B1.
—D4 y Hanna tuvieron un accidente. Ella terminó siendo llevada a un hospital porque se desmayó o algo así me contó su hermano cuando me llamó —cuento los pocos acontecimientos que sé mientras ella le da un pequeño sorbo al té que me pidió.
Hace una pequeña mueca de asco y lo deja en la mesita frente al sofá individual en el que está sentada. Yo permanezco sentada frente a ella, en el sofá grande.
—¿Y el cupido D4?
—No le pasó nada, por lo que sé —respondo.
—En realidad, yo presencié el accidente. El señor Universo fue un completo héroe, sacado de un cuento. —dice, y yo me quedo callada, sin mostrar ninguna expresión —Pude apreciar de primera mano cómo el señor Universo jaló a la humana, Hanna, hasta quitarla del camino, y cómo luego se abalanzó hacia el cupido D4, que trataba de llegar también hacia la humana para salvarla.
Ella hace una pausa y nos observamos con calma y seriedad. Nunca antes había estado frente a una Deidad con un cargo importante. Muchos pensarían que se venera más a las Deidades más poderosas y fuertes, pero en mi campo solemos guardar aún más respeto a las Deidades que poseen una gran sabiduría e influencia sobre la vida y la muerte.
Como con ella: el Guardián del Destino.
No tiene un nombre propio, al igual que los que se convierten en Universo, pero su título es suficiente para generar respeto y admiración incluso en quienes nunca la han visto o conocido. Incluso, hasta hoy, desconocía si su apariencia era la de un hombre, una mujer o un ente incorpóreo, ya que se sabe que, luego de muchos siglos, suele cambiar o traspasarse el título del Guardián del Destino a otro ser.
—Cupido B1... ¿Es consciente de lo que pudo haber ocurrido si el señor Universo no hubiera interferido en ese accidente? —su mirada grisácea empieza a sentirse pesada, pero trato de no desviar la mía y mantener una calma que estoy empezando a perder —Respóndame, le hice una pregunta directa —ordena, y siento la tensión en mi espalda ante su mandato.
—Tal vez estarían muy malheridos —contesto, aunque no sueno del todo segura.
Ella aparta un par de sus rizos rebeldes del frente de su perfecto rostro y deja uno enroscado en uno de sus dedos, jugando con él mientras habla.
—No “tal vez” —hace comillas con su otra mano —El cupido D4 ya estaría completamente muerto, sin posibilidad de reencarnar, y la humana solo tendría golpes que se curarían en un par de meses. Ese era el destino de ambos —sus ojos brillan al decir lo último y, por alguna razón, siento náuseas cuando deja de jugar con su mechón y lo suelta bruscamente, dejándolo rebotar, pero soporto la mala sensación hasta el final—. Cupido B1, me agradas. Eres muy diligente y excepcional en tu trabajo. Nunca habías roto ninguna regla... hasta ahora.
—¿Qué espera de mí? —pregunto, y ella me regala una pequeña sonrisa de orgullo.
—Siempre perspicaz —me elogia, pero por primera vez no me siento feliz ante cumplidos —Te doy la oportunidad de restaurar tu honor. A cambio, prometo que, independientemente de las decisiones que tomen los demás después de eso, ya no te afectará ni a tu destino.
—¿Qué pasa si me niego? —pregunto.
—El destino de todos los involucrados será un tumulto de acciones y reacciones, fuera de mi jurisdicción, incluyendo el tuyo.
—Pero acaba de decir que, si cumplo con lo que me pedirá, lo que pase luego ya no me afectará. Pero, si leo entre líneas, eso quiere decir que el destino de los demás seguirá siendo un caos, sea cual sea mi decisión. Mis únicas opciones son salvarme o hundirme con ellos.
Su expresión no revela nada y, si no fuera por sus lentos parpadeos, podría creer que estoy frente a una estatua o un maniquí realista. Su belleza etérea me hace recordar que, aunque luzca físicamente como una humana, también es posible que no lo sea. Nadie sabe nada sobre los anteriores Guardianes del Destino, o nadie que esté actualmente vivo o exista, que se sepa.
—Creo que hay algo que estás dejando escapar, y te lo voy a explicar por encima para que llegues a tu propia conclusión, ya que, al final, yo solo puedo darte las opciones; la decisión es solo tuya... De eso se trata el destino: decisiones —me ofrece una pequeña sonrisa amable para luego volver a no expresar ninguna emoción —Dije que el destino de todos los involucrados estará fuera de mi jurisdicción. También tienes que tomar en cuenta que esto puede terminar siendo algo bueno o malo. Ahí está la cuestión: yo no lo sabré. Lo que pase después solo dependerá de lo que escojan hacer.
Me muerdo los labios, indecisa, dándole vueltas una y otra vez a sus palabras y llegando solo a la conclusión de que todo es demasiado incierto, y lo único en lo que tengo control es sobre mí misma y mis acciones. Es muy frustrante, pero no puedo prever lo que harán otros; solo puedo velar por mí y dar consejo para que los demás elijan lo que creen mejor para ellos.
Con un suspiro, le contesto:
—¿Qué tengo que hacer?
—Mañana, Hansel Reed te dirá su deseo —abro los ojos con sorpresa ante esa información anticipada; ella prosigue sin importarle mi reacción —Las reglas te obligan a cumplir su deseo si lo sientes genuino, y lo será. Pero te daré libre albedrío, solo por esta vez, para que seas tú quien decida si al final se lo concedes o lo rechazas.
—¿Por qué? —pregunto, exaltada, alzando un poco la voz. Ella no se inmuta y me obligo a calmarme.
—Si le concedes su deseo, quiere decir que aceptas mi promesa de restaurar tu honor como cupido y que seguiré siendo guardiana de tu destino. Si rechazas su deseo, tú, como los demás, estarán fuera de mi jurisdicción.
Con esto dicho, se levanta y se acerca a la salida. Antes de abrir la puerta, se voltea.
—Desde mañana, cuando el chico te diga su deseo, empieza la cuenta regresiva para que tomes una decisión. Es decir, tendrás cinco días para consultarlo con la almohada todo lo que quieras o hablarlo con tus amiguitos. Cinco días. Ni un segundo más —abro la boca para decir algo, pero siento tanto peso sobre mis hombros y el cerebro revuelto que no sale nada de mis labios —Luego de hoy no me volverás a ver nunca más —es lo último que dice antes de salir por la puerta.
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Editado: 01.04.2026