Xixia estaba recostada sobre el lecho de seda, moviéndose torpemente de un lado a otro mientras el dolor punzante y sordo de su vientre persistía como una mordedura invisible.
No podía dormir. En realidad, casi nunca podía hacerlo. En el pasado, al menos, pasaba las noches enteras conversando en susurros con Lemun, su hermosa y leal amiga; solo así lograba que las palabras venenosas y los recuerdos amargos que no quería pronunciar se mantuvieran sepultados en el rincón más profundo de su mente.
El viento que traía consigo la estación de la Flor era bastante fresco, casi gélido en comparación con la primavera cálida y tibia de Xi. En su inocencia, Xixia siempre se había imaginado que las estaciones de ambos reinos se parecían, pero no. Eran rotundamente distintas, irrevocablemente ajenas.
¿Cuántas veces le había mentido piadosamente a Lemun asegurándole que sus flores favoritas eran las Criolias? Decía aquello para no lastimarla, cuando en realidad las flores que siempre amó con desesperación eran los delicados pétalos de los árboles de cerezo.
Cada vez que la princesa real le hablaba con entusiasmo sobre la aterradora estación de Fauce, Xixia sentía cómo una brecha invisible, vasta y fría, se abría entre las dos. ¡Cuánto deseaba celebrar con alegría el cumpleaños de su amiga! Para sí misma, la idea de festejar su propio nacimiento le provocaba una repulsión instintiva; pero con la princesa era completamente diferente. Lemun merecía el universo entero.
Ambas poseían una mente rebosante de imaginación, de anhelos compartidos y sueños luminosos. Todo ese mundo perfecto se había roto en mil pedazos aquel fatídico día, hacía exactamente un año, en el corazón de Xi.
El palacio imperial de Xi solía estar iluminado por cientos de farolas de bronce y antorchas encendidas, dispuestas metódicamente a lo largo de los pasillos con la forma retorcida de una serpiente de dos cabezas. En el trono de jade se erguía el emperador de Xi, un hombre alto, de complexión imponente y edad madura, mucho mayor que la joven Xixia.
Traía consigo, pegada al rostro como una segunda piel, una máscara ceremonial de bronce con relieves intrincados de serpientes venenosas. Había algo en particular que la perturbaba: cerca del pómulo izquierdo de la máscara, grabado con minuciosidad, reposaba la silueta de un sucho. Tiempo atrás, Xixia había visto a esas criaturas incontables veces en el palacio de la emperatriz madre. No les había prestado la menor atención en su momento, ignorando cómo los mantenían encerrados en jaulas diminutas, hasta que una tarde vio a un sucho libre en los dominios de Soik.
Allí, en Soik, eran libres.
Los animales salvajes corrían sin cadenas, pero sus propios inmortales permanecían prisioneros dentro de sus propios cuerpos. Exactamente igual que los suchos hacían en el palacio de la emperatriz madre. Los había descubierto por accidente durante una de sus visitas rutinarias, en los meses sofocantes de la estación de Fauce en Soik.
Aquella tarde en la sala del trono, el emperador de Xi la observaba con una lujuria descarada desde la penumbra de su máscara, con un deseo atroz de tenerla doblegada y sumisa bajo su mano. Xixia permanecía profundamente inclinada, sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos. Tampoco es que pudiera hacerlo; ningún noble en la historia de Xi se había atrevido jamás a sostener la mirada de aquel tirano.
En ese instante de sumisión, a su memoria regresaron las frías palabras que la emperatriz madre le había dicho una vez que se proclamó la boda:
—Hago lo que sea, e hice absolutamente de todo por lograr que mi hijo triunfara en el trono.
Lo decía sin un ápice de remordimiento. En aquel entonces, el difunto padre de su esposo, el anterior emperador de Xi, amaba con locura a una de sus concubinas favoritas. La emperatriz madre, cegada por la rabia y el desprecio, no lo dudó: mandó a ejecutar a la mujer junto con todos los pequeños príncipes que había engendrado con ella, a quienes jamás consideró dignos de la sangre real.
Xixia no había comprendido la magnitud de esas palabras en su momento; era demasiado joven, demasiado ingenua. Tenía una mente despierta, pero se negaba rotundamente a entender la podredumbre del mundo adulto.
Aquel mismo día había sido conducida al palacio privado del emperador. Ese día en que él la contempló con una lascivia tan repugnante, como si quisiera devorarla viva en ese mismo instante.
Xixia mantenía la reverencia, sintiendo el peso de la corona invisible que la aplastaba. Hasta que el emperador, con un perezoso ademán de su mano enguantada, le ordenó que se levantara. Ella obedeció en silencio. Al erguirse y contemplar su túnica militar, ese majestuoso traje de caballero de guerra que lucía el soberano, cualquiera hubiera pensado que el hombre se veía glorioso e imponente.
Xixia no lo pensaba.
Porque ella recordaba con una claridad aterradora la razón exacta por la cual estaba allí, vendida como un trofeo.
Cuando ella nació, su madre biológica estuvo a punto de perder la vida en el parto. Su padre, el Marqués del Este —el hombre más poderoso, rico e influyente de todo el imperio de Xi—, se consumió en una preocupación desmedida. En esa época, el Marqués tenía también a una concubina a la cual jamás visitaba en sus aposentos; solo la había aceptado en su residencia por orden directa del soberano anterior.