Definitivamente, para Siempre (bilogía Para Siempre) Libro 2

CAPÍTULO 35

Sentía que las cosas iban en cámara lenta. Los doctores hicieron todo lo posible para salvarle la vida al señor Brown, pero fue inútil. Una hemorragia interna, seguido de un paro cardio respiratorio había acabado con su vida. Sumado a un posible coma etílico que tenía por tanto alcohol.

Ya había llegado muerto al hospital, aun así, lo internaron de emergencia, lo examinaron, intentaron rescatarlo, pero el destino había decidido que ese era su día.

La madre de Amalia lloraba desconsolada, hasta Cristopher derramó algunas lágrimas. Harold no parecía estar en el aquí y en el ahora. Se había quedado en completo shock, no habló más desde que nos habíamos bajado de la ambulancia, se limitó a quedarse sentado en la sala de espera, y miraba hacia el vacío como si se hubiera desconectado del mundo.

Amalia parecía la más afectada, aunque sabía que todos lo estaban asimilando a su propia forma. Me rompía el corazón verla así, tuve que retenerla, quizá con más fuerza de la necesaria, porque quería pasar desesperadamente a la sala donde se encontraba su padre.

Las lágrimas salían a borbotones de sus ojos, y yo solo podía abrazarla.

Había conocido al señor Brown, y aunque su actitud había cambiado tanto, su muerte también me había afectado mucho, pero no lloré. Tenía que ser fuerte por ella, tenía que ser fuerte por los dos.

Amalia tardó mucho tiempo en calmarse, su pequeño cuerpo temblaba entre mis brazos, entre hipo y sollozos que de momentos se transformaba en un llanto incontrolable; pasamos las peores horas de nuestras vidas en ese hospital.

—Esto es mi culpa —susurró en mi pecho al cabo de un rato.

—Por supuesto que no es tu culpa —repliqué—, amor, mírame, no es tu culpa.

Amalia levantó su vista y la desvió de nuevo.

—Si lo es, si no lo hubiera convencido de entrar ahí, esto no habría pasado.

—No seas estúpida Amalia —dijo Harold de pronto.

Tanto su madre como Cris estaban lo bastante cerca como para escuchar la conversación. Debíamos esperar a que el papeleo estuviera listo para trasladar al señor Brown al sitio donde sería velado.

—¿Qué dices? —preguntó Amalia.

—No es tu culpa, no es culpa de nadie. Tú solo intentabas ayudarlo.

Amalia y su madre abrieron los ojos como platos al escucharlo. ¿Acaso Harold estaba reconociendo que se había equivocado?

Ninguno de ellos tenía idea de las últimas palabras del señor Brown antes de que la ambulancia llegara. El niño me lanzó una mirada de complicidad, entendí que seguramente no querría que yo lo dijera, así que solo callé.

—Vaya, entonces tenía que morir para que te dieras cuenta —aseveró ella.

—No es momento para esto —regañó Cristopher, que había estado en silencio todo el rato.

Las personas que nos habían ayudado a buscar al padre de Amalia comenzaron a llegar. Uno a uno me encargué de avisarles la terrible noticia, pues sabía que ninguno de su familia tenía cabeza para hacerlo.

En cuanto llegaron, los abrazos y pésames no se hicieron esperar.

La pulga se alejó de toda la gente en cuanto la sala se llenó demasiado como para tener espacio personal. La seguí, pues no quería dejarla sola. Ella me miró y no dijo nada, solo tomó mi mano y me sacó de allí hasta afuera.

Era de noche, y hacía un poco de viento, estábamos casi por entrar a la madrugada, y su padre no saldría hasta la mañana.

—No puedo creer que todo haya terminado así —repetía—, no quiero aceptarlo, Lucas, no quiero.

Ya no lloraba, parecía que se había quedado vacía. No quería ni imaginar la pena por la que estaba pasando, perder un padre o una madre, no debe ser para nada fácil. No sabía qué decirle, simplemente no podía hacer nada para aliviar su dolor.

—Sé que es difícil aceptarlo, yo siempre voy a estar aquí para ti, es lo único que puedo ofrecerte —dije con pesar.

—Es lo único que necesito ahora.

De nuevo me abrazó y nos quedamos así un buen rato hasta que el cansancio tuvo más peso que la angustia. Amalia se quedó dormida a mi lado, cuando nos sentamos en una banca fuera del hospital. La tomé en mis brazos y decidí llevarla de vuelta a la casa. Sabía que no le fascinaría la idea, pero ella necesitaba descansar y yo también. Su madre y sus hermanos se encargarían del asunto y en unas cuantas horas, volveríamos para saber dónde le darían el ultimo adiós.




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