Dea Flava

Capítulo 8

Una de las cosas que la sirvienta Xrill le susurró a Xixia al oído mientras esta se encontraba recogiendo Criolias junto a la niña fue suficiente para que la emperatriz reaccionara dejándose caer de forma temblorosa, siendo sostenida de inmediato por los brazos de su dama de compañía. La pequeña que las acompañaba alzó la mirada para ver a ambas mujeres con los ojos abiertos, un poco curiosa por el repentino quebranto.

El cielo, despejado por completo de aquellas nubes con formas exóticas, las iluminó a las tres haciéndolas lucir tan preciosas como eran en realidad. Xixia se tomó un poco fuerte del brazo de Xrill para recomponerse y mantenerse erguida. Fue en ese instante cuando la dama de compañía le pasó un papelito disimuladamente por la manga del vestido a la emperatriz; ella lo notó al instante y desvió la mirada hacia la niña, dedícándole una sonrisa cálida para disimular.

La niña continuó tomando flores de Criolias sin darle mayor importancia al gesto. Xixia se agachó para tomar una flor más, juntándola con el ramo que ya sostenía en sus manos, y se lo dio completo a su dama.

—¿Estás segura de que funcionará? —susurró Xrill muy cerca de su oído.

—Lo estoy —respondió Xixia con absoluta firmeza.

De pronto, una cabeza de deslumbrantes cabellos amarillos se asomó entre las puertas que daban al sendero de Criolias. Se encontraban dentro del palacio de Lemun, en medio de esos arbustos de hojas mortales que les habían regalado los Xi hacía más de cuarenta Sacarsieber, los cuales seguían viviendo y muriendo incesantemente a lo largo de todos estos años.

—¡Xixia! —gritó la princesa con desbordante entusiasmo. Su corona de laureles relució con tanta fuerza ante los ojos de Xixia que esta reaccionó cerrando los ojos por el repentino destello—. ¡Te traigo un regalo!

Señaló hacia atrás al marqués, quien de inmediato se reverenció con elegancia ante la emperatriz. Xixia negó suavemente con la cabeza y lo levantó tomándolo de los hombros con las dos manos. La niña reaccionó colocándose asustada detrás de la emperatriz por el ruido y la energía escandalosa que generaba la llegada de Lemun.

Al ver de más cerca a los recién llegados y darse cuenta de que se trataba de quienes ya había visto antes, la pequeña tomó valor y se acercó a Ysæūn. Intentó tomarlo de la mano —o bueno, trató de hacerlo, ya que el guardia apartó el brazo con frialdad—. Sin rendirse, la niña estiró su manita y sujetó el arma que llevaba colgada en su cintura. Ysæūn intentó quitarle la mano de ahí por la fuerza, pero fue en vano, porque la niña agarró firme el bolsillo de metal que él tenía colgado muy cerca del arma.

Xrill les sonrió a todos con cortesía antes de hacer una reverencia formal e irse del sendero sin dar mayores explicaciones.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi —dijo el marqués dirigiéndose a Xixia, para luego volverse hacia la princesa—: ambas siguen igual de preciosas que cuando eran unas niñas.

—¿Pensabas que me convertiría en alguien desagradable a la vista? —respondió Lemun mientras le daba un golpe juguetón en el brazo.

—No, para nada. ¿Cómo diría algo así de ustedes? —Él se desplazó hacia detrás de Xixia, donde estaba la niña observándolo un poco perpleja, y levantó la vista hacia Lemun con el rostro desencajado—: ¿Cómo ha llegado esta intrusa aquí?

La palabra «intrusa» hizo que a Xixia se le estremeciera el corazón de golpe. Se movió con prisa hacia la niña y se colocó justo enfrente de ella para cubrirla. Ysæūn hizo una mueca violenta con su nariz tratando de disimular ese aroma fétido que le había molestado desde momentos antes: una putrefacción envuelta en la niña como un aura espesa y densa, colocada como una túnica hedionda entre los brazos, las manos y el resto del cuerpo hasta llegar a los pies.

El guardia intentó mirar hacia otro lado para evitar el malestar, hasta que sintió el contacto directo de una mano tibia rozando su propia piel. Era calentita, muy calentita, y suave como el pelaje de la cabeza de un Sucho. Su mano color chocolate unida a la mano tan pálida, casi muerta, de Ysæūn formaban eso que los habitantes de Xi llamaban como el yin y el yang. Él intentó volver a disimular tapándose la nariz con la mano libre al oler el miedo, el terror y el sudor resbaladizo cargado de humedad que emanaba ahora de la pequeña mano de la niña.

—Por favor, no le hagas daño —imploró la emperatriz con una voz tan torcida y rota que parecía pretender romper a llorar en cualquier milisua. Un dolor agudo en el vientre se le revolvió por dentro, haciéndola agacharse; su frente se arrugó por la expresión de sufrimiento y, rápido, una mano fuerte, sin callos pero firme de igual forma a una que sí los tuviera, la sostuvo para que no cayera al suelo—. Por favor… te lo pido.

Lemun se acercó de inmediato a ella, apartando al marqués de un solo manotazo firme en el brazo. Su arcoespada emergió con destellos dorados y amarillos, desprendiendo luces centelleantes como el oro puro que se iluminaron a la altura de su cintura. Estaba dispuesta a sacar el arma si el marqués le hacía el menor daño a su amiga solo por empatizar con alguien que, según lo que había dicho Xixia en relatos falsos anteriores, era proveniente de Xi.

—Es de Xi —mintió la princesa alzando la voz—. No asustes así a Xixia, ¿acaso no sabes que apenas ha tenido un bebé?

El marqués se quedó un rato en completo silencio. Retrocedió un poco hacia un costado mientras su mano acariciaba el arma de obsidiana que pensaba sacar, indeciso sobre si desenfundarla para evitar que Lemun lo atacara a él o para arremeter contra la niña.



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 13.09.2026

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