—¡Corran, los Yokais atacan la Buzoku! Lleven a las mujeres y a los niños al refugio purificado por la Miko.
—Señor, ¿está el lugar preparado?
—Sí. Está abastecido con tres meses de alimento y Mizu para todos los pobladores. Apresúrense; yo ganaré tiempo con los demás para que puedan escapar.
—Sí, señor. ¡Vamos! Suenen la campana para que todos se dirijan al refugio; los estaremos escoltando.
—¿Dónde está Itzumi?
—Lenaga, ella está en el templo de mi señor Ryūjin.
—Avisen de inmediato. Necesitamos sus poderes aurales para purificar a los Yokais; no podremos con esto solos.
—¡Señorita Itzumi! ¡Atacan la Buzoku, por favor, ayúdenos! ¡Señooooritaaaa!
—Ya te escuché. Solo necesitaba terminar la oración. ¿Dónde está el Yokai?
—Están tratando de contenerlo en el centro mediante pentagramas.
—Debe ser una broma… eso solo lo enfurecerá. Tráeme el caballo, Hiroshi.
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El centro de la Buzoku estaba envuelto en un aura oscura que pulsaba como un corazón enfermo. Lenaga, agotado, apenas podía mantenerse en pie; su energía aural chispeaba débilmente alrededor de sus manos.
—¡Átenlo! No puedo contenerlo más… mi fuerza aural ha ido mermando con los años. Necesitamos a Itzumi.
El Yokai se retorció con un rugido gutural, rompiendo casi por completo los sellos que lo sujetaban.
—¡Arghhh! Malditos Ningen… ¿creen que alguien como yo puede ser contenido con esto? Es una broma.
Itzumi llegó justo a tiempo para ver a su padre tambalearse. El miedo le heló el pecho, pero dio un paso adelante.
—¡Papá, espera! Es un Yokai, se alimenta de tu poder. Suéltalo, yo lo purificaré.
Lenaga intentó responder, pero su respiración se quebró. El Yokai sonrió con una crueldad antigua.
—No seas engreída… no podrás conmigo. ¡Malditos sean todos, mueran!
—¡Papaaaaa, nooooo!
El cuerpo de Lenaga cayó sin vida. La energía que lo rodeaba se desvaneció como humo.
El Yokai inhaló profundamente, saboreando el aura que acababa de devorar.
—Pagaste tu arrogancia, anciano. Devoraré tu cuerpo y los de estos Ningen que te acompañan.
Los ojos de Itzumi ardieron con lágrimas y furia.
—Hebi, pagarás caro la muerte de mi padre.
El Yokai se detuvo. Sus pupilas reptilianas se estrecharon.
—¿Cómo sabes mi nombre, inmunda Ningen? ¿Quién eres tú?
—Morirás como el rastrero que eres… y no utilizaré mis poderes para eso.
El Yokai ladeó la cabeza, confundido por un instante. Luego sonrió con malicia.
—Itze… ¿cómo hiciste para sobrevivir? Haré sufrir a Ryūjin nuevamente si te aniquilo.
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Narrador omnisciente
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La batalla había comenzado con toda la furia que ambos podían desatar. Hebi, pese a su arrogancia, tuvo que reconocer que la Miko era sorprendentemente resiliente. Itzumi se levantaba una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más decidida.
Llevaban horas combatiendo, y aunque el terreno sagrado de la Buzoku temblaba bajo sus pies, ella temía desatar un poder que pudiera destruir la Chikyū de sus ancestros. Pero si no acababa con el Yokai, este arrasaría con los aldeanos… y el equilibrio aural de los elementales se rompería para siempre. El Hantoshi dependía de ellos.
Por un instante, las fuerzas de la joven flaquearon. Hebi lo notó de inmediato y se lanzó sobre ella con toda su potencia. Itzumi apenas alcanzó a conjurar una barrera improvisada; el impacto fue brutal. El golpe atravesó su defensa y el crujido de sus piernas quebrándose resonó como ramas secas bajo un vendaval.
Aun así, negándose a caer, reunió la última chispa de su aura y la envolvió en mana, obligando a su cuerpo roto a moverse. Intentó contraatacar, pero falló. El Yokai la golpeó con tal fuerza que salió despedida hacia el Mizu del río que atravesaba la Buzoku.
Empapada, sangrando y al borde del colapso, Itzumi comprendió que no podía seguir sola. Llevaba tres días sin descanso, luchando sin tregua, debilitando apenas un poco a la criatura. Si no pedía ayuda ahora, todo terminaría.
Con las manos temblorosas, elevó su voz hacia el cielo gris:
—La naturaleza me ha concedido este poder aural para derrotar a la maldad… En este momento te invoco a ti, Kami omnipotente, a quien custodiaré hasta el final de mis días. Preséntate ante esta humilde servidora para derrotar a este Yokai.
Ven a mí, Kami del Mizu… Aoi Mizu Ryūjin o yobidashimasu.
Hebi soltó una carcajada áspera, venenosa.
—Tonta… gastas tus últimos vestigios de mana en un hechizo inútil. Ryūjin no vendrá a ayudarte. No se ha hecho presente en el plano terrenal desde el último gisei, hace mil quinientos años.
—Yo no estaría tan segura. Él vendrá a mí… soy su servidora.
—¡Te mataré, maldita Ningen! ¡Arghhh!
—¡Ahhh!, mi Ai
—¡No te atrevas a poner tus colmillos venenosos sobre la Miko, o te aniquilo, Yokai!
Hebi retrocedió un instante, sorprendido por la presencia que acababa de manifestarse.
Editado: 05.03.2026