Definitivamente, para Siempre (bilogía Para Siempre) Libro 2

CAPÍTULO 20

Amalia me había hecho olvidar por completo que mis padres y Daniel me estaban esperando. No supe cuánto tiempo había pasado, aunque estaba seguro de que tampoco era demasiado; si no hubiera sido por la llamada, lo más probable es que me hubiera quedado con ella hasta que la noche me hubiera avisado que habían pasado demasiadas horas.

—Lo siento, ya voy para allá —dije aprisa y colgué. No quise darle tiempo a Daniel de preguntar el motivo de mi retraso.

Amalia me miraba curiosa y tal vez un poco preocupada, había olvidado que no le había dicho con quién iba a cenar.

—Supongo que no era una excusa lo de que te estaban esperando —susurró de pronto.

—Son mis padres. —Me apresuré a decir—. Y Daniel.

—¡Oh! Ya entiendo —sonrió—, entonces me iré de vuelta al hotel, te mandaré un mensaje con la dirección.

—¿Por qué no vienes conmigo? —La tomé de la mano y las ganas de tenerla justo debajo de mí sin ropa volvieron de nuevo; hice un esfuerzo bastante sobrehumano en intentar contener mis ganas de volverla a besar con pasión.

—¡Estás loco! Tus padres probablemente me odian, ¿o es que acaso no saben lo que pasó?

Hice un mohín. En realidad, mis padres si lo sabían y no estaban demasiado contentos con lo que había pasado, pero no creía que la detestaran, sin embargo, creía que era mejor explicarles las cosas antes de que la volvieran a ver.

—Tienes razón, aunque no creo que te odien.

—¿De verdad lo crees? Yo me odiaría —respondió bajando la mirada.

—Ey, no tiene caso que te sientas así —Volví a abrazarla y ella me estrechó fuerte contra sí.

—No creo poder dejar de sentirme culpable tan pronto.

—Perdonarse a sí mismo nunca es fácil, —admití—, pero yo ya lo hice.

Se apartó de mí para dejarme ir, aunque no deseaba que eso pasara. Era curioso como de un momento a otro estaba intentando olvidarla, y soltar toda la ira que sentía contra ella y lo que me había hecho; y de pronto me sentía como un niño enamorado por primera vez, capaz de hacer por ella cualquier cosa.

—Nos vemos después —susurró.

—¡Ey, pulga! Te amo.

Una inmensa sonrisa se formó en su rostro y entonces corrió hacia mí y me dio un último beso.

—Y yo te amo a ti, princeso.

Cada uno tomó un camino diferente para salir del estadio. Me sentía renovado, feliz, inmensamente feliz y como un tonto enamorado; no me importaba, ella había vuelto y esta vez no pensaba perderla por ningún motivo.

Tardé más de lo pensado en llegar al restaurante, pues el tráfico se había puesto terrible, y el taxi parecía no querer romper los límites mínimos de velocidad. Resoplé frustrado hasta que por fin las puertas del elegante lugar aparecieron ante mí.

Daniel y mis padres tenían mala cara, y por lo que pude notar, ya habían pedido varios aperitivos mientras me esperaban.

—¡Hasta que por fin llegas! —exclamó Daniel cuando me vio.

De inmediato mi padre se puso de pie para saludarme, le estreché la mano y luego saludé a mi madre.

Me hacía sentir muy bien tenerlos ahí y sentir que me apoyaban todo el tiempo, sobretodo porque después de este debut, no los volvería a ver una buena temporada. Mi madre tenía planeado pasar unas vacaciones de “luna de miel” con mi padre, en el caribe. Ya me lo habían comentado antes, y por eso su apremio por verme jugar y pasar todo el tiempo posible conmigo.

—¿Por qué la tardanza hijo? Pensé que nos dejarías plantados —dijo mi madre.

—Lo siento, un contratiempo me retuvo en el estadio.

—No me digas, seguramente había pulgas en tu ropa —comentó Daniel, de forma casual, como si yo fuera idiota y no hubiera entendido su indirecta.

¿Acaso el sabía que ella estaba aquí? Antes había pensado que ella había esperado a que se fuera, pero tal vez, él la había ayudado a entrar a los vestidores.

Le di una mirada de pocos amigos, pero no pude evitar esbozar una sonrisa burlona después.

—¿Pulgas? No me digas que hay…

—¡No! Claro que no, Daniel solo bromea —me apresuré a decir, interrumpiendo a mi padre.

—¡Ja, ja, ja! Sí, es solo una broma, seguramente lo que atrasó a Lucas fue un pequeño problema. —Hizo énfasis en la palabra “pequeño” y no tuve dudas de que definitivamente él sabía sobre Amalia.




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