Lemun parpadeó con violencia al notar a quién tenía exactamente enfrente. Sus nudillos se blanquearon por la fuerza con la que sostuvo su arcoespada, pero el arma, que había reaccionado por instinto puro de autodefensa un instante antes que la propia princesa, pronto comenzó a perder fuerza y energía.
No fue una pérdida repentina o violenta de poder, sino algo suave, una marea dorada que se replegaba en paz hacia la empuñadura.
En ese breve segundo, la vista de la princesa chocó de lleno con los ojos castaños del guardia. Jamás los había notado antes con tanta claridad. La mirada del guerrero estaba clavada en ella, fija, latente, ardiendo con una intensidad fría como si quisiera matarla con la sola fuerza de sus pupilas.
—Entonces... así es como funciona —expresó la princesa, impregnando su voz de una amargura densa y venenosa. Ladeó el rostro para mirar por encima del hombro del guardia al Duque, quien permanecía impasible a un par de metros—. ¿Por qué ha hecho eso? ¿Solo por esto?
Negó con la cabeza en un gesto de profunda decepción y volvió a enfundar su arma en el estuche con un chasquido metálico. Al realizar el movimiento, varios mechones de su cabello dorado cayeron al suelo en silencio.
Los ojos de la princesa se abrieron de par en par al ver los cabellos dorados yaciendo sobre el sendero de piedra.
Aquello... era lo que los mortales llamaban un déjà vu. En ese milisua, Lemun comprendió exactamente lo que sentía la emperatriz Xixia en sus momentos de angustia.
¿En qué endiablado momento el guardia del duque había cortado esos mechones de su melena y cómo lo había ejecutado? Lo había hecho en menos tiempo del que ella necesitaba para pestañear, antes de que pudiera tan siquiera procesar la amenaza.
Lemun era considerada la mejor en estrategia bruta dentro del reino. A su edad, superaba con creces las habilidades marciales de su madre a esa misma etapa, únicamente porque la Gran Madre ya no poseía la destreza o la agilidad de sus años de juventud.
Pero justo ahí, con el cabello cortado a sus pies, se dio cuenta con una punzada de humillación de la verdad: no tenía la experiencia que ella tanto juraba poseer. Estaba ciega ante los verdaderos depredadores.
—Era el guardia de tu padre de quien se enamoró la Gran Madre —la voz del Duque irrumpió en la quietud de la madrugada, arrastrando una cadencia pesada, como si esa historia fuera un veneno que necesitaba expulsar desesperadamente de sus entrañas. Su respiración se agudizó un poco antes de continuar—: Incluso siendo la soberana en ese entonces... porque el Gran Padre había muerto por decisión propia, dejando a su hija en completa libertad. Ella fue proclamada soberana incluso antes de ir al Núcleo.
Eso ella no lo sabía. Lemun apretó los dientes, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se desmoronaba; en realidad no sabía nada de lo que creía saber sobre su propio linaje.
—Era una responsabilidad gigantesca para alguien tan joven —continuó el Duque, desgranando los detalles sin piedad—. Así que cuando fue al Núcleo y regresó... no recordaba ni quién era.
El noble narró con frialdad cómo la Gran Madre, incapaz de soportar el dolor devastador de perder al Gran Padre, había quedado con la mente en blanco, sin conservar un solo recuerdo posterior a su retorno del Núcleo.
Gracias a la intervención directa del Marqués del Sur —quien tiempo después tomaría también el control del Norte— ella logró recuperar la memoria. Sin embargo, el amor... su amor primigenio y ardiente seguía perteneciendo de forma irrevocable al guardia del Marqués, no al noble.
Pero el destino de una gobernante Soik era implacable: las cosas no podían ser de ese modo. No era el sirviente quien poseía el poder absoluto, sino su amo.
Una soberana no podía, ni tenía la menor posibilidad biológica ni mágica, de concebir un heredero al trono si se casaba con un simple guardia. El consorte real debía ser alguien dotado de un poder descomunal, un inmortal de rango superior. Y ese puesto le correspondía legítimamente al Marqués.
—Esto es por el bien de los dos —había sentenciado el Marqués en aquel entonces.
Tiempo después, el propio Marqués se distanció por completo de la Gran Madre al comprender que ella jamás borraría de su pecho el fantasma de su verdadero amor. De hecho, Lemun recordaba con nitidez cómo, cuando era apenas una niña, sorprendía a su madre ocultando viejas pinturas y retratos ajados en las sombras de sus aposentos.
Existía un código moral inquebrantable en Soik: no podías traicionar ni engañar jamás a tu consorte. Era la regla madre dentro del matrimonio, la prohibición absoluta de la infidelidad. Romper ese juramento significaba atraer la ira divina: el rayo del cielo te castigaría sin remisión.
Ese rayo era el temido castigo de Baenbulsa. El rayo maldito, le decían los sectores más puristas de la corte, mientras que otros lo llamaban la bendición que mutaba en maldición.
Por eso la Gran Madre quemaba aquellos retratos. Lo hacía siempre en las fogatas sagradas que tiempo atrás su pueblo había descubierto y cuyo uso ritual los Xi les habían enseñado a perfeccionar.
En cada cambio de estación, durante el primer día de luto obligatorio, la Gran Madre aprovechaba la solemnidad del fuego sagrado para arrojar a las llamas todas esas pinturas que contenían el rostro de su amado. Aquel hombre al que se suponía que ya no debía amar... aunque nadie sabía a ciencia cierta por qué razón se aferraba con semejante desesperación a esas mil y una pinturas antes de reducirlas a cenizas.