Dea Flava

Capítulo 7

Una de las cosas más importantes para el duque es la lealtad de sus informantes. Ysæūn es un guardia nuevo.

El capitán de sus demás guardias era quien estaba a su lado todos los días, pero por consecuencia de que el ducado tenía que estar protegido este liber, mientras haría negocios con los demás aristócratas, solo tenía la opción de llevarse a este guardia.

Lo vio de arriba abajo, mientras mantenía su postura recta en el asiento jugando un poco de ajedrez místico.

Suspiró por la nariz.

—¿Qué informe tiene para mí, jovencito?

El guardia, quien estaba esperando afuera con una reverencia de inclinación de la espalda a noventa grados, llevaba más de un hura en esa posición.

El dolor se le extendió por los huesos de plata de la espalda.

—La princesa solo habló en lengua Xi. No he comprendido nada.

—¿Qué has visto? —El duque vigiló los ojos del guardia para saber qué era lo que escondía o si le mentiría. Pero al estar en esa posición no podía verle los ojos—. Levántate.

La mano del duque hizo un ademán para hacer que el guardia se levantara. Este hizo caso de inmediato.

Y volvió a preguntar qué había visto. Se detuvo a mirarlo tan ferozmente que algunos de los huesos de plata del guardia se sintieron como si se torcieran.

El guardia imitó a la princesa real.

Colocando las manos en su pecho, como una dama, el guardia inclinó un poco su cuerpo hacia atrás y llevó consigo una mano a la frente, con tal dramatismo como la princesa había actuado ese liber.

—Oh, oh —dijo el guardia con voz aguda—. Cómo extraño a mi padre.

Se secó una lágrima con la mano que tenía en la frente.

El duque vio con detenimiento la expresión y la actuación de su guardia e hizo una mueca de disgusto, moviendo una pieza de ajedrez.

El guardia colocó sus manos en la cintura, se puso rígido y continuó con la misma voz aguda, como la de una damisela en apuros:

—Si le dices esto al duque, que extraño a mi padre, te llevaré al vacío. —Movió uno de los dedos en señal de advertencia frente al duque; luego miró a otro lado, se quedó quieto por unos segundos y luego observó al duque.

Era un intento banal de la actuación de la princesa real. Aunque no quiso expresar todo lo que vio, en ese momento la situación era lo suficientemente ridícula para pasar desapercibida.

El duque negó con la cabeza y suspiró. Sus pestañas rubias destellaron al cerrar los ojos cristalinos, azul cielo.

Sus dedos eran finos y delgados, blancos como el diamante del oeste. Esos anillos de rubí y zafiro que llevaba en los dedos anulares relucieron al rayo de las farolas de araña de arriba.

El brillo traspasó hacia el guardia, quien por instinto cerró los ojos antes de lastimarse la vista.

El guardia se quedó en esa posición por un hura; parecía una estatua o un juguete que el duque podía mover a su antojo y hacer lo que él quisiera. En ese momento, mientras las piezas del ajedrez místico se movían bajo los dedos del duque, él se quedó observando detenidamente cada pieza: cada sucho, cada rumpi, cada Rut, cada carberz moviéndose.

El duque se quitó uno de los anillos y lo colocó en la mesa. Se levantó dirigiéndose al guardia, le dio unas palmaditas en el hombro y acercó su rostro al oído de este.

—Si me mientes, sabrás lo que sucederá —susurró amenazando cada letra, saboreándolo cuando salía de su boca. La sonrisa ladeada se le marcó en el rostro.

Recompuso su postura y, cuando estaba decidido a irse, un guardia postrado afuera dijo algo en tono alto:

—¡Duque, el marqués del sur de Soukur está aquí! —repetía la voz de afuera.

—Déjalo entrar —ordenó el duque.

Los pasos del individuo entraron con fuerza. Al asomarse y ver al duque, sonrió farisaicamente.

Tenía ese cabello castaño nublado, bastante oscuro, que parecía negro en la habitación donde se encontraban por el cielo repentinamente nublado de afuera.

Su piel estaba dorada por el inclemente sol de los días de entrenamiento en el campo de batalla. Esos ojos tenían un toque de cristalinos grisáceos por la bendición de la locura que le había sido otorgada.

—Tanto tiempo sin verlo, Ysæūn —dijo el joven dirigiéndose al guardia del duque, quien de inmediato se puso rígido.

—¿A qué debo el honor? —preguntó el duque colocándose en su asiento frente a la mesa del tablero de ajedrez, y le señaló al marqués el asiento frente a él—. Han llegado más rápido de lo que pensé.

Quitó todas las piezas que ya había puesto, reacomodando todo en sus respectivos recipientes.

El marqués caminó hasta el asiento ofrecido. Miró un par de veces al guardia y luego su mirada se dirigió al duque.

—Bastante agradable tener la bendición de la locura —dedujo el duque, colocando la primera pieza negra.

—Bastante —confirmó el marqués.

—Hasta un mortal como usted ya consiguió una bendición a tan corta edad, y mi guardia siendo de una... —no continuó, pero detuvo su mano en el siguiente movimiento.

Una comparación bastante oscilante.

—Su visita me está haciendo bastante honor. Traigan el vino para el marqués —ordenó el duque, quien se colocó rígido.

La mesa donde estaban las velas pequeñas de luz artificial junto al tablero de ajedrez se mecía con el aire de la ventana abierta.

Los pinos hki tiraban sus ojos azules del cielo, buscando esa paz que profanaba para ellos los efectos de este pino.

A diferencia del pino lino, del cual se construían los diamantes y el oro, el hki era más natural, más mortal, con mejores sensaciones y ese olor a mora que estaba penetrando en la habitación como un perfume.

El marqués movió otra pieza y ese olor en particular lo hizo girar y ver cómo caían pétalo a pétalo con el viento, metiéndose suavemente hasta caer en el suelo.

El guardia, quien se encontraba aún rígido, no había oído las órdenes del duque. Estaba en contra de su voluntad ser el sirviente de otra persona, y eso era lo que le hacía seguir erguido en su mejor posición.



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 13.09.2026

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