Déjà vu

Capítulo 1: Residuo

La primera vez no me pareció importante.
Fue una sensación pequeña, casi amable. De esas que te hacen sonreír por un segundo antes de seguir con tu vida. Estaba de pie frente a la cafetera, esperando a que terminara de gotear, cuando pensé: esto ya lo viví. No de una manera exacta, no como una escena grabada con nitidez, sino como una intuición tibia, como un recuerdo borroso que no pertenecía a ningún día específico.

El sonido era el mismo. El goteo lento, metálico.
El olor amargo del café recién hecho.
La luz de la mañana entrando por la ventana con un tono grisáceo, como si el sol todavía no se decidiera a existir del todo.

Me quedé quieto unos segundos, esperando a que la sensación se fuera. Siempre lo hacía. Siempre se iba.

Pero esta vez ocurrió algo distinto.

Antes de que el café terminara de caer, supe exactamente qué iba a pasar después. No como una suposición, sino como un recuerdo. Iba a girar la cabeza. Iba a mirar el reloj. Iba a sentir una molestia breve en la sien izquierda. Iba a pensar que estaba llegando tarde, aunque todavía no lo estuviera.

Y lo hice.
Uno por uno.
Como si alguien estuviera leyendo una lista escrita dentro de mi cuerpo.

Giré la cabeza.
Miré el reloj.
La molestia apareció.
El pensamiento llegó.

Eso fue lo primero que me inquietó: no la repetición, sino la obediencia. Mi cuerpo no reaccionó. Ejecutó.

Apagué la cafetera y tomé la taza con la misma mano con la que siempre la tomaba. El asa estaba más caliente de lo que esperaba. O quizás era exactamente tan caliente como la recordaba. No estaba seguro de dónde provenía esa certeza.

Di un paso hacia atrás y el suelo crujió en el mismo punto que en mi “recuerdo”. Un crujido seco, leve, casi imperceptible. Me detuve de golpe. El corazón me dio un salto absurdo, como si acabara de escuchar mi nombre pronunciado por alguien que no podía estar ahí.

Me reí.
Eso fue automático.
Una risa nerviosa, breve, diseñada para convencerme de que todo estaba bien.

—Solo es un déjà vu —murmuré.

Decirlo en voz alta me tranquilizó. Las palabras tienen esa capacidad: organizan el miedo, lo reducen a algo manejable. Un término científico, una explicación aceptable. Un error de la mente. Un cruce de señales neuronales. Nada más.

Seguí caminando hacia la mesa.
Y entonces ocurrió la segunda parte.

Antes de sentarme, supe que iba a detenerme.
Supe que iba a mirar la silla.
Supe que iba a pensar que estaba mal colocada.

No porque lo estuviera, sino porque ya había pensado eso antes.

La memoria no se presentó como imagen. Fue una sensación física, como si alguien hubiera presionado suavemente el centro de mi pecho. Un aviso silencioso. Una confirmación incómoda.

Me quedé de pie, sosteniendo la taza, sin moverme. El vapor subía lento, dibujando figuras inestables en el aire. Por un instante pensé que el mundo se había quedado en pausa, como si estuviera esperando a que yo siguiera el guion correcto.

—No —susurré.

Moví la silla de una manera distinta. Apenas unos centímetros. Una corrección mínima, casi infantil.
Me senté.

El silencio que siguió fue espeso. No pasó nada. No hubo un ruido extraño, ni un temblor, ni una señal evidente de que hubiera hecho algo “mal”. Pero dentro de mí apareció una sensación nueva, algo parecido a la decepción. No mía. Ajena.

Como si algo hubiera esperado que yo repitiera la escena completa.

Bebí el primer sorbo de café y sentí el amargor recorrerme la lengua. Demasiado amargo. Exactamente igual que antes. El mismo pensamiento apareció: debería haber puesto más azúcar. No fue una idea espontánea. Fue un eco.

Me llevé la mano libre a la frente.
La piel estaba fría.

En ese momento entendí que no estaba recordando el pasado.
Estaba recordando el presente… antes de que ocurriera.

Esa comprensión no llegó con claridad. Llegó fragmentada, incompleta, como si mi mente se negara a formularla de manera directa. Las ideas peligrosas no entran de golpe: se filtran.

Miré la habitación con atención. La mesa. Las paredes. La ventana. Todo estaba donde debía estar. Demasiado donde debía estar. Cada objeto parecía cumplir su función con una precisión incómoda, como si la normalidad fuera un disfraz demasiado bien ajustado.

Me pregunté cuántas veces había estado en esa misma posición.

No cuántas veces había tomado café.
Sino cuántas veces había vivido ese momento exacto.

La pregunta me produjo una náusea leve. No física, sino mental. Una incomodidad profunda, como si estuviera tocando un pensamiento que no debía existir.

Intenté distraerme. Saqué el teléfono. La pantalla se encendió. La hora coincidía con la que había “recordado”.
No me sorprendió.
Eso fue lo más perturbador: ya no esperaba otra cosa.

Deslicé el dedo para desbloquearlo y, por un instante, tuve la absurda certeza de que si abría una aplicación específica, algo terrible iba a ocurrir. No sabía qué. No sabía por qué. Solo lo sabía.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

El silencio volvió a expandirse.
Y entonces ocurrió algo pequeño. Ridículo. Inofensivo para cualquiera.

El refrigerador hizo un clic.

Un sonido normal. Cotidiano.
Pero mi cuerpo se tensó como si hubiera escuchado una amenaza.

Ese sonido no estaba en el recuerdo.

Ese detalle no pertenecía a la escena.

Y por primera vez pensé algo que me atravesó como un filo lento:

La realidad no solo se estaba repitiendo.
Estaba corrigiéndose.

Y yo no tenía idea de qué versión de mí había obligado a que eso fuera necesario.

El clic del refrigerador siguió resonando en mi cabeza más tiempo del que debía. No por su volumen, sino por su ausencia previa. Era como si alguien hubiera añadido una nota nueva a una melodía que yo ya conocía de memoria. Una corrección mínima. Un ajuste casi invisible. Pero suficiente para recordarme que algo no estaba encajando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.