Deimon.

Capítulo 23.

El arco y flecha.

Ryan.

Abro los ojos y me siento en la cama, mi respiración está algo acelerada y estoy bastante sudado, paso mis manos por mi cara algo nervioso. Dios, no, no, no por favor. ¿En verdad acabo de soñar eso?

Sí, sí lo soñaste.

Carajo.

Maldigo e intento levantarme pero algo me incomoda, miro y abro los ojos con sorpresa. Enseguida me cubro con una almohada con la mandíbula tensa, carajo, mierda, no puedo creer que soñé que tenía sexo con... cierta persona, y encima lo disfruté como nunca.

Con dificultad me pongo de pie y me quito la almohada, rezando para que no sea cierto, bajo la mirada y maldigo mi propio nombre, la prueba de que en verdad lo soñé sigue ahí como si nada. Ay mierda, de tener la bolas suficientes me cortaría el miembro en este momento, desgraciado que piensa por sí solo.

Miro la hora en el reloj: las siete de la mañana. Todos ya deben estar levantados. Con una mueca por el dolor de mi maldita erección me estiro para alcanzar mis pantalones, pero como la suerte no está de mi lado la puerta se abre de golpe.

—Ey dormilón es hora de... ¡Oh por Dios!— la dueña de mi sueño se cubre los ojos, vuelvo a maldecir, alcanzo a agarrar la almohada y cubrirme nuevamente. La miro a la espera de que me explique qué hace aquí— Pudiste haberme avisado que solo estabas en bóxer—

La miro con burla.

—¿Avisarte? Tú eres la que entra como si nada—

—Bueno lo siento, no me imaginé que ibas a estar... así con una anaconda lista para atacar. Carajo, unos pasos más y me sacas un ojo—

Iba a reprocharle de nuevo pero me detengo, sonrío de forma maliciosa aunque no puede verme. Esto se puso interesante en un segundo.

—¿Anaconda? La última vez dijiste que era renacuajo— se queda en silencio, mi sonrisa se ensancha más— ¿Acaso andas de traviesa y me estás viendo?—

—¿Qué? Puff claro que no. No digas estupideces— quito la almohada, ella quita un dedo, mira y se vuelve a cubrir nerviosa.

—¡Mentirosa, sí me estás viendo!— me rio a carcajadas al notar el rojo subir por su cuello.

—¡Que es mentira! Sabes qué mejor me voy, bájate esa cosa y ven a desayunar. Toma una ducha fría eso ayuda—

Detengo mis carcajadas, la miro con la cabeza ladeada y ella parece darse cuenta de su error porque traga grueso.

—¿Cómo sabes que la ducha fría sirve?—

Se queda en silencio. Muerdo mi labio inferior, me resulta gracioso como todo dio un giro inesperado.

—¿Investigué?— pregunta con voz aguda.

Cruzo mis brazos.

—¿Hay algo qué no me estás diciendo pequeña Diabla?— ella niega y se va lo antes posible cerrando de un portazo.

Niego divertido por la situación, camino hacia el baño como puedo a darme esa dichosa ducha.

Cuarenta minutos después salgo con una toalla atada a la cintura, levanto la cabeza y no me sorprendo al verla acostada en mi cama con un top rosa y unos shorts diminutos, ella se acomoda y sonríe de forma perversa al verme, decido ignorarla como siempre y enfocarme en buscar algo de ropa, la escucho moverse y siento como pasa sus manos por mis hombros. Pongo los ojos en blanco, no otra vez.

—¿Te han dicho que te ves muy sexy con el pelo mojado?—

—Niñas de catorce nunca, chicas de mi edad puede ser— detiene sus manos.

—Ya te dije más de mil veces que cumplo mis dieciséis en dos meses—

—Entonces con más razón pienso en no arriesgarme a ir preso por culpa de una adolescente con las hormonas aceleradas— giro sobre mi eje y bajo un poco la cabeza para mirarla con aburrimiento.

Muerde su labio inferior y toca mi pecho con la punta de sus dedos.

—No tienes que ir preso si nadie se entera—

Hace el intento de besarme pero pongo un dedo en su frente y la empujo sin nada de delicadeza.

—Roma, hazme el favor y aléjate de mí, ¿quieres? No quiero ponerme de mal humor tan temprano por tu culpa— le doy la espalda, escucho como suspira.

—¿Es ella verdad? No sé qué le ves a esa niñata de segunda, es una maldita huérfana sin hogar, sin familia y sin nada que la haga especial—

Oh no, de eso nada mocosa.

Me giro bruscamente y me acerco de forma amenazadora. Ella retrocede un poco pero no se deja intimidar lo suficiente.

—Vuelve a hablar de ella de esa forma y te juro que te haré tragar esos cabellos azules de la cabeza—

Su rostro se vuelve retador.

—Debí arrancarle la cabeza junto a esos malditos mocosos— amenaza. Mi rostro se endurece y la miro como lo que es: un ser insignificante.

Bajo un poco el volumen de mi voz pero no le quito el tono amenazante.

—Acércate a ellos, tócales un solo cabello a cualquiera de los tres, y a quien le arrancaré la cabeza será a ti. Te recomiendo no provocarme Roma porque no sabes de lo que soy capaz, y créeme cuando te diga que desearás no hacerme enojar— la tomo del brazo y la arrastro hacia la puerta.




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