescas se moldeaban en figuras de animales exóticos, raras veces vistos en esa estación. Él dejó escapar una breve risa por la nariz mientras contaba las nubes con sus dedos finos y delgados. Poseía una belleza etérea, característica intrínseca de todos los Soik. Todos sus ciudadanos eran bellos; solo los Xi podían competir con semejante atractivo. Pero, a fin de cuentas, ¿quién podía enamorarse de la belleza en un mundo donde absolutamente todos lo eran?
El guardia observó por última vez la dirección por la que había desaparecido la princesa. Ella ya caminaba hacia la residencia de los Xi, un palacio erigido especialmente para albergarlos durante sus prolongadas visitas al palacio Soik. Era costumbre que todas las emperatrices de Xi residieran allí durante su juventud, permaneciendo hasta que su primogénita ascendiera al trono o hasta la muerte del propio emperador.
La actual era la tercera emperatriz de Xi unida al mismo emperador: la emperatriz Xixia, quien, por un giro del destino, había nacido casi el mismo día que la princesa, con solo un hura de diferencia. Lo desdichado era que ambas cumplían años en la estación de Fauce. ¿Cómo podían celebrar sus cumpleaños siguiendo dos costumbres tan distintas si una de ellas debía partir?
Su Alteza Real caminaba hacia el palacio de la Flor de la Madre, el templo de la Gran Madre, donde el oro era visto como algo trivial. Se detuvo a admirar la inmensidad del recinto. Ante la entrada, dos guardias Soukur le ofrecieron una reverencia impecable al ver a su heredera, para luego retomar una postura rígida, con los hombros erguidos y la mirada fija en el horizonte.
Sus armaduras, relucientes en oro, exhibían intrincados relieves con decoraciones de flores de criolias, acompañadas por armas resplandecientes, engastadas con diamantes y zafiros. Ambos habían sido bendecidos con el don de la agilidad, y sus ojos, de una transparencia cristalina con matices azulados, delataban que no eran inmortales puros. Aquellas no eran más que bendiciones otorgadas por la Gran Madre para que la protegieran.
Acompañándola, solo había un protector dispuesto a dar la vida por ella mediante un pacto de sangre y arma: el ancestral contrato entre amo y guardián. Un vínculo muy distinto a los lazos de las cuatro etapas, sobre los cuales ella aún no sabía nada. Lemun albergaba una profunda desconfianza hacia aquellos guardias, sabiendo que podían arrastrarla al estado Alma si osaba traicionar a su madre.
Sin embargo, existía una leve diferencia en ella. Lemun había nacido como una hermosa princesa de ojos dorados, pero estos conservarían una apariencia transparente hasta que su madre muriera y le transfiriera sus veinte dones. Solo entonces sus ojos alcanzarían tal resplandor que se vería obligada a cubrirse el rostro por completo, tal como lo hacía su madre: oculta tras una gruesa capa de velos transparentes superpuestos que, a pesar de la ligereza del tejido, impedían ver lo que había debajo.
Caminó con pasos largos y firmes, pero los guardias le cortaron el paso extendiendo los brazos —reservando el uso de las armas solo para los no invitados, pues, al fin y al cabo, ella era Su Alteza Real—.
—No puede pasar —dijo uno de ellos, con la vista fija en el frente, sin osar mirarla.
Quizá les habían implantado la estructura sanguínea de un inmortal para otorgarles la constitución necesaria para albergar el don. No estaba activo, al menos no contra la princesa; aunque sus ojos mantenían su tono café claro, en el fondo se proyectaba un lejano reflejo azul cielo.
—¿Por qué no puedo? —preguntó la princesa con tono molesto. —La Gran Madre ha ordenado que nadie debe pasar —contestó el guardia fríamente, sin apartar la mirada. Su compañero mantenía el brazo extendido bloqueando el paso. —Díganle que quiero verla. —La vio hace apenas unos liber —intervino el otro guardia, que había permanecido en silencio.
Un tenso silencio se prolongó entre ellos hasta que la princesa dio unos pasos hacia atrás.
—Me quedaré aquí hasta ver a mi madre. —A la Gran Madre —corrigió uno de los guardias, tan rígido como una estatua.
La princesa despojó su compostura de damisela en apuros, cruzó los brazos, frunció el ceño y los miró a ambos, desafiándolos a sostenerle la mirada. Ninguno pestañeó. Eran humanos corrientes bendecidos con un don, pero se atrevían a desafiar a su propia heredera sabiendo que contaban con el respaldo de la Gran Madre.
La princesa respiró hondo, tan concentrada en los guardias que no notó a la persona que se aproximaba por detrás. Era el mismo guardia del Duque. Aunque ella no se giró, su presencia le resultó inconfundible cuando estuvo a pocos pasos.
—Nuevamente la veo, Alteza Real.