Déjà vu

Capítulo 2: El reloj y la libreta

Tres años antes…

Me llamo Dyon. Tengo veintitrés años y vivo en Greenwich, Londres.

Lo digo con una claridad que no necesita explicación. Es un hecho simple, directo, casi tranquilizador. Mi nombre, mi edad, mi ciudad. Tres coordenadas suficientes para existir sin preguntas. En ese tiempo, eso era lo único que importaba: saber quién era y dónde estaba. Nada más.

Mi departamento era pequeño, pero funcional. Un espacio que había hecho mío con el tipo de orden que no es estético, sino práctico. No me interesaban los objetos decorativos ni las paredes llenas de cuadros. Prefería los espacios libres, la sensación de que cada cosa tenía un propósito. Una mesa, una cama, un escritorio frente a la ventana y una estantería donde se acumulaban libros que no siempre terminaba de leer, pero que necesitaba tener cerca.

Desde la ventana podía ver una parte del barrio, la calle tranquila, los árboles que se movían con el viento lento de Londres. Me gustaba ese detalle: el viento no era agresivo, era persistente. Como si la ciudad respirara de una manera distinta a otras partes del mundo. Greenwich tenía algo que no sabía explicar, una calma que no era pasividad, sino equilibrio.

Vivía solo porque así lo había elegido. No por aislamiento, sino por necesidad de silencio. Me gustaba escuchar mis propios pensamientos sin interrupciones. Siempre fui así: observador, intuitivo, un poco obsesionado con entender cómo funcionaban las cosas. No solo los objetos, sino las personas, los hábitos, las decisiones pequeñas que construyen una vida.

Era alto, delgado, usaba lentes desde la adolescencia. Tenía facciones marcadas que me daban un aire serio incluso cuando no lo estaba. La gente solía pensar que era distante. No lo era. Solo estaba… analizando. Todo el tiempo.

Mis mañanas eran predecibles. Me despertaba temprano, no por disciplina estricta, sino porque mi mente se activaba sola. Preparaba café, revisaba el celular, leía cualquier cosa que encontrara interesante: artículos, estudios, teorías, notas científicas, incluso textos filosóficos que no siempre entendía por completo, pero que despertaban algo en mí.

No me gustaba aceptar las cosas como “simplemente así son”.
Necesitaba saber por qué.

Tenía ansiedad, sí. No una que me paralizara, sino una que me empujaba. Una inquietud constante, una sensación de que el mundo escondía patrones que nadie se tomaba el tiempo de mirar. Yo sí quería mirarlos.

Greenwich reforzaba eso. Vivir en un lugar donde el tiempo se mide, donde el meridiano cero existe como concepto físico, no era un detalle menor para mí. Me parecía casi poético. Como si toda la humanidad hubiera decidido que ese punto específico tenía el derecho de ordenar el mundo.

A veces caminaba cerca del observatorio solo para sentir esa idea.
No era espiritual. Era mental.
Me hacía sentir parte de algo más grande.

Trabajaba y estudiaba, llevaba una vida normal. Pagaba renta, cocinaba lo básico, salía a caminar cuando sentía que la cabeza se me saturaba. No había misterio en mí. No había oscuridad. Solo curiosidad.

Si alguien me hubiera preguntado quién era, habría dicho algo simple:
Soy inteligente, soy observador, me cuestiono las cosas, experimento cuando puedo.

Nada más.

No tenía idea de que esa misma forma de pensar sería lo que más tarde me rompería.
En ese momento, era solo una cualidad.
Una virtud.

Recuerdo con claridad la sensación de estabilidad. No felicidad absoluta, pero sí coherencia. El mundo tenía una estructura. El tiempo avanzaba hacia adelante. Las decisiones tenían consecuencias claras. Nada se repetía. Nada se corregía. Nada dejaba residuos.

La realidad era una línea recta.

Y yo confiaba en ella.

Esa fue la última vez que lo hice sin saber que estaba cometiendo el error más grande de mi vida.

Mis días seguían un ritmo que no necesitaba esfuerzo. Me despertaba, abría la ventana, respiraba el aire frío de Londres y sentía que todo estaba en su lugar. No era una felicidad eufórica, sino una certeza tranquila. Como si el mundo fuera un sistema que funcionaba correctamente y yo fuera una pieza que, por una vez, encajaba.

Salía a caminar casi todas las tardes. Greenwich tenía esa mezcla perfecta entre lo histórico y lo cotidiano. No necesitabas buscar demasiado para sentir que estabas pisando un lugar cargado de tiempo, pero tampoco era un museo detenido. La gente seguía con su vida, los cafés se llenaban, los parques respiraban con normalidad. Todo se movía hacia adelante.

Eso era lo que más me gustaba: la dirección.

Caminaba con las manos en los bolsillos, observando a la gente sin intención de juzgarla. Me preguntaba cuántas decisiones invisibles llevaba cada persona encima. Cuántas versiones de sí mismos habían dejado atrás para llegar hasta ese punto. Era una curiosidad sana, casi científica. Nunca pensé que esa idea pudiera ser literal.

A veces me detenía a escribir. No historias, no poemas. Apuntes. Pensamientos sueltos. Preguntas. Hipótesis.
Tenía una libreta que llevaba conmigo a casi todos lados. No para registrar el pasado, sino para ordenar el presente. Era una extensión de mi mente. Una forma de no perderme dentro de mis propias ideas.

“Todo tiene una causa.”
“Si algo se repite, es porque no fue comprendido.”
“El tiempo no se siente igual para todos.”

Escribía cosas así. Sin saber que algún día esas frases dejarían de ser reflexiones y se convertirían en advertencias.

Vivía sin miedo.
Eso es lo más extraño de recordar ahora.

No tenía la sensación constante de amenaza, ni de fragilidad, ni de que algo pudiera romperse de un momento a otro. Mi ansiedad era funcional. Me hacía responsable, atento, organizado. Nunca pensé que fuera una señal de algo más profundo.

Por las noches, mi departamento se llenaba de un silencio cómodo. Encendía una lámpara pequeña y leía hasta que el cansancio me vencía. Dormía sin interrupciones. Sin sueños extraños. Sin despertares bruscos. Mi mente descansaba como debe hacerlo una mente que no carga secretos.




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