Dea Flava

Capítulo 4

Los dedos de la princesa Lemun quedaron suspendidos en el aire frío de la madrugada, temblando apenas un instante antes de dejarlos caer lentamente a los lados de su cuerpo.

Xixia, con el rostro pálido y los ojos hundidos por el agotamiento del parto, la miraba de frente. Su amiga lucía profundamente preocupada, exhausta hasta la médula. Sin embargo, los ojos de la emperatriz no tardaron en desviarse hacia la pequeña criatura que sostenía en brazos. El recién nacido la contemplaba fijamente, devolviéndole la mirada con esos ojos finos y delgados, una réplica exacta de los rasgos de su madre.

—Ahora eres tú su madre —dijo la princesa.

Su propia voz la traicionó, saliendo en un tono mucho más agudo y frágil de lo que pretendía.

La emperatriz sonrió al bebé con una dulzura desgarradora, y el recién nacido, pareciendo entender el gesto, le devolvió una leve sonrisa. Xixia no pudo evitar recordar lo que había sucedido apenas un instante atrás. Esa arcoespada... Lemun la había blandido con una precisión aterradora. Fácilmente pudo haber desviado aquel ataque letal, tal y meciéndolo más abajo con el brazo derecho para protegerlo con su propio cuerpo.

Xixia apretó los labios. Tal vez, por ahora, sus pensamientos sobre morir le resultaban infinitamente más fáciles de digerir e imaginar que la sola idea de regresar al Imperio Xi, a ese palacio sofocante, y tener que acostarse con el emperador una vez más.

El heredero había sido un varón. Era lo más perfecto que podía haber ocurrido para la línea de sucesión. Sabía de sobra que en Soik el sexo de un bebé no tenía la menor importancia para un gobernante, pero en Xi las cosas eran despiadadas. Solo la emperatriz tenía esa regla implacable: dar a luz a un varón o morir en el intento.

Lo había logrado. Había traído al mundo al heredero al trono. Ahora, en un futuro no muy lejano, podría reclamar el título de emperatriz madre.

Pero no lo deseaba. Dioses, no lo deseaba en absoluto.

Los ojos delgados y finos de Xixia se cerraron un poco más, velados por una intensa mirada de nostalgia y amargura.

Con delicadeza, la emperatriz alzó la mano libre y le tocó el brazo a Lemun —el mismo brazo donde la princesa había recibido un fuerte impacto momentos antes— y lo acarició despacio, intentando aliviar el dolor físico y la tensión que la consumía. Luego, sus ojos volvieron a posarse en la criatura.

—Es precioso —murmuró.

Tenía tantas cosas por decir la princesa, un torrente de palabras, advertencias y consuelos atrapados en sus labios. Pero ninguna de esas palabras pudo salir. Un nudo denso y opresivo se le asentó en la garganta, tan seco y asfixiante como si tuviera comida atascada a mitad de un desierto sin agua.

Sabía muy bien que Xixia no estaba del todo bien.

Días atrás, Lemun había hojeado y leído a escondidas los libros que Xixia traía consigo desde el palacio imperial de Xi. En esos fragmentos de textos antiguos y crónicas extranjeras, había encontrado pasajes detallados sobre mujeres que caían en la locura, se consumían en la tristeza o morían lentamente tras dar a luz a un bebé.

La gente de Soik no entendía semejante mal interior, pero la princesa sí.

Ella sabía, con una certeza desgarradora, que su amiga estaba profundamente triste. Nunca le quiso preguntar si en verdad estuvo enamorada del emperador de Xi, porque en el fondo de su corazón conocía demasiado bien la respuesta que le daría. Y no quería oírla.

Lemun alzó una de sus manos y acarició con ternura el rostro suave del bebé, quien ya la miraba con curiosidad. Sin duda, la criatura gozaba de una genética extraordinaria gracias a su madre; era simplemente precioso.

—Xixi... —la voz de Lemun rompió el silencio, haciendo una pregunta que sonó distante, mientras jugueteaba suavemente con la pequeña mano del recién nacido—: ¿Ahora sí me puedes decir por qué no querías que viniera antes?

Su tono pretendía ser ligero, casi desinteresado. La verdad era que no quería oír la respuesta de su amiga. Quería fingir, aunque fuera por unos minutos más, que ignoraba la oscura razón. Ni siquiera se atrevió a mirarla a los ojos al formular la pregunta.

—Tenía miedo de que me vieras morir —la respuesta de Xixia vino sin vacilación, sin dejar ni un breve segundo de silencio para pensarlo o suavizarlo—. Tenía miedo de dejarte sola... y de que se llevaran a mi hijo.

Xixia acercó su rostro cansado al de la criatura.

—¿Cómo podría dejarte sola? —murmuró la emperatriz para sí misma y para la princesa.

En ese momento, el bebé dejó escapar una risa pequeña, un sonido cristalino y sinfónico que pareció hacer vibrar el aire de la estancia.

Existían leyendas contadas desde hacía mucho tiempo: aquellas que afirmaban que las almas gemelas no eran solo compañeros de vida o amantes, sino la compañía perfecta, la máxima similitud y resonancia que podías experimentar con otro ser vivo. Había tantos tipos de vínculos en el mundo, pero las almas gemelas verdaderas eran casi imposibles de encontrar. No... eran una utopía.

La princesa forzó a su mente a dejar de navegar en todas esas historias y mitos que había escuchado alguna vez.

La emperatriz Xixia reacomodó al bebé, cargándolo firmemente con un solo brazo para despejar el otro. Con infinita ternura, extendió sus dedos y acarició el cabello sedoso y dorado de su amiga.



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 13.09.2026

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